sábado, 27 de julio de 2013

Poder, coches y chicas

Packard 343 serie 8 y Marion Morgan Dancers (1927)

  Uno, de por sí tonto, se asusta si al salir a la calle se encuentra con este espectáculo de belleza y automoción, turgentes figuras femeninas y estruendo de motor más bello que la Victoria de Samotracia. Y es que L fue futurista y sabe que, como los alcohólicos y los adictos a otras sustancias,  nunca se deja el mal hábito.¡Ah! La novedad, la modernidad, la progresía, lo cool, lo ye ye... Nunca deja (el) uno de ser siervo de ese conciliábulo y sabe que el pacto inicial con el ídolo motórico no admite cese ni traición.  

 Por eso L, de por sí tonto pero al fin y al cabo superviviente en la economía darwiniana, tiene miedo de que al  salir a la calle y encontrarse con las señoritas de belleza clásica y el Packard 343, la sentencia esté trazada en el aire y un golpe seco de flecha le atraviese el pecho.

  ¡¡¡ Ay, dios mío, qué jodido es ser  un traidor infiel a sus viejas filias!!!

 Me fijo en las cariátides que enmarcan el templo del progreso automovilístico y el mejoramiento de todas las clases sociales. Esta hermandad de los humanos en los vehículos de motor está bien lejos de la  bailarinas del viejo cuadro de Matisse



 Las chicas de Marion Morgan son punta de lanza de las potencias del Packard, proyectiles de carne y tersa piel de los cilindros y las vielas. Absorbe el automóvil  la belleza de las mujeres y, en la vampirización, ellas se convierten  en máquinas de morbosa belleza (como la María de la película Metrópolis). Mecanizada la compañía de ballet, las jóvenes adquieren una fuerza como de superhéroes, mujer araña o Supergirl,  capaces de tirar del coche como genuinos caballos (o yeguas) de vapor, abstracción física tras el frágil cuerpo que recuerda a las vestales cariátides aunque ya estén en otro universo.

 Los bailarines de Matisse abrían un hueco, cercaban poéticamente el espacio y creaban la danza. Las jóvenes del Packard son el avance de un sunami, el inicio de la nueva era llena de cosas, el mundo después de Ford que imaginó Huxley en el Mundo feliz. Su belleza es flecha y cuchillo que arrastra todas las factorías de Detroit, el Ruhr, Tokio o Shangai. Son la bomba atómica.

 Y yo, como soy un poco tonto, y a pesar de mi patente de superviviente, caeré de nuevo en el falso amor por las jóvenes bailarinas, engañado, atrapado en la tela de araña de las ensoñaciones, de nuevo futurista, de nuevo creyendo que un coche de carreras es más bello que la Victoria de Samotracia



2 comentarios:

  1. deliciosa ironía, como siempre...

    ¿y si al caer en el falso amor descubres que es verdadero?

    en el mundo de los simulacros, quizá la chispa más efímera es la que puede arraigar en el corazón malabar!

    abrazos!

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  2. Oh, sí, es error afirmar que la atracción por las bailarinas del Packard es "falso amor". ¿Quién se atreve a adjuntar determinantes al amor y ubicarlo en escala? Una posible justificación de la caída se deba a que la voz se siente en contexto de terapia desintoxicante, y ya se sabe que toda terapia es radical en sus taxonomías

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