lunes, 30 de enero de 2012

WENDY Y LOS TACONES




   He quedado por el tuenti con Clara. A las seis y media en los soportales. Clara lleva años queriendo ser mi amiga y es compañera de clase. Siempre lleva chándal al instituto. Los findes se arregla de manera adecuada a la moda y se maquilla con poco estilo. Nunca la he visto con tacones. A los dieciséis años hay muchas chicas que aún  no se han puesto tacones (o solo lo hacen en sus casas, jugando a las niñitas que ya no son). Quiero decir que Clara no es muy distinta a otras chicas de nuestra edad. Está en el tanto por cierto que les corresponde a las jovencitas que nunca se han puesto tacones de aguja en público, porcentaje en el que, obviamente, no estoy yo. Yo estoy en otro lugar y no puedo negar que esto – ser predecible estadísticamente-  es algo que se da, sí que sí ----  y es indiferente.  Lo aprendí en  quinto. Por ejemplo, yo soy Wendy la hijaputa para muchos de mis compañeros, pero en esto tampoco soy original. El mundo de las muchachitas malvadas y deseosas de machacar a otras para ver qué pasa  es también un universo extenso. Las teenagers hijas de puta como yo, que escriben poemas y llevan un diario, deben ocupar un espacio más reducido. Saber que no soy única y no hacerme mala sangre por ello  no me hace ser más lista. Ni siquiera me convierte en  peor persona a la vista de mis iguales. Sin menospreciar por ello el carro de tías que dicen ser  más listas que las demás. Ni a las chicas buenas.

 He llamado a Carol con el teléfono de mamá. Mamá tampoco se pone tacones casi nunca porque trabaja duro y no se puede trabajar duro con tacones, salvo que seas puta o señorita. Esta es una idea tan ridícula que ni siquiera mi madre la comparte. Sólo la dice y, supongo, quiere transmitirme un mensaje ético como muy antiguo y trata  de jorobarme. Quizás lo dice porque mis zapatos dejan marcas en el suelo. O le hiere, en lo más íntimo, cuando llego por la noche y marco mi entrada en su preocupación con el repiqueteo de mis andares juveniles. Mamá a mi edad curraba como una mujer hecha y derecha.  Mamá es tan poco sutil en sus reproches que se merece que la estruje un poco en esta mi loca adolescencia. Por eso tengo estudios y he salido bastante lista. Pero todo esto ahora es poco importante.  Lo relevante es que he llamado a Carol y le he dicho que  nos veríamos a las seis y media bajo los soportales. Carol usa tacones y está buena de narices. Es amiga mía desde sexto y lleva a clase pantalones cortos muy ajustados que el jefe de estudios considera poco apropiados.  El jefe de estudios no  lleva tacones . Carol me adora y el jefe de estudios me tiene envidia porque él no tiene el descaro necesario para calzarse unas plataformas de drag-queen.

 A partir de las cinco y media estaré con Pablo en su casa, estudiando naturales. Pablo usa tacones en su habitación y me divierto con él a lo grande. Me peina y me pinta las uñas de los pies mientras sus padres creen que empollamos como posesos. Ambos somos buenos estudiantes aunque por distintos motivos. Pablo es amigo mío desde hace unos meses, cuando descubrí su debilidad por los colores chillones y una mirada perversilla de lo más divertida.  Aunque nunca me ha metido su cosa  (soy virgen y lo seré hasta el límite de mis intereses), podría decir que Pablo es mi novio secreto y mi amigo público. Esta tarde, a las seis y media,  imaginaremos - mientras nos metemos en la cama y hacemos como si fuésemos lesbianas (pero con  ropa) - las caras de Carol y Clara al llegar a los soportales y no encontrarme. La conversación debajo de las sábanas  es mejor que el sexo (por lo que dicen).

Apostaría mi futura operación de tetas a que Clara llora cuando compruebe que no estoy. Si no fuera porque, en la misma jugada,  he dejado también colgada a Carol, le pediría que me lo grabase con el móvil. No se puede tener todo. Pablo y yo, imaginando la escena mientras hablamos enloquecidos, es mejor que el mejor de los vídeos.

 Y yo sigo siendo Wendy.

jueves, 26 de enero de 2012

Drop Out (y 6)


Naomi Fisher, Untitled (Dangling Heliconia), 2000


 La estación terminal, siempre póstuma y anhelada por todos aquellos que habitan en la ilusión. Desde el tratado filosófico, este velo de Maya es la raíz del error y la infelicidad. No así cree el  poema - o la literatura en general, si cabe el distingo - que construye rizomas y espirales en el entorno, cegado voluntariamente en las celosías y volutas, negador del punto final, ansioso por que su letra se convierta en mito y su nombre se borre en el tronar de la tradición. La tortuga transita, ahora, del logos al mito, sin cerrar las  puertas de lo que dijo ser ni dar el paso definitivo, bicéfala al fin y al cabo, entre el escepticismo de la razón y la pasión de la fantasmagoría triste, triste, triste. No es la tortuga profunda porque esto escriba. Es horizontal en su apego a la tierra, costra de materia, caparazón de polvo y arena, barro y mineral, semillas esterilizadas por la ingeniería genética que prometen, a los tontos,  floridas ramas, futuros bosques... el bosque.

 Todo en la voz es enamoramiento 
y certeza
 geométrica :
 no hay nada ni nadie digno de amor.
El ateísmo ya no es ni premisa.
Cuerpo fusilado en la fosa común,
cuatro metros por encima del dios sin risa

 Cancelamos la historia de los abandonos sabiendo que la estación final puede ser cualquier cosa. Todos somos un cualquiera. Lo subrayable estaba en lo penúltimo, ese ayer en el que lo que pudo haber sido fue, como siempre, en la hermosa precariedad que sólo el meditador puede comprender. Atrás, en el punto anterior al ahora, sin esperanza de un futuro ahora, debimos ser más osados, quebrar candados,  ser guerreros y no monjes, pedir a Jane en matrimonio y adoptar al niño de trece años. Pasó tú momento, cariño, y aunque la vuelta de la llave la dieran tus dedos filosóficos, no por eso hay más sabiduría en ellos. Fue en la tarde del penúltimo día, cuando los signos anticipadores del sunami los tachamos soberbios con deseo de mañana, allí, ayer, bloqueamos el futuro porque no resistimos la habitación abandonada, el coche en el desguace, el hangar repleto de excrementos, botellas y grafitis mal paridos. Quisimos, en el brillo de nuestros ojos en la conversación que anticipó el deseo, reparar el automóvil para hacer ese viaje maravilloso a las costas del Pacífico, buscando la isla de Juan Fernández, comprar (con hipoteca) el viejo almacén marinero para edificar el hogar, fuego y pan, familia, hijos, pareja, ceremonia, celebración, aniversario, orgullo por el hijo saliendo de su metamorfosis. Débiles en el abandono, en la estación penúltima, náufragos en la ilusión de la esperanza. Allí, en lo que ya no puedo describir porque cada palabra que sale en la pantalla es borrón sin cuenta nueva. Allí, Jane, chico, L... el mito.

