jueves, 26 de abril de 2012

Diccionario de la debilidad. Apatía

Apatía:





“No me importaba nada. Porque hay una libertad en la apatía; una salvaje y mareante liberación casi capaz de emborracharte. Puedes hacer entonces cualquier cosa” (…)
“El secreto es que no hay ningún secreto. Eso es lo que realmente queremos ocultar a nuestros hijos”
( Lionel Shriver: Tenemos que hablar de Kevin)


Lo dices en palabra y en silencio. Insistes, querido, en tu vocación apática aunque tú y yo sabemos que no hay voluntad alguna de glaciación y desearías derretirte en todos los fuegos. Es la apatía, al menos en tu caso, mentira del miedo y la vergüenza, cuando no simple deseo de colocarte la venda en los ojos para simular que no ves nada. Pero percibes las cosas y el mundo te sigue encantando.

El miedo es la matriz de la temeraria conversión de la experiencia en una secuencia de cosas cualquiera, indiferentes y tan decoloradas e indoloras que no merecen la pena, dices, esforzarse por ninguna. Y la vergüenza, sombra de ese miedo y líquido anestesiante de la movilidad, insinúa en tu oído medio que tú no eres nadie.

¿Quién te pide descubrir el secreto? ¿De dónde sacas que hay tal cosa debajo de tus ropajes, de tu postura de ángel herido? Nadie te va a mirar cuando dispongas entre aspavientos el gesto del dictum y ahí paralices tu sonrojo. A nadie le importa que no tengas testamento.

La apatía es la espuma de la impotencia.

Apático al beso de M. en aquella pared de Las Llanas. Ni morder el labio mereció su osadía y flácido se mantiene tu miembro en su mano. Apático en la casa y entre las filosofías y sus bailes de velos y filtros de luz polarizada.

- Dame cualquier idea – decías - y, como punto de apoyo de palanca, moveré el mundo. Da igual su lengua y sus razones. Pues si la verdad agria la leche, soy equidistante de todas las verdades. No me ponen, no me colocan, me dejan tal cual, sin resaca ni decepciones.;

Ella dijo NO y tú giraste la cabeza como quien prepara, en gesto convulso, un estornudo reprimido. Dolido por el NO, promueves el concierto apático. No quiero enfadarme, le dijiste, ni montarte un número por tu desprecio; me ciego a los colores del entusiasmo. A eso lo podemos llamar civilizado. Todo esto has hecho con tan poca convicción que me río, osito, de tu temple estoico.

¡Qué pérdida de tiempo! Deseas templarte en las aguas del cariño, la ternura y los mil matices de las emociones y patologías sentimentales. Pero el miedo a la quemadura, la sospecha de que el agua hierve, te arrojan a témpanos barrocos, templos de mármol en los que no crees. ¡Máscaras que te dañan por su abuso!

Y ahora, hoy mismo, me dices que necesitas vivir más apático, no habiendo aprendido que no es ese tu estado de ánimo ni el secreto, si lo hubiere, que quieres testificar en el juicio a muerte. Resbalan las cosas sin dientes de sierra cuando tu amas las montañas y el riesgo de los desfiladeros siempre propensos a la emboscada. La química te ayuda a emborronar los aguijones cuando tu piel añora el chute. Quieres distancia, sabiendo que deseas el tacto.

martes, 24 de abril de 2012

Diccionario de la Debilidad. Arrepentimiento


Balthus: Baphomet



Arrepentimiento
 Que tu recuerdo es el daño mas fuerte
que me hago yo mismo
por vivir soñando
con que tú regreses arrepentida
        (Richie Ray & Bobby Cruz: Si te contara)

Amigo y hermano: no figura en mi alma el recurso al arrepentimiento. Solo si perdiéramos la memoria de lo que vivimos tendría algún sentido retornar a tu viejo lienzo y pintar sobre lo ya narrado, hacer sonreír al que en la primera estampa lloraba o vestir los cuerpos desnudos con rojo bermellón. Gracias a Dios, en la memoria aún fresca,nos cabe la posibilidad de pasar página y hacer brotar del blanco sobre blanco algún otro relato. Déjate de boleros.

