lunes, 6 de enero de 2014
Carta a los Reyes Magos (Verum ipsum factum)
Queridos Reyes Magos:
después de acercarme, no sin cierto temor, a mis zapatos ilusionados, he comprobado que sus Majestades se han preocupado por mis problemas con la muda. En eso han demostrado que de veras son sabios porque, en mi microcosmos, disponer siempre de calzoncillos y calcetines es conditio sine qua non de un mundo en orden, un mundo en el que cabe esperar que la maravilla tenga lugar y la magia está ahí, a la mano, si somos capaces de sobreponernos a la infinita variedad de estupideces que nos acechan.
En su enorme y oriental sabiduría, creo que sus Majestades han intentado hacer comprender, a este ente tan plagado de taras emocionales, que la magia es asunto que me compete a mi y que no están ellos para traernos las ilusiones ya hechas. Hay que hacer un esfuerzo para ver, detrás de los ditirambos que acompañan al malentendido, aquello que aún podemos hacer para salvar eso que podemos llamar lo nuestro, esa red de cosas bellas y buenos ratos que nos podemos ofrecer los unos a los otros. La magia es, quizás, solo eso: el reflejo de lo más íntimo en lo exterior, los rostros del otro en los que nos hemos encontrado como en casa. Y para esa magia se necesita de la salud que aportan esos calzoncillos y calcetines que han dejado ojipláticos a los zapatos, atontados ellos en el ruido de las celebraciones. Bien está el golpe de realidad porque, por muy mocasines o botas o zapatillas o escarpines o zuecos que sean, los cubre- pies que deben guiar nuestros pasos en el año nuevo no pueden ser gilipollas.
Así que, Majestades, me alegro de que me hayan ofrecido este año una apostasía del idiotismo y una recomendación de racionalidad. Porque, sí, se impone la inteligencia de las cosas imprescindibles, la muda necesaria que nos abre al nuevo día. Y ganado eso, el acceso a las cosas relevantes, el amor, la amistad, la justicia, el saber, el sentido, la belleza, los brillos de las cosas pequeñas en los ojos o en las copas escanciadas de vino, la divinidad debilitada, el cuidado..., todo esto y más, está permitido
Con la muda a cubierto en mi armario y cubierto con la enorme seguridad de poder tener una muda, me abro al año y emplazo a quien corresponda a seguir en los juegos y las seriedades. Y a ustedes, Majestades, que el Oriente les siga iluminando en ese Palacio de Ilusiones que, como ya les dije en mi anterior carta, prometo visitar.
L
domingo, 5 de enero de 2014
Carta a los Reyes Magos
Queridos
Reyes Magos de Oriente:
este
año no sé si he sido bueno. Ni siquiera puedo certificar, con un
mínimo de dignidad, si realmente lo he intentado. De pequeño creía
que vosotros teníais acceso a esas extrañas verdades del bien y del
mal y que, por ello, de nada servía decir que
he sido bueno o malo o regular porque,
cuando abríais mi carta, yo ya estaba catalogado en El
Gigantesco Libro de los Niños Buenos, Malos y Regulares
que, imaginaba, presidía la mesa de vuestro despacho. Sin embargo,
en aquellos lejanos días, sí solía escribir con mi mala letra de
estropajo que había
sido bueno y había obedecido a mis padres
porque estaba convencido de que era verdad. Sinceramente me sentía
sincero. Ahora que soy un poco más mayor, no me atrevo a decir casi
nada y así me va el pelo. A veces creo que he sido bueno pero, en el año que acabó hace unos pocos
días, también he traicionado, decepcionado o dañado a más de uno. No he
podido evitar la crueldad y me han faltado fuerzas para emprender
acciones dignas de ser rememoradas. Por esa razón, y sin estar
tampoco en una atormentada sospecha, que ni ahí llego, creo que no
sería mal regalo acceder al
Informe Personal de Conducta e Intimidad
que elaboran sus Majestades y describe mis quehaceres y los subraya
con lápices de distintos colores. Si mañana por la mañana, cuando
mire entre los zapatos, encuentro el grueso volumen de mi
Evaluación
Anual,
podré decir que es un puntazo de regalo, no me digan que no Majestades. Tendría un plano general de mi quehacer y el resultado final de las sumas y restas.
Sucede,
y perdonen mi torpe soberbia, que las cosas están quizás mal
planteadas en esto de las cartas a los Reyes. ¿No sería mejor que
fueran otras personas las que hablaran de uno y dijeran, por
ejemplo,
Queridos
Reyes Magos: voy a enumerar las cosas buenas que Tal ha hecho este
año y de las que doy fe , haciéndole merecedor de regalos ?.
Este
ejercicio resulta más fácil porque yo, desde luego, sí que visto a
gente cercana a mi hacer cosas buenas. No es que hayan sido
perfectos en todo momento porque también les he podido ver en
actitudes poco dignas, digamos que con los pantalones bajados y
sodomizando a un cervatillo con su egolatría. Pero, ya digo, creo
que hay muchos Tales y Cuales que han hecho cosas bonitas que merecen
ser recordadas. La carta sobre ellos podría continuar así:
Si
sus majestades quieren, me gustaría que trajeran a Tal el
convencimiento de que tiene un buen puñado de virtudes y no muchos
más defectos que la inmensa mayoría.
Además,
me gustaría que Tal me siguiera apreciando aunque sé que no es
tarea fácil porque yo me encuentro a varias galaxias de algún punto
de serenidad. Seguro que este año llenaré su cabeza con mis bilis,
quejíos y decepciones. Por eso, creo oportuno que le dejéis una
cajita llena de santa paciencia y otra de buen talante para que, si
tiene que mandarme a freír espárragos, lo haga con suavidad.
Vale,
sé que esto del final es un poco egoísta por mi parte, pero estas
cartas van de sinceridad y ese rollo, y si yo me muestro egocéntrico
en mi petición para Tal, al menos le estoy dando la oportunidad de
ser bueno (conmigo) y, por la misma, ser digno merecedor de un
notable en conducta.
Por
otra parte, podría decir que si lo que me ha traído Papá Noel es
significativo de mi moral en el año pasado, he debido de ser un
bicho malísimo porque, sin duda, sus regalos en Navidad no han sido
precisamente de contornos suaves y golosos. El Hombre de Rojo y sus
Renos me han dejado cosas llenas de aristas, botes de ansiedad y
ausencias, juegos de destrucciones, muñecos de ojos negros y cosas
así. Una pasada, Majestades, que me gustaría verle a él en mi
situación. Pero, bueno, asumo los regalos si Santa los ha
considerado oportunos. He creído adecuado decíroslo , no por afán
chismoso sino para que lo tengáis en cuenta, no vaya a ser que
reciba una doble penalización o algo así.
Por
todo lo dicho que me ponga ahora a pedir cosas creo que no ha lugar.
Insisto en que sí querría que otros recibieran un poco de luz para
que con ella me iluminen. Estoy un poco cansado de la conciencia
autónoma y, en lo que a mi respecta, quisiera ser tutorado por
algunas de las personas que he visto por ahí1.
De igual forma, sigo anotando que poder acceder a su Informe
de Evaluación
sería una pasada. No es que ya esté harto de autoevaluarme en plan
liberal ilustrado, es que, sencillamente, no tengo ni fuerza ni
criterios para hacerlo. Y estoy agotado del sarcasmo y la ironía.
