jueves, 29 de agosto de 2013

Miedo (1)




 "¿Entiende de economía? Me refiero a capitalismo global del bueno, el de antes de la guerra. ¿Entiende cómo funcionaba? Yo no, y cualquiera que diga que lo entiende es un puto mentiroso. No existen reglas, ni absolutos científicos (...) La única regla que entendía la aprendí de un profesor de Historia: El miedo-decía -, el miedo es la mercancía más valiosa del universo. Encended la televisión: ¿qué veis? ¿Gente vendiendo productos? No: gente vendiendo el miedo que tenéis de vivir sin sus productos(...) El miedo es la emoción básica que tenemos, es primitiva. El miedo vende; ese era mi mantra: el miedo vende" (Max Brooks: Guerra Mundial Z, la voz de la ficción es la de un alto directivo de una empresa farmacéutica)

"y mientras tú esperabas que yo lo hicera. yo sabía que tú no lo harías. Curioso, ¿verdad?" (Pseudoanónimo)



 Miedo. La inteligencia es la facultad que nos permite reducir la incertidumbre. Eso vende. La incertidumbre como entidad primaria y, a su sombra, mi miedo, el miedo particularísimo de cada uno, intransferible, oscuro y fluyente,  como una niebla que nos hace perder los límites del cuerpo y el alma. Nos lleva a agruparnos en torno a un fuego o buscar el calor de los otros cuerpos o la irracionalidad de las masas. Eso es poco inteligente ... ¿o no? ¿hay una inteligencia superior a la de mi miedo que me lleva a la entrega a la masa, al fuego de la tribu, al suave tacto del otro? Los que se quedan solos siempre mueren en las películas de miedo.  Si la inteligencia nos lleva a la irracional inteligencia del ser al menos dos (mejor diez, cien, mil), el miedo nos repliega en los árboles que nos rodean. Nos percibimos como pequeños animalitos que convertirán su carne en musgo, arena, agua. Y el alma se despertará en jirones. Mil estados de conciencia fragmentados. Eso me asusta porque me imagino siendo un tubo en el que fluyen sin unidad  ni conciencia emociones horribles.

 Miedo. Yo lo sentía cosquilleante  porque esperaba lo que aún no era el caso. Mi miedo expectante no se reflejaba en ti porque tú ya sabías lo que yo iba o no iba a hacer. Certeza supongo que intuitiva, golpe de inteligibilidad a todas luces femenino.  Yo espero en la duda, en la pasividad más absoluta del que atiende nervioso al próximo movimiento del ajedrecista, sabiendo por los indicios que se acerca un jaque. ¡¡Qué distinto el esperar y el saber!!

Miedo. Si el miedo es la clave, ¿cuál es el consejo, el alma mater de nuestro prontuario de buenas directrices? La valentía. El valor es el valor (por excelencia primero). Valentía: ni miedo ni  temeridad. Exige inteligencia según los clásicos. ¿Exige?. Si no hay reglas, como apuesta la primera cita¿para qué la inteligencia? ¿Para crear la ilusión de una cartografía a todas luces falsa?  ¿No será más propio, más inteligente, la deserción de toda la inteligencia y la apuesta por el "fuerza y honor" del guerrero,  el ajustamiento pasional a un icono que no admite justificación y que se parece tanto a la muerte?  Memento mori.  No sé si me explico aunque, realmente, tampoco me resulta claro si no resultar inteligible es algo que me asuste .... de momento.¿Llegará el día?

Miedo. No sé realmente por qué se da que yo siga esperando, que me desgarre en una expectativa que no acaba y que asume que es otro el que debe tomar las riendas y actuar. Creo que yo mismo me desdoblo y me miro en esta osadía del escribir. Bicéfalo, me digo: " tú esperas que lo haga(¿lo hagas?) mientras yo sé que no lo harás(¿haré?)". Toda mi acción se diluye. 