Te dejo encerrado en esta voz del diccionario, hito cualquiera en la larga sucesión de diccionarios que ha sido tu vocación oculta desde niño, ficción con el artificial orden de la sucesión de letras, eruditas pisadas encerradas en casillas autistas entre metáforas y etimologías militantes. Nada más desordenado que un diccionario, como sabemos, y en esa retícula de bordes matizados, debes construir lo mejor que puedas tu hábitat. Al menos hasta que aprendas a vivir en una novela.

Te haces daño soñando mi arrepentimiento. Debías ser tú el que te esmeraras en retornar a la salud y a la vigilia, olvidando el pecado morboso del sueño con que me envolviste y la esperanza bastarda de mi regreso. El arrepentimiento es un  deseo falseado de borrar heridas. Pero las heridas ni en Cristo se volatilizaron, como indica en nota a pie de página (tan ajena, por cierto, al tono de un diccionario) la larga secuencia de los estigmas en la piel tersa de las amadas en el Amado transformadas. El arrepentimiento, si se diera, no anularía lo acaecido, como Dios no puede devolver el virgo a la doncella violentada por el más cruel de los infieles ni tampoco considerar  ahora que Cristo no bajó a la tierra de la carne. El sueño del arrepentimiento que hace olvidar mi traición es sólo propio de ti, débil en tu enlazar palabras y soñar con mi presencia.

Te arrepientes de todo menos de lo importante: ese afán de soñar con la llegada de todas las decepciones con el aura de la mujer arrepentida. Te haces daño y aunque solo en la piel clavas las espinas, el raspón también duele.

P.D. Nunca me arrepiento de seguir amándote, detrás de la cortina de la traición y la decepción, en las esquinas de ese lienzo de dolor que construiste con mi negativa a seguir en el juego.

lunes, 23 de abril de 2012

Diccionario de la debilidad. Cigarrillos



El cigarrillo de Camus y la voluntad de vivir

CIGARRILLOS


“El privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los capos, que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al prisionero que trabajaba como capataz de almacén o en un taller y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas. Las únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la voluntad de vivir y querían disfrutar de sus últimos días. De modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba”. (Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido).

De tu feo hábito de fumador, lo que más te gusta es el golpe en los pulmones del primero de los cigarrillos. Más que la coreografía de los dedos o cualquier otra simbología de cosmopolitismo y don de gentes, rebeldía y alma de osado aventurero o seductor, eres adicto al oleaje que se extiende con la primera calada por el pecho y golpea, en resaca, el estómago, la vejiga, el cerebro todo y los nervios que sujetan las piernas. La segunda inhalación del humo cancerígeno, dices, te libera de la sensación de limpieza que, como una tela de araña, se apodera de ti cuando estás un tiempo sin fumar (por ejemplo, mientras duermes). Ya no eres puro y lo agradeces. No precisas deleitarte con olores ni sabores y la saliva picante se tiñe de resistencia ante algo que desconoces o, como quiere Frankl, de renuncia a la voluntad de vivir que todo lo devora.¡Qué contradictorio todo!

El cigarrillo del fusilado, en la boca sostenido, ciega con humo los ojos. El reo hace homenaje a su gallardía y, despreocupado, se machaca la garganta y los alvéolos, atadas la manos en la espera de la detonación. Así se siente el que desea dejar de fumar en el día anterior a su heroísmo. En el amanecer que ya presiente en la frialdad de la espalda, saluda,  mientras se orina de miedo, al pelotón.

Cariño, todo lo exageras porque, para ti que tanta debilidad habitas, es necesaria esta distorsión de imágenes en el espejo. Contemplas tu doble a través del humo y dices: "¡Maldita sea! ¡Tocó de nuevo la costumbre de preservar la vida!". Sabes, mi amor, que te prefiero sin el olor de los cigarrillos violentando tu piel. Busca otros desgarros para tus pulmones. Inspira hasta el fondo las decepciones que cada día te presento y con las que honro, devota, al más débil de los hombres.

lunes, 16 de abril de 2012

Diccionario de la debilidad. Escriyentes.