Recordad que, de pequeño, nunca me trajisteis el Scalextric.
Les
deseo que tengan un buen regreso a sus palacios. Quizás algún día
vaya a visitarles porque he anotado algunos destinos pendientes en
Oriente. Sería un honor y un placer inmensos poder ser recibido en
sus salones, solo o en compañía de otros.
L
Nota
1:
Sobre la bondad contemplada en los Tales y Cuales:
Poema
traído a mientes por El Viaje de Inuk:
Los
Justos
Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Jose Luis Borges
martes, 31 de diciembre de 2013
TENDENCIAS (2)
Anselm Kiefer
El eStado y el entramado cApitalista
han follado tanto que se han fundido – no hay reproducción pues
son más entidades víricas (implantadas en lo existente que
desfiguran ) que bacterianas - dando lugar a un “aLgo” en el que
nosotros (perdón, yo) ya no podemos (perdón, puedo) ser un
cualquiera abierto al libre cuidado de sí y del otro, sino que
nos (me) identifica(n) por un perfil que, eso es lo cojonudo, asumo.
Perdonen el tartamudeo.
Mi perfil es miiii pppp erffiil.
La esperanza en un Estado como fin de
la teleología humana se rompe en las diez mil frustraciones que se
implican en esta conversión de mi poder en un perfil identitario
fluyente, definido por algoritmos que recogen variables diversas:
oficio y beneficio, marcas socio-sanitarias, curiosidades estadísticas...
Lo público y lo privado. ¿Ha lugar
la distinción salvo que se reinventen los sentidos y se perviertan
los perfiles en virtud de acciones caóticas y, como siempre,
valientes?.
Hay una exhibición simultánea y
diferida (mediada, no meditada) del eStado y de mi alma en el modo
omnipresente de lo pornográfico. Lo más público, lo más íntimo.
Conocemos las tripas negras del eStado, de las eMpresas, de los
mEdios de comunicación y eNtretenimiento, tanto como todos ellos
tabulan nuestros gustos, manías y signos de la intimidad.
Convertidos en tubos dilatados, son /somos la exhibición pública de
nuestras amígdalas e intestinos, en las que se implantan, al menos
mitológicamente (en el peor sentido de esa palabra), terminaciones
nerviosas, artefactos clítoriales del placer. Eso sin que pase
realmente nada.
Solo la opción libertaria, como
siempre en el margen del sistema y empobrecida, parece tener un poco de luz en su
mirada. Y sueña la vOz que en la comunidad libertaria puede salvarse la intimidad
y, a la vez, establecer un marco decente para el cuidado. La
comunidad libertaria, ¿ rescatará los elementos míticos y mágicos
que aún quedan en la sopa espesa del Ruido? ¿Quién se atreve a
tragarse los grumos informes?. Confusa, no sabe esa comunidad
inexistente si es antimoderna o antitecnológica --- o lo contrario. Pero hay algo positivo en esa mirada.
- Sí, ¿la decencia, la sinceridad?
- Comprueba si sabemos usar esas palabras.
- No.... no sé
- Por eso, temblarás ante la idea de que la única opción sea la fuerza.
¿Deberíamos liberarnos de todas las
adiciones de la red del entretenimiento, la diosa que ha conquistado
la cultura?
¿Deberíamos crear microespacios de
rehabilitación que, como se sabe, funcionan en un nivel de
simplicidad voluntaria?
Mi visión no dice si alcanzaremos
esa posición estratégica. Mi formación filosófica también define mi perfil y me lleva a sospechar de la vOz.
Mi visión anota un leviatán sano; si les sirve de
algo.
lunes, 30 de diciembre de 2013
TENDENCIAS (1)
El Ruido bloquea cualquier tentativa
de Percepción y Sinceridad. Todas las palabras que salen de mi boca
saben a falso, aunque no sepa yo ya discriminar tal cosa y actúe por mero impulso o vago recuerdo, porque han sido maceradas en la bilis negra
precocinada que me suministra, en dosis precisas, los entramados del
Ruido. Ellos me enseñaron la gramática con el objetivo de ser un
funcionario (aunque sea en la sombra) y ahora mismo posiblemente esté a su servicio. En otra época yo hablaba de las pequeñas
percepciones con las que aliviamos nuestra sed de sinceridad,
compromiso y eso que antaño se llamó la comprensión de lo real y
el entramado del sentido. Sin embargo esas pequeñas percepciones son
los peones de ese Algo Peor que nos anuncia la pErcepción . Si observamos
anatómicamente su figura, las formas de esas pequeñas percepciones que consideramos nuestras gotitas de saber y hasta experiencia, contrastamos que han sido sodomizada por el
Ruido, dejándonos sin puerta atrás para ulteriores fugas.
Así las
cosas, la crisis de las artes y los saberes seguirá siendo tema y
campo abonado para inventar nuevos movimientos postreros. A veces el odio sustituye, sin más, a
las pequeñas percepciones que llevan masturbándome mil años. Quizás sea lo que nace caminos de hiel.
La ironía y el sarcasmo provocan una
extenuación cultural sin precedentes aunque consiguen hacernos sentir más
sabios. Nos consuelan en el vacío de los Templos y la soledad de las
Comunidades.
.... y así lo decimos....
.... y así lo decimos....
martes, 24 de diciembre de 2013
Cuento de Navidad (y 3)
Ni el ganar ni el perder cierran la partida. Nunca se gana ni se pierde del todo en el camino. Esas eran las cartas que tratamos de jugar. Malas cartas que sacrificarían en su altar las mejores voluntades, el nunca más que entonó sincero ante su amante al salir de casa. Pero el jugador no puede vencer la excitación que le supone imaginar cuáles serán las bazas de los otros, la ilusión de contemplar, en el centro de su mente, las constelaciones de cartas distribuidas en la mesa y arropadas por la apuesta de su sangre. Falla la cartografía y gana la banca del demonio, se sabe, sin perder nunca la esperanza. Derrotado por la falta de liquidez - él no ha elegido salir de la timba sino que ha sido expulsado- encara la fría calle y entona una hallelujah rabínico, a cold and broken Hallelujah .
Una mujer, cubierta con un velo su cabeza, enciende una vela en el altar cuando el jugador derrotado entra por la puerta sin un jodido euro en la cartera.
Y el hogar entona un frío y roto aleluya.
Aleluya al fin y al cabo.
Y eso, amigos, que haya un hogar al final de las caídas, eso es la navidad.
Una mujer, cubierta con un velo su cabeza, enciende una vela en el altar cuando el jugador derrotado entra por la puerta sin un jodido euro en la cartera.
Y el hogar entona un frío y roto aleluya.
Aleluya al fin y al cabo.