 Ahora L  retorna al límite de la selva y se dobla. Muestra su culo al viento y deja que la heliconia cree pórtico de gloria ante su agujero anal. Acepta, como ya lo hizo en el inicio de la aventura, la colonoscopia mientras su joven alumna le toma la mano. La flor, la belleza estúpida que enmascara su gran deflación, es súplica para que el orden de las fuerzas - tedio y deseo, exaltación oceánica, enamoramiento -  no empujen la sodomía más allá del límite de toda metafísica futura. La flor ya no golpea a nada ni a nadie; victoriosa,  nos protege en este momento de máxima debilidad, cuando L perdió el último tren del siguiente viaje, sin Jane, sin el niño, sin la mítica del bosque, sin otro sentido en las palabras que lo que eyacula  el azaroso golpear en las teclas de un ordenador portátil marca Toshiba.

martes, 24 de enero de 2012

Drop Out (5)



Naomi Fisher, Vizcaya, 2011 (history lesson)

 Todo final tiene una estación penúltima, amanecer más que crepúsculo,  en el que la tristeza se muestra más dulce que otros días,  las cosas pierden sus perfiles amenazantes y se convierten en realidades familiares.Tras la habitación en el bosque de nuestros tres personajes, el abandono se resquebraja. Las costumbres  nos permiten redactar una antropología del grupo y hoy, en la semiconsciencia del aún no del todo despierto, podemos llegar a detectar esos gestos que preceden a la traición. Anuncian que la salida del hogar nunca es definitiva. Se retorna, hijo pródigo que aún no sabe su nombre, el penúltimo día de la historia.

 En el alba de la cuadragésima jornada, L camina ya sin bastón y recorta  esquejes de las plantas que instaló en su silla de ruedas. Proyecta, vagamente, un campo de flores; cae en la trampa del futuro. Él se despierta con esta rutina que le ayuda a desperezarse,  mientras Jane duerme el sueño cubierta por una ligera manta  y el niño de trece años, desertor de la poesía adolescente, recoge piedras biseladas cuyo origen el agua del río no puede explicar. Ni Jane ni L pudieron ofrecer respuesta al interrogante,  al misterio de esas rocas que replican, en materiales diversos, hexaedros y pirámides. Y esferas. Mientras L inicia las tareas que ayudan a quebrar la noche, alza la vista y contempla las enredaderas que  tomaron lentamente y al asalto, hace ya una semana,  aquel esqueleto de ramas en el que vivió L su mortalidad, su  duelo y su alivio,  pasando del negro al violeta, gracias al cuidado de Jane. Ésta le dio el alta ayer mismo, observando que el esqueleto que le había insuflado superó el riesgo del rechazo y podía ser, si esta palabra tiene en L sentido, definitivo.

 En el amanecer hay un momento de silencio que antecede al jolgorio de los pájaros. El silencio, la calma total,  hoy duró más de lo debido y fue  seguida por el sonido rasgado del bosque en retirada. La selva se encoge y sorprende a todos, arracimados en un claro que la resaca vegetal respeta. Las ramas, látigos que restallan sobre el cauce del río y en el aire, se recogen  movidas por un resorte mecánico (o "como por un resorte mecánico") y, poco a poco, a esa velocidad que sólo las galaxias soportan en la lejanía del rojo, deja a nuestros niños perdidos (¡qué candidos!) en el linde, abierta de repente la perspectiva y mostrando prados de hierba corta. A lo lejos el páramo, las colinas y la sucesión de rocas desnudas con pliegues de té y tomillo.

El bosque se retira como el mar en el sunami. El  ruido-silencio anticipa, con evidencia geométrica, la llegada próxima de la ola destructora. Jane coge de la mano al niño y corre hacia la montaña. L, con movimientos maquinales,  les sigue a buen paso (su caminar de contractura y ángulo recto...  aunque ya pasó la etapa hospitalaria, no podemos negar - con risa - que L necesita rehabilitación y fisioterapia). No han ascendido demasiado cuando, mirando hacia atrás, tiemblan con esa selva que  retorna a los campos, caótica en su furia vegetal, montaña de mil hojas que se abalanza sobre el terreno feroz. Ruge y deja claro que el bosque ya no es su bosque y que no cabe retornar. Raíces y tallos espinados  prohíben  el acceso. Cuando llegan a la cima, los pájaros vuelven a sus cantos como cualquier otro día.

 Desde lo alto del otero, Jane mira el mar en la cercanía del horizonte. Con sus ojos ahora  felinos y sus manos de geómetra implacable, traza una línea recta hasta el embarcadero. Parece que ha olvidado su pasado de criatura arbórea.  Es lo malo del retorno al origen. Se borran - o  caen en la debilidad más absoluta - las estaciones penúltimas. El retorno al origen, la vuelta pródiga a casa, es el inicio de la jerarquía y la anulación de los pasos medios, la voz media... todo lo que humaniza (como los sonrojos y las sonrisas) desaparece en la ferocidad del primer punto metafísico: ese hogar en el que siempre existe la seguridad del fuego y el pan. Fuego y pan sois, oh queridos, signos de la humillación cobarde.

- El barco que me trajo a la isla me espera. Vuelvo a casa - dice Jane.

 El bosque que rodea el cerro ha dejado abierto un camino, senda que no es cortafuegos,  casi pisada de gigante de pies pequeños que aplasta momentáneamente la selva. Línea recta hasta el mar, pista forestal que podría hacerse en otra ocasión en trineo y que le lleva a pensar al niño de trece años en su cadencia por el movimiento rectilíneo. Recorren silenciosos la vía sin querer mirar a los lados. También los judios cruzaron el Mar Rojo en esas condiciones, sabiendo que no tenían nada que temer salvo la desobediencia del esclavo, el ansia de volver atrás y querer hacer, de todo lo que pudo haber sido y no fue,  una segunda oportunidad. L desea ahora, rodeado como está de árboles cortados a tajo, el cuerpo de Jane. Besar y jugar con su cuerpo.  Los cuarenta días pasaron sin que L superara su adicción al cuidado y la terapia. Ahora, dispuesto a ser activo, choca con una  Jane que tiene otro objetivo. Magnificando el poder de su matriz, L cree que el sunami del bosque ha sido provocado porque ella, en la metamorfosis, había ya cambiado su teleología, es otra y toca ahora volver al inicio.