Robert Crumb: Génesis

Escriyentes



Cariño, no te vayas por las ramas: tú tampoco has pertenecido nunca a la secta de los escriyentes. Tu conciliábulo, si tal nombre merece la soledad de tu cobardía, es el del maldito por dioses y hombres, aquel varón que debía iluminar la tierra con la continuidad de su estirpe y que, incapaz de la honrada castración o la conversión en transexual, malgastó toda su semilla en calentar la cruda tierra y el sobaco de la viuda Tamar. Eres hijo de la bestia parda de Onán.

  Desde aquellos primeros versos adolescentes, con los que iniciaste la senda de tus libretas negras, solo el terror a producir algo y fructificar la tierra en nombre de la especie te ha movido. El miedo a la alien- matriz es tu sombra, negritud paralizante que te hace ser devoto de las damas imaginándolas tersas y jóvenes como muñecas, enmascarados sus pliegues por la devoción que profesas. Siempre te perdieron las oraciones a la Virgen. La persecución a la que la secta de los escriyentes te condena, es error de su percepción deforme, cuando no lastre de la inconsistencia de la ortodoxia que los habita.

Herederos de Thot y Hermes, ladinos dioses con pretensiones de pájaro, construyeron los escriyentes la herejía sobre la base de la creencia en la escritura. Esta, salón recreativo de la creación, se consideraba dotada de valores terapéuticos, muy apropiados para los enfermos de nostalgia y otras depresiones. ¡Que los ansiolíticos les exterminen y escapes tú, mi amor secreto, de esa fetua que te persigue!. Porque es tanta la sangre y la tinta derramada por ese afán de escritura, múltiple en sus ortodoxias y en sus herejías, que incluso en la debilidad parecen haberse establecido. Sueñan con el fruto de su vientre, sea este decálogo corta-cabezas , poemita de pastores eunucos o novela pornográfica con faltas de ortografía.

No crees tú en la terapia de la palabra escrita, ni te atreves, salvo si encuentras princesa o musa de circunstancias, a la de la conversación y la charla acompañada de sonrisas, esa tu mayor osadía. Perdiste la fe que nunca tuviste antes de los votos (como te pasó con el catolicismo). Por eso hoy te anuncio el fin de los escriyentes por derrumbe y traspaso del negocio, disuelta la grey en pandillas de adolescentes que escriben poemas sobre su cuerpo, nenitas que pintan con témpera la sangre en su espalda, escupen gominolas que dicen vísceras rosáceas y se elevan a la altura de las nuevas temporadas. Cayó el ejército celeste de los hijos de Thot – murió Hermes por inflación del encriptado – y habitan los supervivientes en nubes digitales, revistas que exigen publicidad y se habitúan a la prostitución del pobre Carracuca. Y luego están los viejos que ya no bastan.

No corras, amigo, no hay guerreros de la escritura en el horizonte. Teme solo al cuchillo y a mi mirada sin palabras que anuncia la posibilidad de tus imposibles.

domingo, 15 de abril de 2012

Diccionario de la debilidad



Jackson Pollock
Cojones

Lo ves, cariño, coinciden en el diagnóstico tu pequeño macarra y la terapeuta. Te faltan cojones. Pero no te equivoquen las palabras, siempre ellas el enemigo del alma. El muchacho te dice maricona, te invita a la resolver el asunto a hostias y,en el flujo mecánico de sus actos de invocación, te conduce a la modificadora de conductas, la psicofiscalía, insistiendo ella en por qué no le has partido la cabeza, anotando en su cuadernillo lo que tú mismo dices entre convulsiones de gusano:me falta credibilidad, señora, me falta credibilidad.

Y ese es el problema, chico, en el pasado, cuando me mordías el labio en las traseras del Espolón para no degustar mi lengua deseada, y ahora que parece que ya has renunciado a follarme y tus testículos han somatizado la herida del alma, que ahí ha tenido instalarse la angustia impotente para hacerte entrar en la sinrazón.

