sábado, 15 de febrero de 2014

Inercia de los engranajes (el futuro)






Estoy muerto. Nadie lo sabe. Todos mis movimientos son la inercia de los engranajes que, desde el inicio, me han querido meter en vereda.  Es extraño sentirse muerto o, precisemos, que el mecanismo que nos sobrevive genere la fantasía de vivificar al muerto que lo habita. Tengan en cuenta que esta mi conciencia de la aniquilación no es propiamente mía sino, en pura lógica, algún tipo de grabación, programa autónomo o mensaje al futuro de la carcasa que sobrevivió. Yo no tengo nada que decir. Ni posibilidad de veras.

 Creo que mi muerte la provocó el miedo a convertirme en uno de esos seres que, por efecto de un potente veneno o una disfunción cerebral, acaban siendo vivos a los que todos toman por muertos. El fulano se da cuenta de todo y, mientras tanto, le pasan revista el forense, los servicios funerarios, las mujeres del pueblo o los seres queridos. La caja se cierra y la tierra cae en el horror que se ahoga en el silencio y la inmovilidad. Seguramente ese terror es una de las raíces de mi mal. Por ese terror abandoné el aliento vital y me quedé muerto aunque, de cara al exterior, siguiera con lo mismo de siempre. La máquina negó la posibilidad misma de la muerte del fantasma que la habitaba y siguió con sus ritos. Y la gente mira mi despojo y aseguraría ante cualquier que lo pidiera, juicio de Dios incluido, que yo estoy aquí, con ellos, que les he amado no hace tanto, que en mis gestos mostré sensibilidad y aprecio.

Durante horas miraba  una mancha en la pared y los seres queridos me diagnosticaron melancolía. ¡Qué cosas! Esto que me sobrevivió creo que ha sido más amado en estos últimos tiempos  que lo que lo fue nunca  esa mi alma ahora muerta. Pero da igual. Nos preguntamos si encontraba el despojo interesante la mancha. No hay respuesta.  Para el caso podía ser simplemente un punto al azar elegido por la mecánica del cadáver inconsciente y timador. No significaba nada. Pero se hizo querer y despertó amor y lástima. Así, se llevaron al fantasma invertido, autómata o chatarra tan querida,  a un bonito balneario y su voz enlatada parece que dijo: "Hubiera sido este un buen sitio para venir contigo  cuando estaba vivo". La frase le sirvió al doctor para diagnosticar la alienación con un detalle más lindo.

 El muerto que soy va haciéndose hueco en la simplicidad de las respuestas automáticas. A veces, aunque me echen moneda, no respondo y lanzo al aire una mirada como de vidrio que, ay, siguen confundiendo con la lágrima. No me importa el malentendido porque, muerto, todo se relativiza. Pero tampoco puedo negar las evidencias. Estoy muerto. Fue el miedo el que incitó mi apagamiento. Es mi voz, ahora, la inercia de un viejo castillo lleno de artilugios. En bucle, sonarán en la cabeza del despojo que me sobrevive estas verdades inerciales. Se sentirá ser espiritual que, a pesar de estar muerto, leerá los versos que hablaban del "polvo enamorado".

Muerto en el canapé reservaremos plazas para cualquier viaje. Acompañarás al muerto, ¿verdad que no te importa?

2 comentarios:

  1. Los vivos no conocemos la muerte, porque cuando ella es, nosotros no somos. Pero sí conocemos otras muertes, quizá metafóricas, pero certeras, patentes e, incluso, definitivas mientras completamos nuestro ciclo vital. Conozco muchos muertos que andan, que comen, que ven la tele... Son más de los que nos creemos. Y veo que tú los radiografías con precisión. Eres lúcido.
    Un abrazo.

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  2. ¿Lúcido? No sé. Quizás esa lucidez es solo inercia de los engranajes, palabras enlazadas de serie por la máquina que somos (que es) y en la que habita, ay, el hueco del difunto. Menos mal que hay palabras que vivifican. Un abrazo, Isabel.

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