Show me the place
where you want your slave to go
(Leonard Cohen)

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Let the children lose it
Let the children use it
Let all the children boogie
(David Bowie: Starman)

¿Y el niño de trece años?

 Superada su faceta de poeta adolescente, sin necesidad tan siquiera de ser un rimbaud, dejaremos que retorne a sus experimentos físicos y debata con el principio de inercia la posibilidad del quiebro de noventa grados, la conversión de su vida en una L, esa L que le lleva al colegio donde podrá interrogarse sobre el origen y sentido de esas piedras cortadas a bisel que extrajo del río. Sin duda ha escuchado la voz del hombre de las estrellas y se esmerará en la tarea de no dejarse reventar la mente . Aunque para ello deba rompérsela él con todos los muros de sentido y sinsentido que encuentre. Experimentará  con el amor y el deseo, dejando que todas las químicas fluyan hacia sus ojos. Nosotros, ahora, dejaremos que pierda y combustione su alma. Le dejaremos bailando con  la geometría de los hexágonos minerales que coleccionaba. Uno siempre espera que el niño nunca llegará a ser como L por mucho que este jure que, hace ya muchos años, también era un niño de trece años que rimaba en consonante.

El reencuentro con el padre ya no será posible.

jueves, 19 de enero de 2012

Drop Out (4º D)


Naomi Fisher: Jungle_Sweat


EL BOSQUE. Es la selva pequeña pieza de perdición construida por un dios ciego (todo piel) con enredaderas, hormigas y flores exóticas.  En esta retícula vegetal son muchas las voces que se tejen y, si inicié el viaje, fue para aprovisionarme de sus almas y  tener rastros de ellas en la mía. Sin embargo, permanece el espíritu callado hasta que alcanza el  limes y , liberado del ramaje, contempla perplejo la amplitud de la planicie y se hace consciente de que dispone ahí, a la mano, de hojas en blanco. Así, hundido mi ojo en los pastos y observado por vacas, dejada la espesura a la espalda, escribiré póstumas historias de las andanzas de otros por el bosque. Contaré grandes hazañas  ocultando, con las mangas de mi gabán de poeta,  las huellas de las ataduras grabadas en las muñecas ( la historia esencial, la épica del bosque, nunca será prosa porque ¡¡ es la selva toda ella esencia de prosa!!). Son esas marcas autorizaciones expresas de la escritura libre- de-bosque,  el recuerdo vergonzoso de lo que hubo que ceder a la espesura, la fila india de los presos en los caminos, el terror a las verjas y los sonidos. También el liberto siente que el tatuaje invisible de sus grilletes le da la voz ajustada y, a la vez, le ahoga; el prisionero del Lager, mirando el número escrito en su antebrazo, tiene patente para narrar en primera persona el paso por la muerte. Pero callamos todos lo importante, la esencia de la prosa del bosque que resiste, en sonrisa tierna y carcajada pantagruélica, el decir de todos los textos.

Nuestros personajes tendrán la tentación ética de relatar lo que sucedió entre los arbustos y en las copas de los árboles; nos hablarán en ese día de las especies miles y sus colores. No dirán que fueron, en la selva, arrastrados de nudo en nudo por la gran red, que no eligieron itinerario sino que, como en el laberinto, se dejaron llevar por las puertas que se abrían y el ahogo provocado por la falta de oxígeno. Sólo es humano el bosque cuando se retira y deja su  calva para construir la choza cerca del río. Habitación con derecho al terror de las sombras. Sombras que son siempre ramas.

 Es el bosque placenta para que se pierdan los niños y vivan encapsuladas las janes que abandonan la seguridad del hogar tarzanesco. Es el bosque fractal para edificar a L y L se retira a esa foresta  como el santo anacoreta o el buda. Entra en el juego de los árboles para dejar de ser el que es y servir a un señor esquematizado en ramas, plantas trepadoras, orquídeas y rascacielos de insectos. Se entra para callar y volver iluminado (aunque lo que se  ilumina es el espacio que está fuera; en el bosque hacen guardia las negras espaldas marcadas por la vara  de sauco).

 Termino este remanso de puesta en limpio de los personajes de Drop Out. Jane, L, el niño y el bosque. Veamos ahora lo que sucedió ¿Adivinan quien manda y marca el tempo de la voz?

martes, 17 de enero de 2012

Drop Out (4º C)


Naomi Fisher: Bird of Paradise

Un niño de trece años
" No habla mucho, se sobresalta a menudo, se sonroja, como si tuviera siempre miedo. Poco a poco se recupera pero le hace falta siempre tiempo" (Fred Vargas:Huye rápido, vete lejos)
PRELUDIO EGOCÉNTRICO DESNORTADO.   Puedo callar, no te creas. También soy capaz de conducir la melancolía hasta el extremo y hacer mío el silencio de Lord Chandos. De hecho me he pasado la tarde dormido.Tirado en el sofá y acurrucado por la manta, yo era un tratado metafísico que perdió el tren de los tiempos. Aniquilado en la  larga siesta (habitante de ese espacio en el que el sueño pierde su nombre y muta en desidia, deseo de aniquilación, hundimiento gozoso en la nada), interiorizo la somnolencia morbosa y la convierto en píldoras portátiles que me permiten acudir al silencio cotidiano, mientras trabajo, juego  y soy simpático con las señoritas. Mis simulacros de discurso enmascaran el más triste de los silencios: la impotencia que, casi por definición, embarga  mis palabras.

Pese a todo - con el peso de todo lastrando mis dedos - escribo golpeando las palabras con martillo de joyero y repujo algún que otro sentido que se volatiliza en la incomprensión propia y ajena. Creo que soy adicto al movimiento de las hormigas en la pantalla, al rasgado malvado del papel en blanco. Podía callar, claro, pero un mal vicio me empuja a seguir tecleando, dando ahora el privilegio de la visibilidad al niño de trece años que apareció en la isla de L. Esta fraternidad con el muchacho no me libera del pecado.  Es la letra tan pasiva que no fuerza a la acción ni hace cosas con palabras. El mal es un estado de derrumbe, la paralización de la voluntad y el gozo diabólico en el dejar hacer a lo otro.

 Me derrumbo sin gozo. Soy bueno en el avatar más simple: el cretinismo ingenuo. 