Me fundo con la niebla negra del miedo.


martes, 20 de agosto de 2013

La imperiosa necesidad de escribir una del Oeste




No es que tenga demasiadas ganas de contar mis inquietudes internas ni que estime que cabe sacar de todo relato una categoría, moraleja piadosa o entretenimiento. Esta es una simple historia de esas que apelan a la propia vida para legitimarse a través de la prostitución y que suele ser lo que se vomita después del "si yo le contara", condicional perverso y hortera que viola sin escrúpulos toda la literatura que uno estima digna. En el fondo creo que tampoco estamos ante una confesión o terapia, aunque eso nunca se sabe con las gentes que militamos en el borde de la alienación. Un poco de exhibición, sí;  un quinto de mala leche agriada en el hartazgo veraniego, se le supone;  una pieza de ternura entresacada de la banasta de frutas postcongeladas y desaromatizadas del súper, eso va de oficio. O algo así.

*****


 Yo, de niño, me juntaba en los recreos con mi amigo X  junto a una piedra de esas que sirven a los viejos para sentarse y tomar el sol del invierno. Allí  simulábamos que se encontraba nuestro gran almacén de objetos de aventura. Las pistolas, la cartuchera, el caballo, el winchester, la cantimplora y la manta india o mejicana para proteger la montura. Luego salíamos a correr por el inmenso patio. Lo hermoso, al menos para mi,  no era la cabalgada sino ese encuentro en torno a la piedra, la propia existencia del almacén secreto. Los preparativos del viaje por el desierto me hacían disfrutar más que el lento recorrido por los caminos polvorientos o las batallas ganadas. Ese ha sido siempre mi sino. Me fascinan los preámbulos, sobre todo los que no llevan a nada.
Por cierto: si  quieren localizar el escenario de mis juegos  y hacerse unas fotos,  - sé que  hay gentes que persiguen ensoñaciones literarias en la realidad - nada más tienen que ir al Hospital del Rey, zona ahora universitaria en la ciudad de Burgos. Detrás de los edificios modernos, en un placita que aún conserva las viejas casas de mi niñez  y a la que se accede por un bonito arco, tuvo lugar la aventura que ahora he convertido en letra escrita. También merece la pena decir, aunque ya es imposible visitar, que en el interior de ese arco de entrada vivía mi barbero de los cinco años, un señor con pluma y pájaros y peces, dueño y emperador de  una habitación misteriosa en la que yo entré solo un par de veces,  espacio separado por unas simples cortinas del salón de corte de pelo pero que conformaba  el muy distinto mundo abigarrado de las maravillas. 




 En aquellos mismos días, en el inmenso placer de buscar el sueño, cuando me metía en la cama también fantaseaba con  el almacén del pistolero. En este caso, cuando cerraba los ojos a la espera de la bendita inconsciencia, imaginaba una gran cueva en la que me refugiaba todos los días. Esa cueva estaba llena a rebosar de los objetos típicos de la aventura del Oeste y de otros miles de cachivaches. Me recuerdo vistiéndome de vaquero, colocando las pistolas en su sitio, ajustando el cordón de las cartucheras. Lo que no me viene a la memoria es verme salir más allá del umbral de la caverna-general store.  Sí, miraba a lo lejos y me quedaba abobado contemplando el amplio horizonte del atardecer o del amanecer. Quizás porque en ese momento me dormía nunca fui jinete en las grandes llanuras ni me enfrenté a los pieles rojas que, se cuenta, corrían a pelo por las praderas.

 Esas experiencias creo que están en el centro de mi persona y, sin necesidad de que se sientan ofendidos, de mi voz narrativa. Soy un tipo de almacenes, un cabo furrier onírico. Mi deseo secreto siempre ha sido ser dueño de una ferretería.  Yo escribo inventarios. Me fascina esa cueva en la que poco a poco empezó a haber de todo, lámparas de petróleo, barriles de pólvora, harina o frutas. También telas del lejano oriente y  el hábito ensangrentado de un misionero martirizado por los chinos. Peces de colores en recipientes de cristal esférico. Pájaros tropicales, sillas sobre sillas, envolturas diversas, polvo y redes de arañas meditantes. Una infinita barricada.

Uno es así. No he tenido demasiado valor para salir a las grandes extensiones. Han brotado de mi lengua mil excusas para no salir.Por ejemplo, no puedo dejar a los peces solos.