Y eso, amigos, que haya un hogar al final de las caídas, eso es la navidad.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Cuento Navideño (2)
Un par de manos más y se va a casa. Pero no de cualquier modo. En su hogar él es el Ludópata y, como todo adicto descrito con palabras esdrújulas de más de tres sílabas, es mirado con una mezcla de desprecio y conmiseración. Por eso sale de casa fingiendo citas de trabajo, engaña a su padrino de A A, y acaba en alguna timba. Las cartas esconden siempre un as de triunfo y el aroma de la Jugada Perfecta. Hoy su sombra le decía que la suerte le estaba engañando con otros, pierdes más de lo que gana en un mes, so capullo; o, tal vez en un año, susurró él entre dientes . Pero el jugador sabe que la Jugada Perfecta se oculta siempre detrás de la mala racha y su sombra no sabe de esas reglas. Hoy podrá llegar a casa con el triunfo entre las piernas y en la cartera. Un par de manos más y hará el amor a su amiga como hace tiempo que no lo haces, cariño. Un par de manos más y la Jugada Perfecta abrirá el cuerno de la abundancia en el rostro ansioso de sus hijos que verán llegar al desastre de su padre con diez mil cajas de regalos fantásticos. Y de sus rostros saldrá ese amor que, a veces, tan dulce sabe.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Cuento navideño (1)
Finalmente aceptará que esas eran sus cartas. No sabe cuánto poder detentan porque, con la sorpresa, ha olvidado de que hay otros jugadores en su misma Partida. Una voz grita, unas mesas más allá, hagan juego. Intuye que las malas cartas encierran su propio as si otros las tienen peores. O si , en el farol, disimulan y disparan miedo al contrincante, cuerpo interpuesto que protege el corazón oscuro de la Partida.
viernes, 13 de diciembre de 2013
Mundo hostil. La centralita
En el muy lejano 1987 trabajé durante un tiempo como telefonista para una organización ---- que, por lo que sé, sigue existiendo.
Mi tarea consistía en recibir llamadas del exterior y del interior del organismo social antes citado ----- y que calificaría, no sin miedo, como estructura muy jerarquizada.
Las voces solicitantes de mis servicios exigían que metiera sus palabras dentro o las sacara fuera del sistema. Dado que yo debía permanecer simbólicamente en la membrana de la cosa, en la frontera donde el aduanero supervisa y hace realidad la comunicación, en mi quehacer cotidiano mi mente funcionaba como un algoritmo perfectamente engrasado. Si la llamada llegaba del exterior yo decía: "G.M. (nombre de la organización) buenos días". Y si, por contra, era alguien del interior el que me interpelaba, susurraba virilmente: "Centralita buenos días".
Las voces que me hablaban desde el exterior pedían cosas muy simples. Básicamente que las pasara con el departamento Z o Y; o, en segunda opción, con alguna persona con nombre y apellidos de una lista finita que yo podía consultar.
Algunos llamaban sin saber muy bien con quién querían contactar y solo tenían claro, en el mejor de los casos, qué deseaban decir al oído del que fuera competente en el asunto que les inquietaban.
Una vez llamó alguien que amenazaba con hacernos saltar por los aires.
La mayor contingencia se desvelaba si la extensión interior solicitada no estaba operativa. En ese caso, el peticionario permanecía en espera. Yo no era responsable del contratiempo y la mayor parte de la gente se mostraba amable aunque la posición de espera con el teléfono en la oreja era, en aquellos años, gesto idiota. Hoy las cosas se ha normalizado también en lo que toca a ese aspecto.
Otra variable relevante en el trabajo, y no había muchas más, era la posición jerárquica que el comunicante, ya emisor, ya receptor, poseía. No era igual estar abajo en la pirámide que ocupar una posición privilegiada. En este último caso, debía yo presentar la llamada que entraba en tan digno espacio con mi propia voz, sin distinguirme o señalarme, de manera sencilla y cortés pero humana. Debía violentar la eficaz mecánica con un simulacro de trato diferencial y representando ser siervo o ayuda de cámara que anuncia una buena nueva: señor, le paso la llamada de.... En los casos en los que el emisor y el receptor no tenían un estatus de dignidad, me limitaba a lanzar la llamada, sin más,con un par de golpes en el teclado.
En aquellos años, encerrado en la torre en la que estaba el centro de comunicaciones, me sentía a salvo de los rigores del invierno del alma. No era exactamente feliz pero sí sentía la seguridad que nos ofrecen las actividades en las que las variables ocultas o sorpresivas parecen volatilizarse en la actuación ritual, en la reiteración de lo mismo. Además, cuando la actividad se relajaba al final de la jornada laboral, yo podía aprovecha para leer alguna cosa o, incluso, escribir. Recuerdo que en aquellos días medité en extraño estado de ánimo sobre La condición postmoderna de Lyotard. Me enfrenté a la idea del fin de los grandes relatos mirando el teclado de mi centralita, ubicados, ella y yo, en la frontera entre dos universos muy poco amables: el interior y el exterior del sistema. En el límite sentí, hermanado con la máquina, casi un híbrido, la amabilidad de las cosas cuando todo tiene lugar al otro lado.
Mi centralita era un artefacto rectangular con teclas numéricas cuadradas y grandes. Todo el aparato me parecía consistente, con su carcasa de duro metal pintado en un decoroso marrón mierda y sus estructuras de plástico reforzado. En la parte superior había una pantalla en la que, creo recordar, podían verse hasta dos líneas de signos numéricos. Esta pantalla me informaba de quién me estaba llamando desde el interior o exponía en color rojo el número que yo marcaba. En un lado de la máquina, cada extensión o departamento era representado por una lucecita que solo tenía dos posiciones, encendida o apagada. Ese punto rojo me decía si estaba disponible o no el habitáculo que buscaban las voces.
Mi centralita era una tecnología muy a la escala humana.
De igual modo que, en ocasiones, fantaseo con la posibilidad perdida de haber sido un joven seductor y haber ligado con docenas de mujeres y, en un mismo movimiento, haberme enamorado de un buen puñado de ellas, o con todos los viajes que no he podido hacer, mi mente desbarra y se representa un mundo paralelo en el que el oficio de telefonista fuera aún el mío en este momento. Dejando en su contingencia otras farándulas que he intentado conseguir y, a veces he conseguido, como familia, propiedad y salario, las cosas podrían ser mucho más amables si me hubiera asentado en aquel trabajo en el que, a cien metros por encima del mundo, ponía en comunicación a las personas. Supongo que hubiera sido feliz como suele suceder siempre que reescribirmos el pasado y nos vemos, tan reales, siendo jóvenes que seducen a decenas de mujeres, se enamoran de un puñado de ellas y, cuando las cosas se tuercen, se van a trabajar a una centralita telefónica en la que, con amable sonrisa, ponemos en contacto a unos seres humanos con otros. Esta tontería me parece deliciosa.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Mandela vs Madiva
El presidente Obama, junto al primer ministro británico, David Cameron, se han una foto con la jefa del Gobierno danés, Helle Thorning, en presencia de Michelle Obama.
ROBERTO SCHMIDT (AFP), en EL País
la extrañeza de la muerte en un formato extraño
extraño funeral africano televisado
(y ya se sabe que televisar es como añadir
mayonesa sin excepción a todos los platos).
Quizás se ponga de moda en el mundo
Todos lo decimos en la previa de la muerte:
en mi funeral no quiero sino fiesta.
Luego no se sabe si en verdad algo pensamos
o pensamos que mejor callamos
o callamos sin más y dejamos
hacer sin pensar que pensamos
Huxley en el mundo feliz hablaba del festejo en la muerte y, más acá, en la misma agonía
No sé si en el funeral africano
encontramos sospechas de hipocresía internacional
y bla bla cínico
y no seré yo el que con el dedo occidental juzgue
a Charlize Theron
a Bono
a Castro
a Rajoy
( cómo aplicará su teoría de la Gente Normal en un funeral tan cantado y bailado)
a Sarko
a Mandatario Anónimo
La alegría y el baile aún sorprenden
en funeral pero poco
Thorning, Cameron y Obama se hacen una foto con el dispositivo móvil.