 El niño de la isla no habla y, quizás,  deba ser yo la voz del desheredado. Ya saben aquello del compromiso con las víctimas y los mudos  ------  sin poder sustraerme a la ironía,  pienso en el niño, ese ente triste que dejó la escuela en capítulos anteriores y que, ahora, en su silencio, me recuerda a Mudito, el personaje Disney, que sonreía tontorrón a  Blancanieves.

 Despertado ético de la siesta doy la voz al niño y, como puede comprobar su señoría, no he podido dejar de hablar de la voz.

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LA BOFETADA DE PAPÁ. La bofetada de papá se parece demasiado a una caricia. Es, en la primera ocasión en que se presenta, una ternura que ha perdido el texto y parece necesitar de apuntador. Cuando se repite el gesto del padre,  entrada la adolescencia, el muchacho categoriza la secuencia como sólo saben hacerlo a esas edades los humanos: exagerando el patetismo de su pobreza mental (después de la ablación imaginativa), enrocándose en los harapos de ideas que descubren en el patio o en alguna canción radicalizada en sus sentimientos. Que el padre es un hijoputa es casi proposición analítica, verdad intuitiva, no exigiendo demasiada demostración. Las tonterías freudianas son, en este aspectos, fruslerías(sic). El padre incorpora a su rostro todos los males que  amenazan en el inicio de la juventud (padre, maestro, señor cura, sargento, inseguridad sexual, primer poema vocacional...) y el hijo, vislumbrada la aparición de tal cosa,  responde invirtiendo el telescopio de su intelecto floreciente, mirando al revés, viendo al padre en el fondo más fondo de un  pasillo que uno no habitará jamás de los jamases.

 El niño mudito, en el recuerdo vivo de la segunda o tercera bofetada, se niega a replicar la L del ángulo recto que da acceso a la escuela y opta por servir a la inercia de la linealidad. Se deja llevar por el golpe en el pecho de la fuga, la desobediencia que no admite explicación (y es inútil que la jefe de estudios reclame razones). Se  deja llevar, escribe un poema en la fría mañana de enero, y comienza a entrar en el espacio del ensimismamiento. Nace como habitante de la isla.

Corre el riesgo de convertirse en un poeta de trece años.

viernes, 13 de enero de 2012

Drop Out (4º B)

Naomi Fisher, Dirty Hand, 2008

Jane

"Soy una buena chica pero los chistes verdes ya no puedo soportarlos"                                                                             (Fred Vargas: Huye rápido, vete lejos)
 Quisera ser, a partir de hoy, una mujer nueva, una niña o vieja con pamela y vestido floreado que recorre el puerto con un perrito de aguas. En mi brazo llevaré, quemado y sin disimulo, el borrado de un tatuaje en el que los que me miren puedan soñar el mapa de la isla del tesoro o un amor forever.  Es mi deseo tener la mano sucia para que el que se acerque a mi lado sepa que se arriesga a la infección, el tétanos y la sonrisa sardónica que provoca. Quiero ser el  riesgo oculto en el albergue ( la sombra del resplandor que animaba la escritura de Nicholson en la película de Kubrick) y que ningún tarzán vuelva a quitarme el vestido aunque sea para regalarme un baño delicado y acrobático en la piscina. Renuncio a la fantasía de la vulnerabilidad y al silencio ante las palabras que me nombran. Sólo yo quiero llamar coño a mi coño y que de él (de la palabra y de la cosa) emane una matriz externa que pueda parir gusanos y mariposas.

 No tengo cartas para volver a confundir la fe con la esperanza.

 Soy fuerte y despiadada. En eso nos parecemos los tres habitantes de esta isla. Todos, de un modo u otro, nos inyectamos nuestras propias drogas para sentirnos desvalidos. Esa es la única bondad que nos permitimos, la virtud del que simula su impotencia para no ver el alcance de la destrucción que genera con cada espiración: la oxidación del mundo, el escupitajo en  el rostro del otro, la ocupación de su espacio. Esa debilidad de sociodramaturgia es fantasmagoría quijotesca. Hay algo duro y despiadado en ese L que simula ser gusano y me ruega que lo reconstruya como espantapájaros de mi vagina (pero muy fuera de ella; él no quiere nombrarla). También sombrea crueldad el niño que abandonó la escuela creando el fantasma del padre y del maestro, haciendo como que huía y no podía quebrar la línea recta. Sabe que ni papá ni el profe son rivales de mérito.  Mujer de hielo y acero bélico yo, con pamela y perro de aguas, con tatuaje borrado para engañar a los que me miran deseando mi cuerpo, relatándoles con mi silencio  una triste historia de amor roto que, realmente, no sé ya si ha existido. Los tres somos extremadamente conscientes de que cada movimiento respiratorio, esa rítmica paz del meditador, golpea con fuerza. No nos queda más remedio que jodernos vivos los unos a los otros y los tres idiotas de la isla simulamos hundimiento y hueco del alma para enmascarar con piel de gato el cuero de esa certeza. Sólo entre la jodienda recíproca habita el amor.

 Con mi mano sucia y carnal, danzo en medio del bosque como el shiva cósmico. Bailo en el centro de la pista hasta arriba de metanfetamina, sudando el veneno que destruye el mundo. No seré tu jane, ni la matriz de tus aspavientos. Mírame a la cara y conversa metiéndo la lengua hasta el centro de mi cerebro. Bebe el cáliz de mis neurotransmisores hasta el fondo, hasta las heces.

 Mientras tanto, a la espera de bárbaros y nuevas depresiones, cuido del niño y de L. Los paro cada día con mi exomatriz, mi arquitectura de barro y madera. Porque sólo una virgen puede alumbrar fuera de sí, sin ruptura de himen, confundiendo el interior y el exterior.

Like a virgin.

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"Soy una buena chica pero los chistes verdes ya no puedo soportarlos"   

¿Por qué no aceptamos ni Jane ni la bicéfala ni la Lizbeth de Fred Vargas los chistes verdes?

¿Será por qué, como algunos sostienen, los chistes verdes no son aptos para mujeres? 
(¡Voto a bríos! ¿De quién es la voz que acaba de anunciar la anterior proposición?)