 Pero leyendo una novela de intriga (Miedo de Jeff Abbot) he pensado que a lo mejor lo que siempre he deseado es escribir una novela del oeste o, en lo que es lo mismo aunque mejor, una revisión de la aventura del mago de Oz.  Viajar, salir ahí fuera y arriesgarse a actuar impropiamente, traicionando los deberes y los valores, dejando a los peces morir porque uno está tirando los tejos, desde hace ya diez días, a una pelirroja que baila can can en el salón recreativo y que, además, es experta en Spinoza.

 Malditos secretos que se acaban contando.

 Abandonaré la cueva en este mi inicio de una carrera literaria. Y que nadie se ría porque soy un tipo armado con un colt perfectamente engrasado.



miércoles, 14 de agosto de 2013

W W Z (La civilización y la imitación inteligente del zombi)


WWZ (2013)



 Debo confesar que descubrir que estamos en plena Guerra Mundial Zombie solo me ha servido para dormir peor y sentir acelerados los efectos colaterales que son de rigor en mi picajosa vida emocional. De nuevo comprendo que ser consciente de uno mismo y del mundo que es el caso, tal y como se empeña en recomendar la filosofía, quizás nos haga dignos pero nos conduce a unas felicidades muy raras, al menos en estos tiempos en los que el dios kantiano que aseguraba el final feliz salió de naja en el el último episodio.

 El poético habitar de mi existencia  en la W W W  no me planteaba demasiados problemas. Sí, acepto que la mala conciencia drogadicta me empañaba las lentes a veces y me decía, en silencio, que algo malo tenía que tener la www si estaba tan rica. Pero, ¿quién está libre de vicios? Además, si yo podía ser objeto de seguimiento por parte de los servicios de inteligencia o las Compañías , ¿qué me podía importar? Creo que la perspectiva me llenaba de orgullo porque no acababa de entender qué interés podía tener el menda y su achicada vida para esos señores tan importantes. Por eso sentirme espiado me ponía más bien cachondo, de un modo ligero y al modo ancianidad activa, pero cachondo al fin y a la postre. Como los célebres elefantes de la canción infantil, me he estado balanceando en la red con más alegría que angustia.

 Pero la visión de la película WWZ ( World War  Z, 2013) me ha llenado de inquietud. No me asusta  la interpretación política que pueda hacerse del relato, digamos los peligros que en la vida del individuo y los grupos cordiales  - la familia convertida por el capitalismo en la última célula revolucionaria - puede producir la infiltración de lo otro, masivo y reiterativo, homogéneo y desazonante, anónimo y cuantitativo, democrático al fin y al cabo. Tampoco me ha llevado al borde del colapso nervioso asumir que el capitalismo es el gran zombi y que su lógica ilógica nos lleva a la destrucción de los pequeños resquicios de libertad individual . Y no hago mucho caso a la idea de que el orden civilizatorio se proteja solo gracias a los muros (como los del estado de Israel). Todo esto es muy angustioso pero, personalmente, lo que más ha afectado es una cuestión que tiene que ver con el ritmo de las opciones salvíficas..

 La verdad es que,  siempre en la inopia,  no había caído en la cuenta de los cambios de velocidad de los zombis contemporáneos. El zombi que yo recordaba era más bien lento, acartonado en sus andares por la putrefacción que le corresponde a su condición de cadáver. Sin embargo, estos nuevos zombis que nos han llevado a esta maldita guerra mundial tienen todo un sofisticado sistema de tiempos.

Los zombis pueden mostrarse como realidades suspendidas, inmóviles, cercanas a su vieja condición de cadáver. Los movimientos que vemos en la película WWZ cuando el zombi está inactivo, podrían ser los efectos típicos de la corrupción de un cuerpo, según nos informa la ciencia forense. La propia corrupción de la carne, la generación de gases y efectos mecánicos, crea esos movimientos compulsivos, torpes. Todo muy natural y, si se me permite, humano. Pero cómo cambian las cosas cuando detectan algún ruido o movimiento violento. Su excitación es tan brutal que pasan de cero a cien en muy pocos segundos, haciéndose capaces de hazañas inmensas -propias de animales sociales perfectos como las hormigas -,  como la superación de los altos muros  de Jerusalem o la creación del atrapa helicópteros que vemos en la imagen  de arriba. Toda una instalación.