Es el mismo gesto de posado universal
gesto- festival
el gesto- fiesta retratada
gesto-gesto
que luego será mostrado
dando fe de lo que es inminente
Ahora no me pidan opinión sobre el difunto. Queden las fotos
y mi simpatía
martes, 10 de diciembre de 2013
La cajita blogger me ha dicho que hay un error en mi escritura antes de que comenzara a escribir. El mensaje apareció arriba y se reflejó inconsciente en el espacio en blanco, mostrando que, en la escritura tecnológicamente mediada, no hay espacio realmente vacío. Luego el mensaje desapareció. No sé si esta ausencia del aviso se justifica porque el fallo ha sido eliminado o porque aquello fue un error de diagnóstico. O quizás la cajita blogger solo advierte una vez y no da segundas oportunidades. Más tarde, cuando publiques el resultado de tu meditación, se mostrarán las consecuencias de tu mala praxis bajo la forma de letras de tamaños dispares o subrayados no buscados o frases recortadas. Lo peor es si tu fallo no encuentra expresión una vez publicada la entrada. En el código html o en un nivel más profundo seguirá existiendo el error. Quizás tus palabras se amputen en un futuro no muy lejano y, en el fondo de las pupilas del sistema blogger, qué sé yo en qué extraña criatura se convertirán.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Aventuras de albedo en la Snowball Earth
Al invierno, para que pase
Hace muchos millones de años en el ecuador terrestre se besaron dos inmensas capas de hielo. Consumaban así un matrimonio hacía ya tiempo ajustado en cifra y hora. Dicen algunos que con la conquista por parte de la masa glaciar del paralelo 29, más o menos a la altura de Nueva Orleans, la suerte estaba echada. Habitaba allí un punto crítico. La Tierra se convirtió en una bola de nieve y algunos de los sabios de entonces creyeron que las condiciones para la vida estaban ya, definitivamente, perdidas. Ahora sabemos que la cosa no fue así y que los volcanes y el dióxido de carbono ajustaron feroces cuentas con la glaciación. Como en tantas otras ocasiones, los puntos de no retorno se mostraron como engañifa. Pero en aquella época, con las grandes masas de hielo uniéndose en el centro del continente africano, nadie daba un duro por la vida futura. Nadie quiso poner la mano en el fuego por mi ni por todos mis compañeros. Pretender salvar a la princesa futura era deseo imposible.
La Tierra helada consiguió alcanzar el récord de albedo. Nunca como entonces las radiaciones solares fueron reflejadas con tanta furia. Visto desde el exterior el planeta debía de brillar como una bola de navidad que todo lo vomitaba. No hay en las crónicas ninguna otra época que, como aquella, rechazara con tanta energía el sensual placer del calor solar en la piel. Para las cohortes siderales, la Tierra era ejemplo paradigmático del amante desdeñoso.
Cuando se abrieron los primeros canales y el océano asomó su cara de pequeño delincuente, en la frontera entre el hielo y el agua se dieron la mano los extremos. Los que aquello quisieron ver, que no eran muchos, asistieron maravillados al combate entre el espacio con más albedo, el hielo polar y su ochenta y seis por ciento, y la masa marina, con su escaso diez sobre cien. El agua se emborrachaba de sol y erosionaba la Alaska ecuatorial.
Dicen que en el fondo del mar estaban nuestros abuelos bacterianos y que de aquellos solares polvos feroces del océano en las costas del glaciar infinito, acabamos saliendo nosotros. La prueba es que seguimos chupando sol en el límite del miedo al gran hielo. Seguimos temiendo la glaciación que el invierno anuncia y las celebraciones parece que, en el mejor de los casos, conjugan con papel de colorines.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Un long suicide acide
La peine est mon amie
Un long suicide acide
Je t'aime mélancolie
Sentiment qui
Me mène à l'infini
Mélange du pire. de mon désir,
Je t'aime mélancolie
(Mylène Farmer)
(Mylène Farmer)
JUDITH
Puedes maravillarte
ante este amanecer,
ante esta claridad paradisíaca.
Tenemos que abrir todas las puertas.
Y por ellas pasará el aire saludable.
¡Todas las puertas han de estar
abiertas, abiertas!
BARBAZUL
Ignoras, Judith,
lo que hay al otro lado
¡Dame las llaves
de las demás puertas!
He de franquearlas todas.
¡Tenemos que abrirlas todas,
abramos todas las puertas!
BARBAZUL
¿Por qué Judith?
JUDITH
Porque te amo.
BARBAZUL
¡Mi castillo se estremece!
Puedes abrir las puertas.
*******
Miro a mi alrededor y solo encuentro las siete puertas cerradas del castillo de Barbazul.
Sé que detrás de sus cerraduras se esconden delicias y otras oscuridades. Sin embargo, como siempre, prefiero contemplarlo todo desde la cama. Encerrado en mi habitación, acolchada por la moralidad y otros hábitos creados hace ya tanto tiempo que he olvidado su origen, a todas luces extraterrestre, me niego a ventilar las estancias.
Cancelado el entramado teórico por una hiper-intuición oscura nacida de la hipoxia.
Pienso dentro de un estado de ánimo alterado por la grisalla y otras atmósferas ralas. Eso debe significar, desde cualquier lógica, que mi pensar es erróneo y que me he pasado en la solarización. Por eso la respuesta es cerrar un poco más la ventana a la luz, amputar el diafragma y, de paso, no ver sus rostros de comadreja, de zorro, de hurón desprevenido.
Los textos de otros dicen casi todo lo poco que hay que decir.
*****
"La mujer me explicó que el anciano estaba impedido y no podía levantarse de allí, La montaña de papel estaba formada por cartas procedentes de todos los puntos del país, en las que se indicaban remedios contra la parálisis. Las cajitas contenían medicamentos. Y es que el anciano solía pedir a todos los viajeros que cruzaban el paso los remedios que conocieran para curar su mal. Leía también atentamente todos los anuncios de medicinas que aparecían en los periódicos y se hacía enviar todos los preparados de que tenía noticia. Nunca tiraba una carta ni un paquete, sino que iba amontonándolos a su lado y vivía con ellos, sin dejar de contemplarlos. De manera que, con los años, había levantado un verdadero parapeto de papel viejo"
(Yasunari Kawabata: La bailarina de Izu)
*****
Resisto al mundo negándome a sus alegrías.
Parapetado en el castillo de papel, las siete puertas almacenan cartas y cajitas de fármacos psicotrópicos, cicuta y cianuro, química robada a los ejecutados por la inyección letal.
Todo en mi cerebro.
