sábado, 3 de diciembre de 2016

SER VEHÍCULO Y VIAJE (Ejercicio de mindfulness dislocado)



   Soy el  vehículo de tu ascenso a los cielos.  Transito y derivo de acá para allá.  No fijo el itinerario; solo pongo el caucho de los neumáticos y el olor a gasolina.  Lo que se quema. El cliente manda y suya es la razón. 

   Soy la limusina de un banda de genes  egoístas apareada en un hotel Trump con la cultura dominante. Soy, a veces,  el deportivo de la pareja del momento: el  complejo de Edipo, delantero centro,  y el amor puro, modelo de éxito de Victoria´s Secret.  Por las tardes me convierto un rato en el 4 x 4 de la lucha de clases para asistir a un rastrillo solidario.  Soy el despliegue del Espíritu o la expresión del genio patrio moviéndose por los tubos de carburación hacia el punto blanco del escape. Podría darte dos hostias sin odio.  Me respaldaría la Historia.

 Soy un taxi que espera pasajeros anónimos en el aeropuerto. Miro pero no logro reconocer al que llega.  Sufro agnosia visual.  Solo su voz de mando me resulta significante. Me rasco como los monos y arranco. Veo pasar a las chicas y silbo para dentro, vulgar, imitando un mal beso invertido para no ofender a la clientela.

 Soy el carromato del que manda y la calabaza reconvertida de la Cenicienta (ella también criada).


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   Alguien habita en mi atención plena
y me coloca en el punto de salida como barcaza de lujo para sus invitados. 
(los invitados son yoes pequeñitos que reman)

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 Me aburro. 
Mucho. 
En las paradas. 
Sobre todo. 
Las esperas. 
Ya sabes. 
Son largas. 
Tan largas como una vida o los meses de invierno de una princesa exiliada.

  Bostezo mientras  reflejo el entrecejo en los restos....
  En un momento, ¡zas!, la grasilla del tofu hará mancha en el pantalón, que allí habita. 

   Hay cosas que no sé hacer  en el espejo retrovisor. 

  Atropello gatos,  giro peligrosamente en las curvas y adelanto en los cambios de rasante.  Actúo como en sueños. 

  No paro de interpretar  mientras me aburro en la inactividad del chófer, sentado en el volante como una mosca, esperando la voz del pasajero, el que  dice izquierda  derecha todo recto.

El que no llega.

Nadie viene. Nadie manda.

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Solo soy la frenada en el asfalto y la chapa siniestro total del atropello.

¿Soy responsable de mi tedio? Sea el tedio el que firme los papeles del seguro.

Quisiera matar al que me habita de una forma tan soez que algunos llaman solemne. 
Matar el alma sin cotas zen. Decir, por ejemplo:

  Si con furia me abrieras el cráneo brotarían tus sesos.

  Si dos manos prestadas por el diablo consiguieran reventar mi pecho sin dañar órganos vitales, en mi latido al ralentí sonaría aquella canción con la que te enamoraste y que nadie más conoce.

  Si tuvieras la curiosidad de medir mis intestinos cuantificarías la extensión de tu inocencia.

Solo soy el vehículo transmisor y el olor a caucho. 
El resto, es tuyo. Tú pagas con tu alma este viaje.