Para cualquier otra chica, llamarse Wendy podría ser traumático. Eso dice Pablo muy suave, acompasándose mientras me mira, después de dos o tres horas de estudio, en el atardecer de un martes del segundo trimestre, tumbado en su cama y marcando el ritmo de un ritual que quiere ser amable e interesante. (.....)
Idéntica la fuerza en la madre y en la hija, sin poder determinar quién es más fiel o más resistente a ella, porque el ímpetu no se ajusta al devenir temporal, lo mismo es el después que el antes, niega cualquier jerarquía y salta por encima de los treinta años que nos separan. Me gusta sentir ese deseo que nos unifica a mamá y a mí (quizás a muchas más mujeres) aunque me niegue a dejarme llevar por él y, por eso, lo crucifico como a un viejo dios, introduciendo aristas geométricas de burla en su estómago, cuchillas que me raspan el vientre como en un aborto y me rasgan el corazón, el sexo, la piel o lo que sea. (....)
Burlar al cuerpo. Sobre todas las cosas. Quebrar el deseo sin cabrearlo, buscando su sonrisa, alambicando nuestros juegos hasta el extremo,(...)
Pablo – y en eso se parece a tantos otros – tiene una obsesión casi patológica por lanzar su semen al mundo. El semen no es agradable ni desagradable. Su temperatura me resulta sorprendente . Su textura no. El semen de Pablo es parecido a un gran moco o a un salivazo. Pero me resulta tierno. No sé por qué y tampoco sé si con otros sémenes sentiría esa ternura que percibo en el caso de la leche de Pablo.
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domingo, 26 de febrero de 2012
martes, 14 de febrero de 2012
Wendy y las habitaciones (0004)
Gabriele Susanne Kerner, Nena
(....) Nadie dijo, apunta mamá, que lo de honrar a los padres tuviera que ser en vida. Hacerlo después de muertos, aunque una los haya matado a disgustos, tiene también su valor (...) Aceptaré lo que me toque como he hecho siempre y, hasta ahora, no me ha ido tan mal. Sin embargo, lucharé para que no se imponga la genética y la mala suerte de las mujeres de esta familia. (....) .... y toco los tacones de mis zapatos como si fuesen un par de lámparas mágicas. Chicos, les digo, nunca permitiré que os alejen de mí aunque hago ejercicios espirtuales para sumir que puedo llegar a vivir sin tacones. Esto los romanos, tíos curiosos, lo llamaban el memento mori.
WENDY CUENTA TODA LA HISTORIA AQUÍ,
EN LA MÁS HERMOSA DE LAS ESTACIONES
jueves, 9 de febrero de 2012
003 WENDY
(...) En la cara interna de mi piel estoy tan sola, tan a parte de ellas y de todo lo demás, que ese poder, de tan delicado, me asusta (.....) No hay sitio para las cursivas, los paréntesis, las comillas, las mayúsculas ni la diferencia entre la b y la v (...) A mi me importan una mierda la paz y el carnaval.
WENDY LO CUENTA TODO AQUÍ
jueves, 2 de febrero de 2012
Wendy y yo (Butcher Baby) - 2
Wendy O. Williams (The Plasmatics)
estaba cansada de aguantar a la gente
Querida Wendy:
ocurre en ocasiones que son tantos los hilos que nos lanzan las cosas que, en un acto de soberbia, nos sentimos ajenos a la inspiración y como poseídos por un espíritu embriagado en la mirada triste del ángel. Así, me digo, no hay quien escriba tu historia simulando que lo hago yo y tú eres un guiñapo, una máscara chapucera presentada, por deber de ficción, al concurso de carnaval organizado por el municipio o la escuela. Sucede a vece que las primeras impresiones son monumentos a la mala baba y el cuento que nos mostraste el otro día, tímido a su manera, está muy cerca del primer beso torpe, aquel en el que te mordí el labio y cerró para siempre el romance. No es manera de retornar a lo nuestro. Cancelas, Wendy, con la reproducción canalla de aquella farsa , la posibilidad lógica del érase una vez; niegas, haciéndote heridas en los muslos con la cuchilla, eso que los filósofos llaman condiciones trascendentales de posibilidad del conocimiento.
Es espejismo para el lector esa sombra de Peter Pan con el que compartes cama lesbiana. No entiendo por qué, en este punto de mi vida tan ajeno a los años adolescentes en el que nos conocimos, tienes que sacar a la luz que, finalmente, no te acostaste conmigo y me quedé esperándote en los soportales, mientras Clara lloraba y Carol encendía uno tras otro todos los cigarrillos de un paquete de tabaco rubio marca fortuna. Recuerdo a algunas mujeres que lo primero que me contaron, tras la noche de pasión, fue el número de sus amantes, la cantidad como de libro de registro. Esas notarias del amor no trataban de darme puerta sino de introducirme en la intimidad de su experiencia a través de un expediente de cálculo, como si el número de sus parejas fuese esa constante que acompaña a las fórmulas físicas en la que todo lo demás es variable(masas y distancias). Tú optas por lo misma senda - ¡y yo desconozco esa gramática! - y me dices que eres una hijaputa vocacional, que treinta años después debo asumir que apareces en mi regazo con la misma pinta que entonces, adolescente de hoy sin embargo, lejana, esfinge teen, tú de nuevo, andmoreagain.