Gratis
martes, 5 de noviembre de 2013
Luis y Cernuda (1902-1963)
"El susurro del agua alimentando,
con su música insomne en el silencio,
los sueños que la vida aún no corrompe,
el futuro que espera como página en blanco"
(Luis Cernuda: Tierra Nativa)
Bien pudiera ser la noche o el amanecer. Gira en ambos momentos el silencio su rueda de dientes insomnes, colmillos y muelas como de zombi aturdido por esa momentánea tranquilidad de muerte nocturna. Ya, ya sé que es falso el sosiego y la apariencia hace honor a su nombre. Pero deja el que se abre a la escucha, a eso de las 3:30 a.m., que rule la fantasía y que solo el susurro del agua comparta con él este inesperado despertar. Con los ojos cerrados y el tacto follándose otras pieles en el calor de las sábanas, soy todo oídos. Yo me pregunto siempre, antes del abordaje del día bajo la forma de poner un pie en el suelo, si ya habrá llegado la hora. Por eso escucho antes un buen rato, buscando indicios sonoros. Espero una señal ajena a todas las melodías, como si no fuera decisión mía dejar marcadas las sábanas por el peso de mi cuerpo. Como si no fuera mía la decisión, me repito, y gozo de que sea otro el que trace la senda. Es esta ilusión de futuro o, nunca se sabe, este realmente nos espera como página en blanco y nos despierta, nos saca de la cama, nos mueve de aquí para allá en la casa e incita a hacer esto o lo otro. Duende loco ese futuro en el que uno siempre ha sentido su patria. Allí encuentran acomodo algunas maravillas. Por ejemplo habita la princesa esos sueños que la vida aún no corrompe, como dice el otro Luis. Pero uno se hace viejo de tanto despertarse antes de tiempo y el futuro, cuando uno se da cuenta, es ya mujer madura en las que cristalizan las sombras de la memoria de aquello que se quiso o supo luz aunque acabara pronto su destello. Queda el sueño como esquirla de la bomba que explotó ayer y en otro sitio. El sueño de pasado, el sueño de futuro. ¿Por qué llamar con la misma palabra a dos puertas tan dispares? Brilla en el ayer la decepción inevitable de la especie corrupta, el deseo que pronto se acaba y deja una estela de tristeza (bien que dulce). No brilla ni luce, por contra, el futuro. Solo nos espera allí en frente, como un camello a su yonqui. Se mantiene a la escucha para que yo, por la mañana, opte por levantarme dispuesto a dejarme penetrar por el día.
Al menos así yo me lo represento a partir de un poema de Luis Cernuda
(Yo soy mayor que su muerte)
jueves, 31 de octubre de 2013
Insomnio en el mundo tres de Karl Popper
Franz Marc
El insomnio de las palabras que nunca se dijeron habita en el más discreto de los cajones de la teoría.
Y no se dijeron muchas palabras: aquellas que no eran de recibo ni procedían, las palabras impropias y esas otras que nos hubieran avergonzado para siempre de haber sido pronunciadas. No se dijeron las palabras feas, ni el innumerable ejército de las que convertían un verso que debía ser endecasílabo en un mísero ente de doce o diez sílabas
Las palabras que, según informe de todos, iban a herir a alguien, también se fueron a la sombra.
No se susurraron ni gritaron las palabras lujuriosas porque no era el momento o el contexto o qué sé yo.
No se dijo para ni venga ni sí ni no ni pero ni no obstante ni solo a ratos.
¿Nadie pronunció en aquel momento el sigue ni el ni se te ocurra seguir? No, ni él ni ella ni nadie.
Todas las palabras que no escribo se convierten en tigre en el insomnio.
Las palabras que nunca se dijeron habitan en los cajones de la teoría bajo la forma de insomnio. No sé por qué están allí, ni si hay intención segunda en el encuentro. Me miran a los ojos y nada me dicen. Ni siquiera se quejan por no haber sido dichas. Se han convertido en animales sabios que exudan vapor y la amenaza del ataque. Son mudas. Peligrosas. Salvíficas.
martes, 22 de octubre de 2013
Tristeza o, quizás, melancolía
melancolía.
1. f. Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece gusto ni diversión en nada.2. f. Med. Monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.3. f. ant. Bilis negra o atrabilis.
Busco a la princesa del cuento para que me ayude a balizar la pista pero ¡ ay! ¡ nos vemos tan poco!.
Por eso me entrego al maestro. Platón, por supuesto.
*
Medito como sucedáneo, suplente, metadona. Medito en un punto en el que la admiración o el amor o el horror me quedan a la mano
(en un sueño me vi manco)
*
Agota estar siempre en las alturas. Desde mi aeronave platónica busco en los jardines de un suburbio un lugar adecuado para tomar tierra. Pero necesito el balizamiento. Marcas como tatuaje de luz en el espacio. Eso solo me lo puedes dar tú.
*
Me pregunto, y no es por hacer tiempo, si en el contexto platónico del Mundo de las Ideas cabe hablar de la la existencia de una "idea de Tristeza". Las Ideas son esos artefactos que habitan el cielo filosófico de la comprensión y que, según el maestro griego, una vez visitadas no solo te ofrecen una clara percepción de las cosas (quizás "clara" no sea realmente término fino para el caso) sino que, a la postre, impiden que se actúe, tanto en los asuntos privados como en los públicos, en conflicto con esas Ideas. Quien conoce la idea de Bien, no puede ya actuar mal (etcétera).
Es fuerte la tentación.
*
No sé si el maestro admitiría una idea de Tristeza. Lo eterno de la tristeza, ese núcleo común y universal que une las particularísimas tristezas que todos habitamos. Allí, en su cercanía, comprenderíamos el sentido final de por qué merece la pena vivir en ese estado. Crearíamos la comunidad de los tristes.
No sé, si en su afán a veces tramposo, Platón tendería a definir la tristeza en términos negativos (la tristeza es la ausencia de...). Quizás desearía dejar claro que ella allí no está ni se la espera. Sin embargo, la definición de tristeza en el orden de lo negativo me plantea el problema de encontrar el positivo del que la tristeza es ausencia (¿la alegría?¿la plenitud?¿la vitalidad?). Y, sobre todo, creo que definir en negativo una cosa tan importante en la historia de la intimidad como es la tristeza, es una solemne tontería. Desfigura la peculiaridad de ese estado, de-construye sin verdadera necesidad (no hay urgencias) una plataforma de emplazamiento del mundo que, además de común, creo que aporta interesantes matices de lo real.
...esas definiciones en ausencia son crueles. Como un entierro sin cuerpo o su cenotafio. O la casi certeza de que nunca dormiremos juntos en una isla del Índico. .
Apostemos, pues, por la Tristeza como idea del cosmos platónico. Asumamos la curiosa paradoja de que es en el interior de nuestra intimidad triste donde encontramos aquello que nos une a los humanos en un sitio desde el que atendemos al mundo. Allí violentemos a la tristeza porque quizás allí habita la primera piedra de la comunidad imposible. Si, como decía Borges, lo que nos une no es el amor sino el espanto, giremos la manilla del biplano noventa grados y aterricemos en los campos de Tristeza, esa pista balizada donde comprendemos como es ella: un punto singular en el que se cruza lo más íntimo y lo más universal.
Nada mejor que la tristeza para hundir el maldito yo y abrir la pista número 26 para que aterricen los otros.
*
Ahora bien: la simbolización y el cifrado de la Tristeza, en el esquema del platonismo que aquí sigo, no puede ser ajena a la comprensión experiencial de aquello que se conoce. Comprender la tristeza es vivir en ella y desde ella, entrar en el proceso de conocimiento y proyectar el famoso eros, la emotividad del que exige la simpatía, el encuentro vivencial.
Pero, grita el otro, ¿todo esto implica que la comprensión de la tristeza nos llevará inexorablemente a la depresión? Y ese hundimiento ¿no nos volverá del todo impotentes para crear esa sociedad buscada?