Para Jane el chiste verde tiene algo de contradictio in adjecto: lo verde del chiste anula la chispa y la gracia. Es una nota desajustada en el breve canto del relato. El mecanismo sutil de la risa se borra, con brochazo de aprendiz, por la interrupción de un  contenido sexual generalmente agresivo y brusco. Sólo el género burlesco roza con encanto las peligrosas ciénaga del chiste verde y tiene que sobredimensionar el elemento cínico - la impotencia, la inversión de lo masculino/femenino, lo camp -  para salir indemne del trance. En su su vertiente más cutre, underground y popular (tipo el Teatro Chino Manolita Chen), el chiste verde se salva desde la ternura y la piedad por los perdedores. El chiste verde de bar y copazo de coñac-  mientras los tíos se rascan los cojones como afectados por ladillas - y el guiño verbal  del compañero de trabajo en la cena de empresa, me lleva a la convicción de enunciar un chiste verde exige (teológicamente) plaga,  un antipentecostés que nos deje mudos por arrancamiento de la lengua.

 Alguien dijo - no sé si L - que tanto Jane como la bicéfala son voces puritanas. Fijo.

jueves, 12 de enero de 2012

Drop Out (4º A)

Naomi Fisher: Untitled (Green Pants) [from: You Can’t Fight Mutha Nature], 1998

L
   "Entonces, en cuanto a la anilla, ¿por cuál te decides?
- Por la del pollito - había respondido Joss firmemente
.-Los hombres - había suspirado Lizbeth al salir - siempre tienen que hacerse los listillos.
                                                                                         (Fred Vargas: Huye Rápido, vete lejos)


 Naufraga uno con la esperanza de no tener que ver barco en el horizonte que  nos amenace con nuevas tormentas, hundimientos y barriles de ron bailando libres por la cubierta.  A la isla de L llego hecho un trapo, literalmente, como ese lienzo sin armazón que sólo deja ver algunas manchas de color en su superficie, tapadas con moho y óxido del columpio. Trazas para el recuerdo y la tarde tonta, notas para la reconstrucción, pasados los años, de una época de nuestra vida que podremos llamar complicada y que, cerrando un poco los ojillos, seremos capaces de calificar de maravillosa. Un reinicio en el que el disco duro queda dañado pero con el sistema operativo capaz de retornar al buen uso después de un tiempo de ronroneo, soledad y enciende-apaga constante.

 Puedo decir que he tenido un tropiezo, un devenir impropio que me arroja a la isla  como habitante  orgánico sin huesos y con la certeza, a la vez oscura y luminosa, de ser caja de órganos, tubo de excrecencias y máquina bendecida con aquello que algunos llamaron "obsolescencia programada". Arribamos al nuevo puerto y, después de un par de días en la costa cálida que lubrica el océano, nos vemos en la necesidad de salir del  afuera, hacer equilibrios en las entrañas de la línea, quebrar y buscar sendas en un bosque cenagoso en el que debemos arrastrarnos porque somos gusanos.  Condición humana, podríamos decir, sordos a la risa de la selva que se abre con sus ramas y barros, ciegos a las flores, rastreras criaturas que buscando la soledad del náufrago vuelven a caer en la compañía de otros ... aunque los disimule como espectros.

 L - yo, él - siempre necesitó de espectros humanos para construirse un esqueleto. Se dejó comer para deglutir él la estructura de los afectos, los signos, las maldiciones y las rabietas de otros, edificándose desde dentro al ser comido, como esas criaturas que ponen sus huevos en los cuerpos de otros animales para que las larvas broten rompiendo al que hospeda. Me dejo comer y, baya deshidratada, crezco en el interior de su vientre hasta ser un hombre: L, luis, luisa, loredana, lope, lía... un cualquiera. Ahora es Jane pero antes fueron otras. Jane trabaja con barro y palos y poco a poco me eleva al modo de un mástil marino. Me veo crecer acompañado de mis fantasmas y siento cada vez más propio el esqueleto. Ya puedo levantar el cuello y ver a la mujer y al niño. Puedo abandonar la pose de dependiente y ser sensible a las exigencias de pacto y diálogo. Balbuceo. La otra noche tuve una erección aunque aún pude notar que el palito que sostenía mi piel estaba  un poco verde y, pobre, daba cabezadas.

 Me humanizo, señores. Y crezco en el vientre de Jane sin haber tenido que embarazarla. Su matriz está bien fuera, entre las ramas. Soy un gusano con pinta de leopardo, cubierto con un lienzo de barro y ramajes. Amanezco en la humedad.

Jane me cuida like a virgin.

lunes, 9 de enero de 2012

Drop Out (3)

Naomi Fisher: The Brave Keep Undefiled A Wisdom of Their Own(2009)

   Boca abajo y crucificado, L observa, tras un velo de sangre y legañas,  a Jane y al muchacho. Crean hogar en medio del bosque y a salvo de los pantanos que rodean al grupo. Se oye el suspiro de un río que no ha sido aún vencido por las raíces. A su vera están ellos con amplio afán arquitectónico, hermosos fantasmas jugando a los poemas. Pasan de L como de comer mierda aunque sepan que están aquí para cuidarlo.Los espectros hacen como que no lo ven. Esta actitud de la mujer y el niño le permite a L ser un voyeur del acontecimiento: ellos crean un primer campamento, una futura Roma, y él podrá decir que allí estaba, sin pena ni gloria, mirando los movimientos de los otros, saboreando sus propias flemas sanguinolentas. A L le encantan estos masoquismos históricos. Ser el opuesto ridículo del alma del mundo entrando a caballo en la selva. L es un masoca sin huesos.

 Logra L desenlazar su cuerpo del correaje vegetal con la ayuda de Newton. Se deja caer imaginando ligeros movimientos que enderezan sus  manos y resbala, al modo babosa,  mientras se despelleja un poco más las piernas. Deserta de su condición  botánica - era hermosa su crucifixión entre las ramas - mostrándose ahora como baya, semilla o capullo que busca la horizontalidad de la  tierra húmeda. Algo brotará en él, tiene la sospecha, pero no podría determinar qué. Recién descendido de la cruz invertida,  toda su atención se centra ahora en controlar el miedo al hundimiento en las arenas movedizas de la  fantasía infantil. Lamenta no tener coleta - como el barón de Munchausen - para escapar de sus pesadillas. El miedo es agua estancada y es miedo al agua estancada.  Por suerte no ha llegado aún el momento de la tierra. Tumbado en un milagroso camastro tejido con lianas y otras comodidades, contempla el cielo y las copas de los árboles emborronadas con líneas dispersas. Acostado sobre un túmulo  floral, es una pantera o leopardo sin osamenta que otea el camino y el poblado de Jane. L es un traje de leopardo inflado con el aire de la vida. Las mallas- guepardo de una chica punk puesta hasta arriba de heroína. Mejor que muerta; a punto de resucitar.