Estoy dispuesto a jugar, asumo la humillación que implica que esa chica de diecisiete años esté lejos de mis encantos de hombre maduro y, sin embargo, en este instante de falta de inspiración revolviéndose por el tiempo, cerca de mí en las aulas del instituto. Tu venganza, Wendy, es mi venganza y, por eso, coloco a nuestra Wendy O William - ¿recuerdas cuando bailábamos con los Plasmatics en casa de J.? -en la cabeza de esta entrada. Tú no eres esa Wendy ni tampoco la de Peter Pan. Eres, ahora, en este ahora del punto narrativo - el ahora del érase una vez - un muchacha de instituto que viste como una joven del principio de los ochenta, con tacones de aguja y vaqueros estrechos, con un jersey de punto que cae sobre tus tetas como flujo de mano (no mi mano). Estás aquí y tu madre podía ser aquella mujer que me besó una tarde fría de invierno y a la que yo, por miedo, mordí los labios, iniciando con el sabor de tu sangre la larga sucesión de mis ahoras. Tu madre, ya sin tacones, vencida por los pies hinchados en un trabajo mal pagado, tributando por unos pocos años de vida loca, te pare en mi mente para iniciar una narración.
Me siento por encima de ella, mejor tratado por las circunstancias, superior en la cresta del tiempo que nos ha colocado a cada uno en su sitio. Ella se acostó con otro y yo, desde esta atalaya de mi escritura, contemplo su vida de yonqui sin fortuna que debió abandonar el placer del caballo, pelo estropeado por el tinte, cadera expandida en torno a la fregona y las diez hora de trabajo. Sin ganas de un polvo, deseando todos los polvos del mundo. Así me siento, Wendy, porque yo también soy un hijoputa.
Y Wendy es ya otra.
POSDATA
A mi lector mecánico - esa alegría de aplicación - le gustan las comas. Caprichoso.
lunes, 30 de enero de 2012
WENDY Y LOS TACONES
He quedado por el tuenti con Clara. A las seis y media en los soportales. Clara lleva años queriendo ser mi amiga y es compañera de clase. Siempre lleva chándal al instituto. Los findes se arregla de manera adecuada a la moda y se maquilla con poco estilo. Nunca la he visto con tacones. A los dieciséis años hay muchas chicas que aún no se han puesto tacones (o solo lo hacen en sus casas, jugando a las niñitas que ya no son). Quiero decir que Clara no es muy distinta a otras chicas de nuestra edad. Está en el tanto por cierto que les corresponde a las jovencitas que nunca se han puesto tacones de aguja en público, porcentaje en el que, obviamente, no estoy yo. Yo estoy en otro lugar y no puedo negar que esto – ser predecible estadísticamente- es algo que se da, sí que sí ---- y es indiferente. Lo aprendí en quinto. Por ejemplo, yo soy Wendy la hijaputa para muchos de mis compañeros, pero en esto tampoco soy original. El mundo de las muchachitas malvadas y deseosas de machacar a otras para ver qué pasa es también un universo extenso. Las teenagers hijas de puta como yo, que escriben poemas y llevan un diario, deben ocupar un espacio más reducido. Saber que no soy única y no hacerme mala sangre por ello no me hace ser más lista. Ni siquiera me convierte en peor persona a la vista de mis iguales. Sin menospreciar por ello el carro de tías que dicen ser más listas que las demás. Ni a las chicas buenas.
He llamado a Carol con el teléfono de mamá. Mamá tampoco se pone tacones casi nunca porque trabaja duro y no se puede trabajar duro con tacones, salvo que seas puta o señorita. Esta es una idea tan ridícula que ni siquiera mi madre la comparte. Sólo la dice y, supongo, quiere transmitirme un mensaje ético como muy antiguo y trata de jorobarme. Quizás lo dice porque mis zapatos dejan marcas en el suelo. O le hiere, en lo más íntimo, cuando llego por la noche y marco mi entrada en su preocupación con el repiqueteo de mis andares juveniles. Mamá a mi edad curraba como una mujer hecha y derecha. Mamá es tan poco sutil en sus reproches que se merece que la estruje un poco en esta mi loca adolescencia. Por eso tengo estudios y he salido bastante lista. Pero todo esto ahora es poco importante. Lo relevante es que he llamado a Carol y le he dicho que nos veríamos a las seis y media bajo los soportales. Carol usa tacones y está buena de narices. Es amiga mía desde sexto y lleva a clase pantalones cortos muy ajustados que el jefe de estudios considera poco apropiados. El jefe de estudios no lleva tacones . Carol me adora y el jefe de estudios me tiene envidia porque él no tiene el descaro necesario para calzarse unas plataformas de drag-queen.
A partir de las cinco y media estaré con Pablo en su casa, estudiando naturales. Pablo usa tacones en su habitación y me divierto con él a lo grande. Me peina y me pinta las uñas de los pies mientras sus padres creen que empollamos como posesos. Ambos somos buenos estudiantes aunque por distintos motivos. Pablo es amigo mío desde hace unos meses, cuando descubrí su debilidad por los colores chillones y una mirada perversilla de lo más divertida. Aunque nunca me ha metido su cosa (soy virgen y lo seré hasta el límite de mis intereses), podría decir que Pablo es mi novio secreto y mi amigo público. Esta tarde, a las seis y media, imaginaremos - mientras nos metemos en la cama y hacemos como si fuésemos lesbianas (pero con ropa) - las caras de Carol y Clara al llegar a los soportales y no encontrarme. La conversación debajo de las sábanas es mejor que el sexo (por lo que dicen).
Apostaría mi futura operación de tetas a que Clara llora cuando compruebe que no estoy. Si no fuera porque, en la misma jugada, he dejado también colgada a Carol, le pediría que me lo grabase con el móvil. No se puede tener todo. Pablo y yo, imaginando la escena mientras hablamos enloquecidos, es mejor que el mejor de los vídeos.
Y yo sigo siendo Wendy.
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