   Si los zombis paralizados me recuerdan a las esculturas de Juan Muñoz deterioradas por el paso del tiempo pero con un encanto zen,  los zombis excitados por el ruido me parecen los antihéroes, figurativos solo en apariencia, de un cuadro expresionista,  una de esas acciones pictóricas y medio derviches de Pollock ante el lienzo. Pero mejor lo ven:



 Juan Muñoz


Jackson Pollock




WWZ
 Me sorprende la velocidad de infección del carácter zombi.  La humanidad está perdida a ese ritmo. La película, finalmente, encuentra una opción salvífica no sé si definitiva. Al parecer, los zombis son estructuras como aquellas que imaginaba Richard Dawkins en su gen egoísta: organismos instrumentales, cuerpos que solo buscan el contagio masivo. Por eso, la violencia sobrehumana de su movimiento nos revela la presencia de una fuerza de muy difícil contención. Así se comprende que, en la mutación zombi, los enfermos sean ignorados. Literalmente no existen en el campo perceptivo de los caminantes porque han dejado de ser posibles receptores de la mutación. Por eso, la respuesta civilizatoria ante la barbarie zombi no puede fundarse en la creación de guetos y la construcción de murallas  sino en enfermar todos juntos, asumir que la no-perfección y la muerte nos salva. Casi teológico.

 Pero yo casi prefiero subrayar otro camino. Imitemos al zombi, salvémonos en la apariencia. Seamos una recreación zombi en su estado no agresivo, cuando se mueve lento como un actor de teatro polaco. Que esa teatralidad sea nuestro camuflaje inteligente. Eso podemos hacerlo y ganar al monstruo por abajo, en su estado mínimo. Por eso propongo:

Lentitud,

evitación del ruido,

vivir en los delicados ritmos poéticos, lejos de las grandes sinfonía tecnológicas que tanto excitan a los enemigos.

Ser uno de ello, camuflado en el estado de larva de la muerte.

 Despacito.

 Ya dijo Nietzsche en algún sitio que todo lo que ha merecido la pena en la civilización humana ha exigido tiempo de disciplina. Vosotros, hombre superiores, aprended a tardar más de un día en alcanzar los objetos de la cómoda, y toda una semana para bajar al supermercado.

Despacito.



WWZ

Lo dicho. Y que viva la revolución que, esta vez sí, nos permitirá ganar la guerra.

martes, 6 de agosto de 2013

El público


Isabelle Stoffel: La rendición


¡¡ Hostias!! ¡ No se lo tomen a broma!

 Llevo un tiempo preocupado por la cuestión del público. Perdonen la falta de modestia y eviten la risas: me interrogo con toda seriedad por "mi público", hasta el punto de convertir su presencia en el gran horizonte hermenéutico de mi meditación sobre el mundo.Ni verdad, ni belleza, ni bondad. Ya, ni siquiera, la escritura como alivio onanista o tiro de carreta terapéutico. Ahora el público es eje de mi decir porque, por sorpresa, he tomado conciencia de que tengo un público por ahí.

  Este es un asunto que debe estar a la sombra de toda esta legión de amigos del blog, la facebook o los twitter. Pero la categorización y distanciamiento de la cuestión, hasta convertirla en asunto de muchos, no me libera de la desazón gozosa de esta "conciencia de que tengo un público y a él me debo tanto a o más que a mi propio genio o a la conciencia de clase, género y especie".

 Esto no es broma. Hace unos años no me planteaba esta cuestión  porque escribía en cuadernillos de cubiertas negras a los que nadie tenían acceso y que ni yo releía. Podría afirmar que, como San Agustín, yo escribía para Dios y sólo él era mi público, que trabajaba en la búsqueda de la perfección expresiva porque Dios lo ve (Oscar Tusquets). Pero creo que realmente  nunca me plantee las cosas de esa manera y ni me tomaba en serio a mi mismo ni a mi escritura. Creo que es ahora, y solo ahora, en este momento en el que me pienso en la presencia de mi público humano, gente con penes y vaginas, dedos y uñas, caries y déficit en la recaptación de la serotonina, solo ahora, me digo, la idea de escribir para Dios o con Dios me resulta claro del bosque para edificar mi tienda. Es ahora cuando yo me siento digno y hablo con propiedad de mi obra o, dada mi edad, de mi legado.