No. Es la depresión otra cosa. Es un constructo de las sombras, de la sociedad (mal) ficcionada. Es la depresión un ser sin monstruos en el que ni tú ni nadie puede matarlos por mi.
*
Ojos y almas tristes. Si es verdad la dialéctica, la ciudad al otro lado del espejo en el que se refleja la tristeza es la alegría del encuentro, la complicidad en la que se asume la infinita soledad del triste como espacio común de la comunidad imposible en la que habitaremos según dicta una vieja promesa.
*
Cierro la meditación. Caigo en la cuenta de que no sé que es la tristeza aunque sé que me habita desde siempre. Tampoco tengo exactamente consecuencias políticas de todo esto (que la política era el objetivo último del viejo filósofo y no vamos a traicionarlo).
Sé que la amo como se ama a una desconocida que está ahí, a mi lado, contándome historias, contándose nuestra historia.
jueves, 17 de octubre de 2013
Day little heroes. Weatherscocks day
Todas las versiones
encuentran sitio en mi mesa
No quiero que lleves de mi
nada que no te marque.
(Jorge Drexler)
Podría escribir lo que quisieras. Solo señala unas palabras y, como en un juego escolar, yo connotaré el mundo. Lo marcaré con líneas y planos que así, dicen, hacen los amantes en los cuerpos que aman. Ya estoy capacitado para proyectar el itinerario de la mano a través de la piel y el aliento. Según la promesa, debe la andadura extenderse todo una existencia ( y más tarde debatiremos qué hacer con la próxima).
Yo puedo hacer eso, solo dame unas palabras. Soy el gallo del buen tiempo.
Con suerte, la criatura no nos saldrá del todo tarada y, si lo hace, podemos siempre devorar sus partes más tiernas o lanzarla a los perros o dejar su huella en el pudridero. Nada de eso es cruel porque no hay crueldad en la atmósfera que crea el aire caliente de tu boca.
Con las palabras que tú me ofrezcas, yo connotaré mundos por ti sin miedo al riesgo. Sugiere palabras porque no es cobardía ni maldad lo que tanta exaltación de los significados nos provoca en el vientre. Es otra cosa. Soy mercenario y, con tus palabras, el horizonte se llena de versiones.
.... y en esa selva interpretativa, no te extrañe que sea tan veleta. No lo censures. Por cierto, es decir veleta e imaginarme gallo metálico, silueta de óxido en el viento, ternura del ave que mira en círculo, atenta literalmente a los alrededores. No sé quién debe decidir si esa versión de mi - qué soberbia usar el "mi" - es lo propio, lo impropio o lo tolerado con risa sardónica. Sobrevolar y falsar las versiones para trazar un mapa de lo bueno y lo malo que todo lo simplifique, es la tarea menos grata del asunto y yo la rechazo. Quién tendrá la fuerza para negarme que soy el rey de la cima del tejado. Quién definirá si el amor que se apuesta para tan largo tiempo no es risa contenida.
Hay que mirar muchas cosas, dice el gallo-veleta. Redescribir toca los caminos de cabras en pistas de aterrizaje bien balizadas. Redescribir enamorados locos en princesas. En la aventura de las connotaciones, convertida la experiencia en un oráculo parlanchín hábil en múltiples idiomas, debemos trazar caminos en muchas frondas, convertir el bosque en jardín botánico o santuario de dioses invisibles, en el reino de fantasmas abrumados por sus secretos como tumbas o, quizás, en el escenario de una pasión en la que los héroes de Bowie se relatan una tarde de amor
I, I will be king
And you, you will be queen
Though nothing will drive them away
We can be Heroes, just for one day
We can be us, just for one day
Esos frágiles y blindados emocionales, pequeños héroes de adolescencia, recorren las frías calles para encontrar el sitio perfecto, mutando por su pasión de aventura el callejón sucio en entorno de palacio.
Pueden ellos decir me gustas, te deseo, te quiero,en el orden combinatorio que deseen, mezclando el aliento cálido de sus bocas. Ellos.
Y transformar el bosque en cama, mirando el mar, previsiblemente el Índico, en todas las versiones.
*
Así de veleta. A los quince o a los diecisiete años. Y suma y sigue hasta llegar al anclaje cronológico que quieras.
Solo dame unas palabras
viernes, 11 de octubre de 2013
Violeta se fue a los cielos (2011)
Violeta Parra
".. el tema es el amor,
el amor que no siempre construye
que casi siempre destruye
y mata
(Violeta se fue a los cielos, Andrés Wood 2011)
Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente
sin ser sabio competente
volver a ser de repente
tan frágil como un segundo
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios
(Violeta Parra: Volver a los diecisiete)
Empédocles, que ya en vida alcanzó fama de sabio e inmortal, quizás se vio forzado por su propia nombre y las exigencias del público ya constituido. Motivado el sabio por esa violencia del que promete escuchar y que hace temblar el necesario rigor del pensamiento, habló del amor y la discordia como fuerzas cósmicas que tejen, con el cuidado de toda neurastenia que se precie, las tramas de la historia. Una duplicación a todas luces inútil porque el amor se sobra y se basta para destrozar todos los caminos y dejar claro que es tan precario el toldo que nos cubre como el jugo que queremos sacar a nuestro amante apresándolo en la cama.
Y también Platón inventa y rescata a la materia como para simular oposición al eros divino que, el muy puto, quiere solo mostrar la faz del sonriente y musculado héroe de la dialéctica, constructor de palacios y academias, del Estado y la belleza. ¡¡ Oponer el amor a la materia !! No era necesaria la jugada y esa exuberancia no sienta bien al manjar filosófico, que siempre debe ser lo más parecido a una corteza de queso regada por la última gota de un vino que ha emborrachado a otros. Tuvo la materia que cargar con la culpa y enmascarar que Eros derrumba todas las pequeñas cosas en su ascenso a la luz que promete y que, todos los sabemos, acabará cegándonos. Exige superar la belleza de las cosas e incluso su ternura en un siempre más allá circense, más difícil todavía. Todo lo explosiona el amor. Deja cascotes el amor. Y el sabio que nos quiere librar de la visión de tanto desgarro en el lienzo, nos trae a la materia como víctima de paja.
Freud cedió en su firmeza austriaca y al eros le añadió la sombra de tánatos. No soportaba que el amor lo fuera también a la patria.
Gusta al amor ocultarse.
Y tantos otros o casi todos lo mismo
Parece que los pensadores debieron construirse nuevos párpados para cerrar el primitivo ojo, la mirada abierta al trabajo y la búsqueda de los últimos testigos. El ojo que desentrañaba sin necesidad de la cobertura de un párpado, tan fuerte que no necesitaba que cada pocos segundos se borra el exceso de luz, ese ojo al parecer era solo del visionario que se queda sin palabras, calla mirando la uralita del mísero refugio y se ubica en el limes del desierto.
Por eso olvidaron que el amor es la gran fuerza destructora
Por eso se inventaron a su sombra.
Para ganarse un aplauso
Para que el dolor del ojo enrojecido por el viento parara de una vez y no nos hiciera, en este renuncio, cobardes.
Antes tontos
Prometiendo un amor que construye un nuevo futuro si y solo si lo preservamos, delicado le decimos ahora, cosa tonta para hablar con un dios idiota y blando...
Inventamos esa fuerza entrometida de la discordia para ocultar los crímenes
Y la tememos étcetera.
