jueves, 26 de enero de 2012

Drop Out (y 6)


Naomi Fisher, Untitled (Dangling Heliconia), 2000


 La estación terminal, siempre póstuma y anhelada por todos aquellos que habitan en la ilusión. Desde el tratado filosófico, este velo de Maya es la raíz del error y la infelicidad. No así cree el  poema - o la literatura en general, si cabe el distingo - que construye rizomas y espirales en el entorno, cegado voluntariamente en las celosías y volutas, negador del punto final, ansioso por que su letra se convierta en mito y su nombre se borre en el tronar de la tradición. La tortuga transita, ahora, del logos al mito, sin cerrar las  puertas de lo que dijo ser ni dar el paso definitivo, bicéfala al fin y al cabo, entre el escepticismo de la razón y la pasión de la fantasmagoría triste, triste, triste. No es la tortuga profunda porque esto escriba. Es horizontal en su apego a la tierra, costra de materia, caparazón de polvo y arena, barro y mineral, semillas esterilizadas por la ingeniería genética que prometen, a los tontos,  floridas ramas, futuros bosques... el bosque.

 Todo en la voz es enamoramiento 
y certeza
 geométrica :
 no hay nada ni nadie digno de amor.
El ateísmo ya no es ni premisa.
Cuerpo fusilado en la fosa común,
cuatro metros por encima del dios sin risa

 Cancelamos la historia de los abandonos sabiendo que la estación final puede ser cualquier cosa. Todos somos un cualquiera. Lo subrayable estaba en lo penúltimo, ese ayer en el que lo que pudo haber sido fue, como siempre, en la hermosa precariedad que sólo el meditador puede comprender. Atrás, en el punto anterior al ahora, sin esperanza de un futuro ahora, debimos ser más osados, quebrar candados,  ser guerreros y no monjes, pedir a Jane en matrimonio y adoptar al niño de trece años. Pasó tú momento, cariño, y aunque la vuelta de la llave la dieran tus dedos filosóficos, no por eso hay más sabiduría en ellos. Fue en la tarde del penúltimo día, cuando los signos anticipadores del sunami los tachamos soberbios con deseo de mañana, allí, ayer, bloqueamos el futuro porque no resistimos la habitación abandonada, el coche en el desguace, el hangar repleto de excrementos, botellas y grafitis mal paridos. Quisimos, en el brillo de nuestros ojos en la conversación que anticipó el deseo, reparar el automóvil para hacer ese viaje maravilloso a las costas del Pacífico, buscando la isla de Juan Fernández, comprar (con hipoteca) el viejo almacén marinero para edificar el hogar, fuego y pan, familia, hijos, pareja, ceremonia, celebración, aniversario, orgullo por el hijo saliendo de su metamorfosis. Débiles en el abandono, en la estación penúltima, náufragos en la ilusión de la esperanza. Allí, en lo que ya no puedo describir porque cada palabra que sale en la pantalla es borrón sin cuenta nueva. Allí, Jane, chico, L... el mito.

 Ahora L  retorna al límite de la selva y se dobla. Muestra su culo al viento y deja que la heliconia cree pórtico de gloria ante su agujero anal. Acepta, como ya lo hizo en el inicio de la aventura, la colonoscopia mientras su joven alumna le toma la mano. La flor, la belleza estúpida que enmascara su gran deflación, es súplica para que el orden de las fuerzas - tedio y deseo, exaltación oceánica, enamoramiento -  no empujen la sodomía más allá del límite de toda metafísica futura. La flor ya no golpea a nada ni a nadie; victoriosa,  nos protege en este momento de máxima debilidad, cuando L perdió el último tren del siguiente viaje, sin Jane, sin el niño, sin la mítica del bosque, sin otro sentido en las palabras que lo que eyacula  el azaroso golpear en las teclas de un ordenador portátil marca Toshiba.

2 comentarios:

  1. Tremendo final, L, aunque suavizado por la ironía de la flor en el culo. No obstante, no se me escapa la soledad última, irreparable, en la que ha quedado el alter ego L.
    Ufff, pura catarsis.

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  2. Tremendismo suavizado; marca o estigma de la tortuga, herida irreparable que trato de convertir en frases y alter ego que, ufff, nunca permiten culminar la catarsis. No puedo menos que asumir cada una de las palabras que me nombran en tu comentario. En todo caso lo escrito en Drop Out es boceto de otra cosa (o reportaje grabado, con una mala cámara de vídeo, de otra narración que crece en la sombra de la heliconia y que tal vez, cuando la historia descanse, pueda ser tratada con disciplina de relato). Gracias, gracias...

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