sábado, 8 de agosto de 2015

De cómo entré en la leyenda






No hay palabras que expliquen la salida de este sol que me anunciaron tal cual en el viaje hacia un horizonte de salvaje oeste. Nadie comenta tampoco el temblor en mis dedos de campesino que se ve forzado, una vez más, a ser fuerte. Disparo y, al otro lado de la calle, el aire recalentado por la bala ni siquiera hace temblar a ese que llaman pistolero. Risas de fondo al sentir, más que ver, la orina en mis pantalones. Cuatro metros más a la derecha, gritan los borrachos. Sé que esas risas son las mismas que acompañaron mis primeros pasos de paleto en el puerto atlántico. Y al perder el tren o ser escupido en la taberna. Segundos nada más y mi dedo inconsciente en su venganza lejana golpea de nuevo el gatillo. El peligroso hombre cae con un agujero en el ojo, otro ojo haciéndose un sitio en la espesura de su cerebro sin encontrar cartas de propiedad. No hay ley, dijeron, y el caos silencioso acompaña ahora la caída leve del cuerpo en la tierra húmeda de noche. Él, invencible, ha sido derrotado por el torpe David. Esta ha sido siempre tierra de religión. Todos callan y mi revólver se encasquilla ahora que ya para nada sirve. Alguna vez tenía que tener suerte, alguna vez mi anonimato entraría a formar parte de las leyendas, según me prometieron.

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