Oh, filósofos y poetas, qué mentirosos al no reconocer que nos ha vencido el desierto.
El amor ríe en lo alto de los cielos. Destruye y, adorarlo, ahora es maldecir.
martes, 8 de octubre de 2013
el último elvis (Armando Bo, 2012)
"El hombre, como si dijéramos, ha descubierto un nuevo método para adaptarse a su ambiente. Entre el sistema receptor y el efector, que se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él como eslabón intermedio algo que podemos señalar como sistema "simbólico". Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. Comparado con los demás animales el hombre no sólo vive en una realidad más amplia sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad (Ernst Cassirer: Antropología Filosófica)
Es difícil ser el Rey cuando se vive en la mugre y la casa o la patria o el mundo se desploma. Pero, a la postre, supongo que hay cosas más difíciles. También puedo aceptar que, para muchos de ustedes, sea una evidencia que hay que ser un poco caradura - o directamente hijo puta - para malgastar los muy escasos bienes monetarios en pillar avión, hotel y pack todo incluido para visitar Graceland, mientras tu hija y su madre hacen equilibrios para llegar al final de mes siendo, como son, criaturas razonables, austeras y buenas sin ser idiotas. Ser Elvis en Argentina, como nos propone Armando Bo en su película, no es fácil y, aunque uno espera que existan otras sendas posibles para salir del pantano, sin embargo es modelo lindo y digno a su manera un poco épica.
Quizás sea la única salida para los desvalidos.
Hay personas que solo viven, en el sentido ético de la palabra, si actúan y convierten el show en el eje de sus existencias. Cualquier atisbo de autenticidad rasgaría las venas porque, no lo duden, hay autenticidades que hieden y solo en la ficción se redimen. Dice Elvis en la película que algunas personas nacen con un don y, como el amor de San Agustín, ese don justifica las actuaciones y las llena de peso épico, lírico y ontológico.
Hay personas que no tienen don. Por eso, si se tiene, es brutalmente indecente no tratar de obedecer a la llamada. Por amor a los no favorecidos.
El don, en el caso del que hablamos, es la voz y la palabra de un avatar de Elvis que a punto está de alcanzar los cuarenta y dos años, edad juvenil casi para el que no sabe mirar, aunque nosotros, más listos, sabemos ahora que es terminal. Y en la película, antes de que la escena del cumpleaños nos revele el momento, ya sabemos que el protagonista está a punto para la metamorfosis final, el último concierto, el que le llevará a convertirse en un padre y marido un poco más ejemplar a los ojos de todos o , si esa no es la senda, la mutación nos llevará al destino... el absurdo
El don eleva la cultura popular industrial que, de suyo, hace cuerpo y monta la alienación en el mundo de la vida, a un rango que la convierte en artefacto de liberación. El último Elvis real, allá en Las Vegas, sudando barbitúricos y anfetaminas, nos muestra la inminencia cínica del final de la rebeldía. La voz se había convertido en la cáscara de cartón piedra ....
We are the hollow men
We are the stuffed men
Nuestro Elvis argentino es, por contra, cambio cualitativo y punto de fuga. El pop - ¿aquí sí cultura del pueblo, aquí sí de veras popular? - entra como "eslabón simbólico" que todo lo interpreta de un nuevo modo, ofreciendo la dignidad de ser Elvis a un tal Carlos Gutiérrez, nombre que el protagonista de la película dice bajo y oculta del mismo modo que un transexual susurraría ante el policía que le pide filiación que es Manolo o Antonio. El don nos ofrece destino aunque exige brutales sacrificios. Pero hay contrapartidas. La hija de nuestro Elvis asume el don de su papá. El sandwich de mantequilla de cacahuete con plátano, la santa hostia en el templo Presleyteriano, que ofrece Elvis a la niña, convierte a esta en la mismísima Lisa Marie Presley.
La niña, sentencia el padre, también tiene don. Y, por eso, comprende el destino de su padre bajo la forma de conocimiento directo, la intuición intelectual platónica, el temblor ante el Arquetipo.Allí donde las princesas comprenden el tremendo poder de las canciones.
La película de Armando Bo ofrece una textura, tanto en la imagen como en la narración, de suave granulado, como si pudiéramos colocarnos unas gafas de ternura para contemplar la realidad de los hospitales, las agencias de empleo, las verbenas de barrio y los asilos, las casas que necesitan reforma y las carencias. Más aún, casi sin ser conscientes, el atrezzo de la película nos deja colgados en 1977. Nada más miren las viejas lavadoras, el coche, el televisor, la decoración de los espacios. La película puede que esté "datada" en el hoy pero el mundo que abre consigue colarnos el eslabón simbólico del día en que murió Elvis.
Poseídos por el don, sabemos que hay otras opciones pero, entre todas ellas, aparece la de no tener otra opción que cumplir con el propio destino cuando uno ha tenido que entregarse a él para salvar la dignidad.
Por lo demás, supongo que es indiferente vivir en el 2013 o en 1977.
En 1977 yo tenía quince años.
Y en muchos sentidos, allí habito. Simbólica y realmente, allí habito.
Soy el último algo... que ahora no recuerdo. O tal vez no tenga ningún don y sea solo veleta oscilante.
Y, como el protagonista de El último Elvis, yo quisiera que mi don, si lo tengo, pueda servir para cubrir con una manta suave los hombros de la reina Priscilla y la princesa Lisa Marie.
Tampoco es mal destino poder arropar a la princesa.
Hay personas que solo viven, en el sentido ético de la palabra, si actúan y convierten el show en el eje de sus existencias. Cualquier atisbo de autenticidad rasgaría las venas porque, no lo duden, hay autenticidades que hieden y solo en la ficción se redimen. Dice Elvis en la película que algunas personas nacen con un don y, como el amor de San Agustín, ese don justifica las actuaciones y las llena de peso épico, lírico y ontológico.
Hay personas que no tienen don. Por eso, si se tiene, es brutalmente indecente no tratar de obedecer a la llamada. Por amor a los no favorecidos.
El don, en el caso del que hablamos, es la voz y la palabra de un avatar de Elvis que a punto está de alcanzar los cuarenta y dos años, edad juvenil casi para el que no sabe mirar, aunque nosotros, más listos, sabemos ahora que es terminal. Y en la película, antes de que la escena del cumpleaños nos revele el momento, ya sabemos que el protagonista está a punto para la metamorfosis final, el último concierto, el que le llevará a convertirse en un padre y marido un poco más ejemplar a los ojos de todos o , si esa no es la senda, la mutación nos llevará al destino... el absurdo
El don eleva la cultura popular industrial que, de suyo, hace cuerpo y monta la alienación en el mundo de la vida, a un rango que la convierte en artefacto de liberación. El último Elvis real, allá en Las Vegas, sudando barbitúricos y anfetaminas, nos muestra la inminencia cínica del final de la rebeldía. La voz se había convertido en la cáscara de cartón piedra ....
We are the hollow men
We are the stuffed men
Nuestro Elvis argentino es, por contra, cambio cualitativo y punto de fuga. El pop - ¿aquí sí cultura del pueblo, aquí sí de veras popular? - entra como "eslabón simbólico" que todo lo interpreta de un nuevo modo, ofreciendo la dignidad de ser Elvis a un tal Carlos Gutiérrez, nombre que el protagonista de la película dice bajo y oculta del mismo modo que un transexual susurraría ante el policía que le pide filiación que es Manolo o Antonio. El don nos ofrece destino aunque exige brutales sacrificios. Pero hay contrapartidas. La hija de nuestro Elvis asume el don de su papá. El sandwich de mantequilla de cacahuete con plátano, la santa hostia en el templo Presleyteriano, que ofrece Elvis a la niña, convierte a esta en la mismísima Lisa Marie Presley.