Rendido a mi público,  he conseguido finalmente la dignidad como hombre y como artista.

Por eso ahora me preocupo más por las formalidades de mis artefactos: los errores mecanográficos, las faltas de concordancia, los matices de la provocación, las fórmulas de cortesía, mi atención a las peticiones silenciosas de mis lectores. Giros, bises, claridad conceptual y sentimental. Ha sido ver al público y pensar en Dios y, a la vez, todo junto, atender a la gramática y a la ortografía. La figura del "observador imparcial", propuesta por Hume creo recordar para establecer valoraciones racionales en el contexto emotivista, no es exactamente a lo que me refiero. La figura del público no es un constructo teórico para salir o entrar en algún sitio, ni está ahí fuera garantizando un distanciamiento imposible. El público me habita desde el interior de mi alma, como una hinchazón aparecida de improviso al modo de las alas de la mariposa o esa erección no esperada que se despliega cuando,castamente, besamos a una persona a la que amamos.

Él me domina y yo me someto. Vivo en el placer a la rendición.

 Supongo que ya he llegado a una cierta altura en la génesis de mi obra. La aparición del público ha configurado la primera fuerza armada de mi espíritu, que ya no es solo alma, que ahora participa en el devenir de los juegos simbólicos, en el despliegue de las connotaciones.

De rodillas ante mi público, creo que esta rendición me está otorgando un nuevo reino de libertades.

No se rían, por favor. Mediten.


 

sábado, 3 de agosto de 2013

«Show me, show me, show me how you do that trick"






And moving lips to breathe her name
I opened up my eyes
And found myself alone 
Alone
Alone above a raging sea
That stole the only girl I loved
And drowned her deep inside of me


 moviendo mis labios para respirar su nombre
Abrí mis ojos
Y me encontré solo
Solo
Solo sobre un mar de rabia
Que se robó a la única chica que amé
Y la ahogó en lo más profundo de mí



Creo recordar que uno de mis primeros poemas - ya ha prescrito el delito así que puedo confesarlo -  trataba de la misma secuencia que nos describe la canción de Robert Smith, tema que en esta ocasión interpreta más dulce Katie  Melua. Quizás me faltaba el inicio, ese brillante show me, show me how you do that trick, pero en todo lo demás era muy parecido. Mis versos narraban en un tono épico agónico el triste destino de una balsa espacial  que se dirigía hacia la nada y en la que la voz  iba rodeada de cadáveres.  La historia tenía que ver con un naufragio ontológico y acababa muy pronto porque el protagonista del relato estaba solo y vacío, así que su trayectoria era muy limitada. Pero yo insisto en que aquél poema estaba en una atmósfera muy cercana a la del Just like heaven. No tengo pruebas pero, supongo, todos ustedes confían en mí.

 Me gustaría volver a recuperar  los trucos del escritor adolescente que, embriagado, era Rimbaud mismo redivivo, a veces Morrison y en algún punto Robert Smith. Porque allí, en mi pequeño cuarto y enfrentado físicamente a una máquina de escribir que pesaba sus buenos quince kilos, negra, de teclas potentes, tan arcaicamente americana que parecía soviética, en ese punto axial de la historia de esta pobre carne mortal, en el allí que era un jetzt-zeit filtrado por el truco químico de las diversas visiones, allí era yo el rey del poema y de la enciclopedia. También un Voltaire cachondo con camisa maoísta.

 Y ahora, tantos años después, sigo rogándote que me enseñes el truco, que levantes las olas del mar para enmarcar tu espectáculo y que si desapareces, como inevitablemente sucede contigo, al menos me quede con la boca abierta porque has superado al gran  Harry Houdini. No estarás pero como todo ha sido un truco, algo que está entre la magia y el engaño,  aún se me permite tener la esperanza de volver a sentir tu mano navegando en los vientos.

Y tus manos en el viento ya sabes que me gustan.