Son los cojones, amigo, la habitación de la leche germinativa y la marca blanca del placer que domina tu invasión de la tierra. ¿Por qué no me has cubierto con ella? Te falta carácter y credibilidad, perrito sin dientes, y en ese hueco introduces a presión los deberes vacíos, la bondad de tu sonrisa de cartón piedra, la necesidad de alabanza canina, esa presión del amo en tu lomo después de que traes la presa o anuncias la presencia de la víctima. Tus amagos de voluntad duran un suspiro porque, cuando te ves con la garra en el mundo y levantas pecho frente al que intentó amilanarte, tuerces la cabeza como niña poseída, buscando al otro, al que te domina, al amo, padre o jefe.

Y tus colmillos se esconden como en una corrida frente al monitor de la pornografía, rápida y escasa, grisalla en tus manos y en la cara oculta de los muslos, arrepentido, en la segunda convulsión, de todo el movimiento.

Exiges al dominante, como si los cojones, en tu caso, tuvieran su lugar fuera de ti, en ese otro que te salva de tener que morder, matar y gozar por entero del acto osado. Vuelves al gesto del cazador sobre su podenco: la caricia que es golpe y humillación a la vez. Tu deber, resquebrajado por la falta de credibilidad de su portador,te cubre de polvo y escombro fino. Te mea, lluvia dorada del humillado.

Coinciden todos, cariño, y yo sigo esperando el ímpetu de la embestida. Por eso haces bien en comenzar tu diccionario de la debilidad con esta palabra. Sin embargo, evita que la ternura de las palabras y las cosas te castre de nuevo, como lleva haciéndolo tantos y tantos días, dieciocho mil y pico por lo menos.

martes, 10 de abril de 2012

Zoolatría (001). De zorras

la zorra perderá el rabo
no las costumbres

sentenciaba la abuela para referirse
a casi todo
sobre todo
a la débil inmutabilidad de las cosas
y su rentable previsión
la fácil perfección de los augures en el oficio

no mutamos a la zorra por castrarla en su rabo
ni por arrancar taxidérmico el cuerpo entero
y poner su piel a la gallina
o a la señora de la casa y la hacienda
o al cordero

no se pierden costumbres
domina la máquina
pero solo la zorra mala fama tributa
liberticida.

sábado, 7 de abril de 2012

Cuentos Teológicos (006). El Juicio Final





Noté la presión de las esposas en mis muñecas y el gesto impaciente del guardia introduciéndome en la sala. La Justicia me miró desde su pedestal de rebelde equilibrista y, por un momento, confié en que mi causa fuera bien instruida. La nueva magistratura democrática sacaría a la luz la burda manipulación de pruebas que me había llevado a vivir más de cuarenta y nueve años entre rejas. Entraba exhalado por la esperanza. Cerré los ojos nervioso y, al volver a abrirlos, los carteles de los corredores me conducían a la salida. Mi juicio había tenido lugar hace casi cincuenta años y estaba publicada la sentencia. La revisión, me dijo el guardia, en 2012, medio siglo a contar desde la fecha.

(Imagen: George Grosz: Der Lebensbaum,1927)

miércoles, 4 de abril de 2012

Cuentos Teológicos (005). La quema


Frans Masereel: La idea(1920)

Los Fuegos Reunidos de la ciudad organizaron la quema anual de cosas viejas. Por unanimidad, comenzaron por el nuevo pabellón de congresos y exposiciones. Mayorías simples inflamaron los parques de granito recientemente inaugurados y los toboganes abstractos de las Cajas de Ahorros Fusionadas. No hubo acuerdo en lo que respecta a la propuesta de achicharrar iglesias y escuelas. Tampoco en la enmienda maximalista que exigía fulminar la familia, el municipio y el sindicato.

Los ángeles custodios más blancos de la ciudad se envolvieron en cenizas y, como sonrisas, recorrieron las calles disfrazados de bellas pavesas.

Hubo víctimas. Algunas inocentes.

Buenas gentes miraron tristes las melancólicas ruinas humeantes.