La niña, sentencia el padre, también tiene don. Y, por eso, comprende el destino de su padre bajo la forma de conocimiento directo, la intuición intelectual platónica, el temblor ante el Arquetipo.Allí donde las princesas comprenden el tremendo poder de las canciones.
La película de Armando Bo ofrece una textura, tanto en la imagen como en la narración, de suave granulado, como si pudiéramos colocarnos unas gafas de ternura para contemplar la realidad de los hospitales, las agencias de empleo, las verbenas de barrio y los asilos, las casas que necesitan reforma y las carencias. Más aún, casi sin ser conscientes, el atrezzo de la película nos deja colgados en 1977. Nada más miren las viejas lavadoras, el coche, el televisor, la decoración de los espacios. La película puede que esté "datada" en el hoy pero el mundo que abre consigue colarnos el eslabón simbólico del día en que murió Elvis.
Poseídos por el don, sabemos que hay otras opciones pero, entre todas ellas, aparece la de no tener otra opción que cumplir con el propio destino cuando uno ha tenido que entregarse a él para salvar la dignidad.
Por lo demás, supongo que es indiferente vivir en el 2013 o en 1977.
En 1977 yo tenía quince años.
Y en muchos sentidos, allí habito. Simbólica y realmente, allí habito.
Soy el último algo... que ahora no recuerdo. O tal vez no tenga ningún don y sea solo veleta oscilante.
Y, como el protagonista de El último Elvis, yo quisiera que mi don, si lo tengo, pueda servir para cubrir con una manta suave los hombros de la reina Priscilla y la princesa Lisa Marie.
Tampoco es mal destino poder arropar a la princesa.
(Todas las imágenes de "El último Elvis" de Armando Bo)
jueves, 3 de octubre de 2013
Extrañeza
Sin duda estética y moralmente equivocados en lo que respecta a mi caso, los amigos de la revista KOKORO han tenido a bien publicar un texto parido por mi torpe cabeza. Titulé la cosa Hacia una meditación de la extrañeza y no me pregunten por la tesis o me pidan un abstract. Me conformo con que se perdone el estilo y, si ofenden, también las ideas que pudieran escucharse en el casi imposible caso de que se cayera en la tentación de su lectura.
El agradecimiento del bien nacido sea, por orden, lo que salga de mi boca en primer lugar, dirigido a todo el equipo de la revista y, en especial, al siempre bien aparecido Stalker.
No puedo menos, en segunda encomienda, que llevar al lector al ÍNDICE de lo que es ya el número cinco de la aventura Kokoro, para que allí deguste con la vista el hermoso sucederse de los enunciados que se abren, con un ligero golpe de ratón, y explotan en poemas, ficciones y otras maneras. Parece magia aunque me dicen que es tecnología.
Y, en tercer lugar, permitan una confidencia extraída aún caliente de las vísceras de mi alma. Hoy estaba dispuesto, en contra de lo que suele ser mi costumbre, a odiar a una franja de la humanidad con nombres y apellidos que me salió al paso con cara de mujercita simpática y que, es ya un clásico, intentaba hacer real aquello de que las huestes del más aburrido convencionalismo vencen a las fuerzas del mal . El anuncio de la publicación de la revista, a través del correo de Antonio vs Stalker, me libera de la enojosa tarea de tener que escupir sobre sus tumbas de narices puntiagudas y mancharme las manos en su mierda. La espiritualidad de Kokoro me ha liberado de la necesidad de caer en el mal gusto. Acepto estar en el lado oscuro pero dios me libere de eso otro. Hágase en mi según su animal palabra, espíritu Kokoro...
martes, 1 de octubre de 2013
recorriendo el dial con un aguja oxidada
Cindy Sherman
" Y la abogacía es una profesión que te enseña que la vida consiste , fundamentalmente, en adaptarse, en ser dúctil, en resignarse, en aceptar hechos que ocurren fuera de nuestro control y que quizás nunca tuvimos la intención de controlar. De modo que cuando sentimos la tentación de rebelarnos.... intento convencerme de nuevo de que lo mejor es buscar alguna válvula de escape y de que esa cólera es puramente subjetiva y no hay manera de obtener ninguna compensación. Por mucho que la ansiemos. Se podría considerar que la vida no es, prácticamente, otra cosa que el deseo de lograr una compensación. Siendo como soy, hijo y nieto de abogados, lo sé. Y también sé que no debo esperarla" (Richard Ford:Resignación en Pecados sin cuento)
****
Si fuera una ciudad podría llamarme Luisiana o, con un toque más teutón, Ludwigburg. Que los nombres ya estén pillados nada importa porque no quiero hablar de la historia de dos ciudades sino, como viene siendo habitual, de ese ente de ficción tan cercano y extraño al que podemos llamar el Yo Mismo.
Yo mismo como ciudad.
Después del terremoto de Lisboa.
****
Gracias, princesa.
****
He soñado que un conocido me explicaba una operación quirúrgica que tendría lugar, Dios mediante, por el recto. Luego, en el insomnio, he pensado en las formas de entrar dentro del cuerpo sin joderlo, sin rasgar la piel o estropear algún sensor. Y he visto senderos a través de la nariz, la boca, el ano, la uretra y la vagina. Llegar adentro a través de los límites del globo ocular también es técnicamente posible aunque me produce grima y me recuerda las viejas técnicas de lobotomización. No sé si se puede entrar dentro (mecánicamente) a través del oído o si se habrán ya creado técnicas de nanotecnología que permitan acceder al interior por, digamos, los poros de la piel, los canales de la red nerviosa del tacto.
Hay tantas formas de entrar dentro que el interior, eso que a veces se llama intimidad y, a veces, tripas y vísceras, se expone en el afuera, primero como pieza rara de museo y, más tarde, como un habitual.
****
Pienso desde hace dos días en la idea de "compensación". Y creo que, inmaduro moral como soy, siempre me he portado más o menos bien porque esperaba esa compensación que llegaría bajo la forma de libertad, placer, conversación, creatividad, reconocimiento cósmico, segunda residencia o amor de los hijos. La verdad es que esperaba una compensación por cumplir con mi parte del pacto aunque realmente:
1.- Nunca hubo pacto alguno entre el mundo y yo (o entre Dios y yo).
2.- No tengo ni idea de la compensación que me hubiere tocado en el caso en que el pacto existiera de veras. Tampoco sé lo que, sencillamente, yo esperaba. Por eso, pudiera ser perfectamente posible que ya hubiera recibido el óbolo sin darme cuenta. En ese caso, desde luego, aconsejaría que nadie espere nada de las compensaciones. No compensan.
****
¿Se puede ser más tonto que el personaje que describo en el anterior apunte? Sí, habida cuenta de que sigo esperando el premio de consolación bajo la forma de encuentro milagroso.
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¿Por qué no duermo más?
Para venir aquí y ver la pantalla en el silencio de la noche.
Nunca me preguntó Platón si realmente deseaba salir de la caverna.
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