Naomi Fisher: Act Like A Cheetah, How,How? (2009)


Jane y el niño miran la masa de piel y creen que,  descartada la hipótesis del pellejo de vino o la  vejiga desafinada, L debe ser catalogado como lienzo rasgado en varios puntos, inflamado por su afición bacteriana  y necesitado de un bastidor. La idea, dice Jane, es construir un espantapájaros en el interior de L, repasar con hilo quirúrgico las heridas y dejar que el conjunto cuaje como espectro de sí, cyborg o marioneta eslava. Entiéndase la tarea - nos expone Jane . No se trata de dar vida a un artefacto al modo golem o pinocho. No gritaremos, tras el trabajo, que la cosa está viva. Aquí lo que tenemos es un ente biológico, una palpitación precaria que se ha soñado,siempre con mala fortuna, vegetal y bacteria, gusano y vejiga de toro. Debemos dar forma al lienzo con un marco. Vamos a cosear al ente sicoseado. Mimarlo, en definitiva, con un punto de desapego y descaro.

Jane y el niño de trece años han buscado un rápido acomodo en un claro del bosque, construyendo un pequeño poblado. Cerca del agua más clara de la ciénaga han inaugurado una playa fluvial. Frente a la plaza del ensanche aprovecharán un cubículo con techumbre de tallos (nada triste, por cierto) para protegerse de los meteoros. Comen flores y, a  veces, insectos, artrópodos y pequeños mamíferos. Si la antropología nos enseña que no hay desdoro al ofrecer al investigador el tradicional cocido de rata, tampoco lo debe haber si, en esta situación , se consume la carne cruda del roedor (no cabe el tránsito hacia lo cocido). La proteína y su búsqueda, dice Marvin Harris, es cimiento de civilizaciones.No por su dieta es menos sexy Jane y humilla más que se encargue de atender, con ayuda del niño rarito que come flores, a L.  Acepta su destino de enfermera crudívora. Se acerca a L y limpia sus heridas con pétalos y agua. Los espectros son pasivos en la mente de L porque él es la más pasiva de las criaturas de la isla. Chupa huesecillos de rata con poca pasión pero no imperceptible vicio.

  Mantienen a L  lejos del refugio, bajo un techo improvisado de ramas,  invocando la idea de hospital en ese poblado minimalista de la isla de L. El primer núcleo urbano, el newyork de la cartografía por hacer.  Noli me tangere, parece ser la consigna.


Naomi Fisher:Vizcaya(2011)

"... los cuarenta días del alma empiezan a la mañana siguiente de la muerte. Esa primera noche, antes de que empiecen los cuarenta días, el alma yace todavía contra las almohadas sudadas(...) Para recibir el espíritu recién liberado, los vivos no limpian, no lavan ni ordenan, no retiran las pertenencias del alma durante cuarenta días, con la esperanza de que el sentimiento y la añoranza la traigan de vuelta a casa y la animen a volver con un mensaje, con una señal o con el perdón" (Téa Obreht: La esposa del tigre)
 Piensa L en los cuarenta días del alma y del sacrificio. Cuarenta días entre el hospital y la rehabilitación, cuarenta días para salir de la selva atravesando los pantanos y convertirse en el digno bailarín que luce un tu-tú embarrado. Cuarenta días tentado por la atmósfera húmeda y los insectos. Decía la joven poeta que el amor durante tres años (si es amor de veras) y L cree que, por extensión, esa es duración mínima  de toda salida del laberinto de la neurosis. Sin embargo,  sólo dispone de cuarenta días para reconstruir el lienzo y  comprobar si la armadura de madera y barro que Jane le ha metido dentro no provoca rechazo ni hay incompatibilidad entre la ortopedia espectral y la vida. Cuarenta días para salvar el mundo a través de la rehabilitación y  la búsqueda del sendero que nos saque fuera. No son tres años pero, si es fuerte en estos cuarenta días y no se enamora de Jane, evitará los tres años que  llevan inscrita su penitencia: los cuarenta días de duelo, los cuarenta meses de huella y herida, los cuarenta siglos de vibración cósmica. Cuarenta días, por lo tanto, no es mala cifra para evitar el desastre y, en cualquier caso, para que los difuntos nos aporten mensajes ocultos en sus objetos más amados. Él es un  difunto de sí que ha olvidado el último mensaje y sólo tiene cuarenta días para recordarlo.

 Dice Om y le duele un testículo (está malo de cojones,  como dijo una muchacha francesa)

 Tres años dura el amor y siete la reconstrucción del mundo. Sin embargo son sólo tres los sexos (incluyo a los hermafroditas) y esa pobreza biológica logramos humanizarla por las infinitas categorías del sexo - más de cuarenta en todo caso -  que cada día descubren los aficionados al porno, quizás los últimos científicos naturalistas y, sin duda, guerreros de un platonismo ginecológico. Tres días también tarda dios en resucitar pero sólo a los cuarenta días se produce la ascensión. El día cuarenta es el día del mensaje. Lo que L olvidó (o nunca tuvo).

Plantea L la construcción de un calendario cósmico de cuarenta días basado en palos colocados en forma de cuadrícula. Piensa esto mientras no ha logrado aún mover un dedo. Ve borrosa a Jane y creo que ella se muestra  escéptica en un principio. Finalmente acepta la idea porque el fantasma, como todos lo monstruos, son esclavos de las mentes a las que aterrorizan o placen.

- Construiremos en tu piel un calendario portátil. ¿O es que piensas permanecer aquí tirado todo este tiempo? Los cuarenta día de estancia en los pantanos es más apuesta que destino. Quizás el recorrido sea mucho más corto y la selva fangosa termine a la vuelta de la esquina. Tarzán nunca quiso revelarme el secreto. Crearemos el calendario en tu piel aplicando acupuntura. Colocaré erectos palitos o agujas en tu rostro de Romeo. Se te verá como un erizo. El erizo leopardo.

sábado, 7 de enero de 2012

Drop Out (2)


Naomi Fisher: Untitled (1998)
 ( White dress . You can't fight Mother Nature )


- Eres un tío mierda - dice Jane.

 L cae sin dignidad de ángel y no formará un imperio paralelo, su propio y personal infierno. L no es el ángel más bello, ni desea incrementar su cuota de poder o instaurar la democracia en el cielo. L cae por efecto de la física clásica. Con Newton y la torpeza sobran para explicar su ridícula postura como lacería de carne y madera. Su forma (o su sin forma) es celosía de nuestra narración. Una brizna de humor en la casa del náufrago.¡ Lástima que L no pueda verse!. ¡Lástima que en esta situación no sienta suficiente amor por mi criatura como para identificarme, en primera persona, con L!

