lunes, 30 de enero de 2012

WENDY Y LOS TACONES




   He quedado por el tuenti con Clara. A las seis y media en los soportales. Clara lleva años queriendo ser mi amiga y es compañera de clase. Siempre lleva chándal al instituto. Los findes se arregla de manera adecuada a la moda y se maquilla con poco estilo. Nunca la he visto con tacones. A los dieciséis años hay muchas chicas que aún  no se han puesto tacones (o solo lo hacen en sus casas, jugando a las niñitas que ya no son). Quiero decir que Clara no es muy distinta a otras chicas de nuestra edad. Está en el tanto por cierto que les corresponde a las jovencitas que nunca se han puesto tacones de aguja en público, porcentaje en el que, obviamente, no estoy yo. Yo estoy en otro lugar y no puedo negar que esto – ser predecible estadísticamente-  es algo que se da, sí que sí ----  y es indiferente.  Lo aprendí en  quinto. Por ejemplo, yo soy Wendy la hijaputa para muchos de mis compañeros, pero en esto tampoco soy original. El mundo de las muchachitas malvadas y deseosas de machacar a otras para ver qué pasa  es también un universo extenso. Las teenagers hijas de puta como yo, que escriben poemas y llevan un diario, deben ocupar un espacio más reducido. Saber que no soy única y no hacerme mala sangre por ello  no me hace ser más lista. Ni siquiera me convierte en  peor persona a la vista de mis iguales. Sin menospreciar por ello el carro de tías que dicen ser  más listas que las demás. Ni a las chicas buenas.

 He llamado a Carol con el teléfono de mamá. Mamá tampoco se pone tacones casi nunca porque trabaja duro y no se puede trabajar duro con tacones, salvo que seas puta o señorita. Esta es una idea tan ridícula que ni siquiera mi madre la comparte. Sólo la dice y, supongo, quiere transmitirme un mensaje ético como muy antiguo y trata  de jorobarme. Quizás lo dice porque mis zapatos dejan marcas en el suelo. O le hiere, en lo más íntimo, cuando llego por la noche y marco mi entrada en su preocupación con el repiqueteo de mis andares juveniles. Mamá a mi edad curraba como una mujer hecha y derecha.  Mamá es tan poco sutil en sus reproches que se merece que la estruje un poco en esta mi loca adolescencia. Por eso tengo estudios y he salido bastante lista. Pero todo esto ahora es poco importante.  Lo relevante es que he llamado a Carol y le he dicho que  nos veríamos a las seis y media bajo los soportales. Carol usa tacones y está buena de narices. Es amiga mía desde sexto y lleva a clase pantalones cortos muy ajustados que el jefe de estudios considera poco apropiados.  El jefe de estudios no  lleva tacones . Carol me adora y el jefe de estudios me tiene envidia porque él no tiene el descaro necesario para calzarse unas plataformas de drag-queen.

 A partir de las cinco y media estaré con Pablo en su casa, estudiando naturales. Pablo usa tacones en su habitación y me divierto con él a lo grande. Me peina y me pinta las uñas de los pies mientras sus padres creen que empollamos como posesos. Ambos somos buenos estudiantes aunque por distintos motivos. Pablo es amigo mío desde hace unos meses, cuando descubrí su debilidad por los colores chillones y una mirada perversilla de lo más divertida.  Aunque nunca me ha metido su cosa  (soy virgen y lo seré hasta el límite de mis intereses), podría decir que Pablo es mi novio secreto y mi amigo público. Esta tarde, a las seis y media,  imaginaremos - mientras nos metemos en la cama y hacemos como si fuésemos lesbianas (pero con  ropa) - las caras de Carol y Clara al llegar a los soportales y no encontrarme. La conversación debajo de las sábanas  es mejor que el sexo (por lo que dicen).

Apostaría mi futura operación de tetas a que Clara llora cuando compruebe que no estoy. Si no fuera porque, en la misma jugada,  he dejado también colgada a Carol, le pediría que me lo grabase con el móvil. No se puede tener todo. Pablo y yo, imaginando la escena mientras hablamos enloquecidos, es mejor que el mejor de los vídeos.

 Y yo sigo siendo Wendy.

2 comentarios:

  1. Me gusta esta Wendy ultramoderna de pocos años. Promete con su estilo tan directo y sin inhibiciones.
    Continúo.

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  2. Desde luego, Isabel, a mi también me gusta Wendy. Sé que hay en ella algo de estereotipo y que el relato, con vocación prosaica, violenta el modo metafísico del hablar de la Bicéfala. Wendy me agrede como una suave flor - al modo vicius de Lou Reed - porque a los diecisiete el poder que se despliega es selvático, entre la ingenuidad de un cuadro de fieras de Henri Rousseau y el peso de un desgarro expresionista. En este ejercicio trato de que la violencia habitual de mi lenguaje se contenga para dar forma a la de Wendy. Es mi contribución a la lucha, mi grito de justicia, mi apuesta por el margen que desborda el eje podrido sobre el que giran las cosas. Me imagino a Wendy pidiéndome unos huevos en tu texto de hace unos días.

    Tengo la realidad de Wendy en la cabeza y sé que su vida no es simple (no so las cosas sino los filósofos los que son simples, decía Austin y suscribo como lema de caballero metafísico). Su ultramodernidad y falta inhibición se erige sobre un fondo familiar y social duro, sobre el trabajo de la madre con los tobillos hinchados, los efectos de las rayadas de sus antepasados, la ultraconciencia de que son pocas las oportunidades y excesivo el riego para una muchacha de diecisiete. Wendy es mucho más lista que yo y, desde luego, más dura. Si su voz es mi voz en algún sentido, el sentimiento me da vértigo.

    Practico, con buena voluntad, en la escritura y espero seguir recibiendo lecciones de tu puño (y letra). Salud!

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