- Te faltan los otros para tener tu infierno, je,je - piensa Jane.

Te faltan los otros, sí, y has caído como muñequita sin huesos a través del ramaje, arañándote la piel y mostrando que eres una bolsa de órganos con vocación bacteriana. Sin arquitectura  ni esqueleto interno. Poco más que un gusano que derrumba su punto de equilibrio y arrastra en su hundimiento a Jane de un modo parecido a como Hitler se llevó por delante a Eva Braun y Goebbels a Magda y a los niños. Caemos con nuestros fantasmas. L cae en la zona de los pantanos (sin saber si es agua o tierra lo que hay debajo, usando la palabra "pantano" de un modo impreciso, lo que hay abajo, al otro lado, lo que debe ser cruzado para llegar a la montaña, al páramo. Pantano o ciénaga, lo inhabitable, es decir, allí dónde la posibilidad del poema se reduce a casi nada, voz que farfulla disléxica y con monodia de retrasado).

- Estamos aquí, a un palmo de tus narices - dice Jane -. Abre los ojos que yo describiré cómo has quedado.

L está boca abajo como un san pedro crucificado por el bosque, confundiendo las ramas y los miembros, lubricando con la escasa sangre  de sus heridas los maderos. Hecho un Cristo, un Ecce Homo ridículo sin posibilidad de lectura salvífica. Humano. La cara apoyada sobre el lodo, los brazos doblados en una forma imposible y sólo las piernas elevadas. Una bacalada en el secadero. Como si los árboles secos hubieran sido invadidos por algún tipo de parásito imbécil instalado en donde la vida hace tiempo se fue.

- Ahora creo que debemos comenzar a caminar. Basta de irte por las ramas (je,je). No creo que puedas darme gusto en algunos días. ¡He dejado al señor de los monos por un semental con la picha desgarrada! Je,je,je. El niño de trece años está aquí, a mi lado. Dice que no es tu hijo, que no es nadie, sólo un punto que no se atrevió a romper la línea recta y pasó de largo por la escuela. Un niño delincuente, L. L, tío mierda, abre los ojos y mira a tus fantasmas. Tenemos hambre y el espectáculo de tu crucifixión ya nos aburre. Sólo entretienes (y poco) a los insectos.

Jane. Vemos a Jane borrosa, en blanco y negro. Decidida. Abandonó al macho híbrido por el primero que pasó cerca de su casita en los árboles. Siguió a L como perra irónica, esperando su caída necesaria (sólo Tarzán gobierna el arte del volatín selvático).  Jane sonreía con cada tropiezo. Desde que dejó la casa,  Jane espera el resbalón definitivo para poder presentarse como compañera espectral en la tierra, con el tejado arbóreo en el cielo. ¿Es tonta Jane al soñar con el suelo? No (eso esperamos). Todo el mundo sueña con lo que no tiene y, desde su loft selvático, fantasea Jane con la tierra firme aunque sospecha que el suelo en los pantanos es cubierta de nuevas oquedades subterráneas. Las arenas movedizas que tanto atraen al niño de trece años, son tierra de fantasía siniestra e infantil al mismo tiempo, tierra que no es tierra, que no es límite de nada sino zona de tránsito hacia el abajo. Suelo que se hunde y se pinta con charcas. Recuerda el niño: la ameba, el paramecio...

- Hemos tenido suerte (jé). Hay cerca de este paraje una bellísima piscina natural no demasiado llena de bichos.

Jane no es tonta (salvo en la elección de sus parejas). Conoce las pequeñas pozas en las que el agua parece que se escinde de los grumos de tierra y las colonias protozoicas. Agua de veras en la que Jane nada hermosa. Sólo estos baños han alegrado la vida de Jane Los viajes, cada vez más espaciados, con los que tarzán la regalaba el cuerpo, son ahora recordados por Jane mientras se sumerge en la pequeña laguna, no sabemos si río o estanque realmente. L está cerca de la línea de playa interior pero el espectáculo de Jane nadando  se lo pierde L. Casí mejor porque en la posición que nos ocupa, con el cuerpo dolido y doliente, boca abajo y ojo hinchado,  cualquier excitación sexual sería una broma de mal gusto para L y para su pene, para el niño inocente de trece años y para la propia Jane. No seamos crueles. Tiempo habrá para que L y Jane se conozcan.





 Digamos que L empieza a moverse en su jaula de ramas, con poca vocación de mártir,  mientras Jane nada en una pocita cercana y el niño de trece años medita sobre la línea recta, el fractal y la danza de curvaturas que ejecuta Jane en el agua.Niño meditante al que no ha podido hacer sitio la enseñanza obligatoria.

jueves, 5 de enero de 2012

Drop Out (1)


Naomi Fisher: Untitled(2007)

Dropout, she´s in a fix
Amphetamine has made her sick
White powder in the air
She´s got no bones and can´t be scared
(Lou Reed: Chelsea Girls)

 Abandono la playa y la línea curva humedecida. Me exilio voluntarioso hacia el adentro de la isla de L con sana vocación aventurera y científica metodología. Sin embargo, una estúpida metáfora me lleva a republicar(sic!!) el texto y forzar la máquina de la temporalidad escribiente: borrado y corrección. Insinuaba L ayer en este texto  que  el pliegue de tierra que moja el mar es vagina lubricada por las aguas saladas que eyacula el horizonte. Esto, más o menos decía o daba a entender.  El caso es que, en el inicio, imposta L la voz ajustándola al pliegue vaginal, convirtiendo el adentro en cueva y matriz, feminizando la isla, cerrándola aún más, por labios de arena que nunca son vencidos por la marea. Así que pienso, durante todo el día, en la imagen de la playa,  imposibilitando el érase una vez, demorando el relato de L aunque ya estuviera escrito, quebrado en la tontería el simulacro de una narración. La voz, en los primeros pasos de este episodio, medita sobre lo que significa que una metáfora sea idiota. Lo metanarrativo cierra el paso, como si la conjunción de estilos y modos - poema, meditación, relato, disección.... - fuera quimera, los niveles narrativos hicieran luz de gas o se echaran zancadillas y tramaran entre sí como en un realitishow en el que los concursantes se lían para jorobar al contrario. SE rompe la línea, se curva y, en el primer paso, se ramifica en la hermosa selva de fractales que nos espera.

Concluyamos el primer paso: L abandona la playa porque no  cabe construir una cabaña con tejado de tristeza en este paraje.

 Dejo la costa como el niño que  humilla  sus pasos a la línea recta, sin conciencia de su ceguera transitoria o mortal, impotente en sus trece años para girar a la derecha y entrar a través de la puerta metálica (arbeit mach frei se lee en en el frontis) de la escuela. Una fuerza negra niega entre carcajadas de autos de choque el ascensor social de la educación secundaria obligatoria. Nada las olas pueden ya enseñarme, piensa/pienso, y camino recto hacia los pantano selváticos. Entre fractales arbóreos, como un tarzán, me convierto en Jane y hago equilibrios alquímicos muy cerca del foso de los grandes simios. El parterre de los monos es el lugar más feo del zoo. Las ramas se cruzan en redes complejísimas y como de laberinto por encima y por debajo de los simios. Las palabras circuncidan lo feo y luego orbitan en  torno a lo desvelado.

 Siento yo (y el niño que abandona o la Jane marginada de las luchas de su chulo) que en cualquier momento la poca humanidad que me queda se derramará, diseminada como el polen o las palabras de los grandes filósofos, en la protoanimalidad de las bacterias. Cae derramada la civilización en mi alma bacteriana. Soy bacteria en la selva seca por la que camino. Me digo:

Nacimos para devorar el tejido que nos soporta.

Por lo demás estoy en uno de esos días buenos caminando entre las ramas. Recorro la isla ciego de luz y sombra. Aún puedo mantener una posición de erecta responsabilidad, máscara de la fantasía bacteriana,  posando los pies en la red rígida que forman las ramas del bosque que sobrevuela los pantanos. Soy equilibrista, artista de circo que bandea sus acrobacias a la altura de la red, imposible el más arriba de los trapecios, la dimensión angélica. He perdido las alas y no hay quien vuele en estas condiciones atmosféricas. Sin embargo, arriba las ramas son tan iguales a las de abajo que no sé si el fondo está en lo alto o en lo bajo. Me mareo porque habito en el medio. Quizás esté saltando entre el follaje con algo parecido a una mano-pie simiesca. Sin norte.

 Pero no minimicemos el riesgo. La red no es el final. Hay un más abajo aunque uno se mueva embrollado entre el correaje de la selva. Hay algo de irreversible en mi movimiento, como si fuera partícula de una ley física. Puedo caerme mientras parece que asciendo. Caigo -----  y buscando el tejado de la tristeza, exigencia de mi abandono insular,  tal vez encuentre unos gramos de felicidad.  Arriba  o  abajo, sé que mis miembros se dislocarían formando figuras imposibles entre las ramas si osaran quitarme el equilibrio. Me imagino en un volatín inconsciente que me moldea con las articulaciones dislocadas, boca abajo como un san pedro, con la cabellera dentro del pantano y los ojos al nivel del agua espesa, hermanado con los insectos que caminan patilargos por la superficie, viendo a las ratas acercándose a mis ojos con ganas de comerme el humor vítre.

Un asco en la boca del estómago (que compartimos, hermanadas,las  ratas y L), denota un no sé qué de ausencia de huesos.

Todo panteísmo habita en la ausencia de huesos y de miedo(She´s got no bones and can´t be scared)




(Nico: Chelsea Girls; vídeo: A.Warhol:Chelsea Girls)


domingo, 1 de enero de 2012

DESPROPÓSITOS PARA EL AÑO NUEVO, MAJESTADES


david-shrigley-card-time-to-choose

Queridos Reyes Magos:

 en el año 2011 he sido un niño malo pero considero que mi acto de sincero reconocimiento es merecedor (así reza el convenio) de un  regalo por su parte. Creo que todos los niños tenemos que tener un presente y no puede haber un hogar sin lumbre ni  sin pan. Al fin de cuentas - pues de hacer cuentas se trata en este tipo de cartas - todo presente de oro, incienso o mirra que me dé fuerzas para los próximos meses es ejercicio de inversión por su parte (si lo que pretenden es que en el 2012 consiga al fin que la bondad llegue a mi alma). De más niño era bueno de veras y mi abuelita Victorina  me decía que no debía serlo porque me sacarían los ojos y me mearían en los huecos. Qué bárbaro, majestades, descubrir el origen de mi ceguera y de ese escozor de la mirada fantasma que me posee. Así, si no puedo elegir correctamente entre dios, el diablo y el don´t know  que dice Shrigley en su dibujo, es por un tara que otros crearon de manera cruel. 

 Después de la paz para el mundo - deseo que comparto con tantas gentes que me sonroja de emoción  - quisiera que sus majestades me trajeran las siguientes bendiciones:

 Fuerzas para encontrar al que me arrancó los ojos y buena educación para pedir que me los devuelva "estén como estén". 

Voluntad para vencer a los que me vencen a diario aunque sea bajo la forma de estúpida resistencia. Si no queda fuerza en sus almacenes me pueden seguir proveyendo de pastillitas de colores y disfrute en la escritura.

Inteligencia para renovar el estoicismo. Me propongo para el año entrante cerrar la puta boca(huy, perdón) a la carcajada que el mundo me vomita.  Quiero que el mundo sonría, sobre todo a los niños y a los crustáceos. Al menos que deje de ser tan escandaloso en su actitud bromista. Si nos tiene que sodomizar y le exige el guión (de dios o del diablo o del don´t know)  que no nos muestre la cara, enmascarado con esos pasamontañas de cuero que se usan en el SM , desearía que al menos nos dijera que nos ama y que nos hace lo que nos hace porque él tampoco es dueño de sus instintos o de su destino. 

Necesitaría un poco de idiotismo y algunos cuadernos reglados  con paralelas de 1 cm.(como los de la caja del círculo que me regalaba el tío Daniel y en los que leía aquella frase que marcó mi vida: familia que ahorra, familia feliz).  Ambas cosas me resultan necesarias para poder pasar a limpio mi obra completa y hacer saber al mundo que, a pesar de su mal comportamiento,  le sigo queriendo en la sombra y que no pediré ni justicia ni venganza  si logro encontrar al que me arrancó los ojos. Los quiero aunque estén desinflados y cataráticos , grises y con el cristalino más duro que el pene de un actor porno ahorcado.  Es bueno que la gente que palpita sepa que soy un alma sensible.

 En fin, si sus majestades optan por otra vía de dones,  los aceptaré gustoso porque ya he dicho que quiero renovar el estoicismo, lo que para el caso significa dejarlo como está. 

Un beso en sus manos donadoras

El niño L

PD. Dejaré a sus majestades una copa de coñac Terry y leche para los camellos. La chica del caballo - Nico, dicen - no pueden adoptarla porque tiene una carrera discográfica pendiente