sábado, 12 de noviembre de 2016

LUCIA BERLIN: MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA



Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento” (L.B.)





       Nunca me ha gustado mentir, Lucia. 
     
      Y para no seguir habitando en la mentira me arrojé al vacío de una noche sin Luna, como un borracho que no encuentra un trago en la casa y debe ir creando un camino de ficción para soñar hasta que llegue el amanecer y abran la licorería. Allí mismo las ficciones se pulverizan como vampiros de corta-pega. Al alba fusilan las ficciones los malos escritores. Y esa es muchas veces la única historia que contar se puede.  

   Pero ahora da igual el caso aunque lo hubo. Si es inviable narrar podemos intentar leer. Y por ese vicio de metadona te he encontrado en un estante. Leerte es mejor que escribir, Lucía. Me has enseñado un poco más a creer en los cuentos aunque no sean mis cuentos. Creer como otros creen en el zen, en  Cristo o en un manual de autoayuda. Reafirmas mi fe siempre en el filo de la navaja.... 

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados” - dices y tiene su gracia la distancia mística (la mística no siempre es graciosa) con la que narras un dolor tan hondo, el horror del bar cerrado, del sentimiento al otro lado de la cama convertido en un túnel sin salida. La letra quebrada sobre la pantalla. Esas cosas tan comunes.

Eres una gran contadora de historias Lucia. No bromeo aunque me mires con indiferencia porque estás atenta a las bombonas de oxígeno que mueves con tu carrito. Parece que te llama más la atención cómo chirrían las ruedas que mis requiebros. Sí, yo también reconozco en ese sonido un aleteo mecánico como de cigarra fronteriza. Siento el EPOC y espalda quebrada. En el conjunto de tus narraciones siento en la espalda la ironía un poco triste del arnés ortopédico que te ponían de adolescente. Y el temblor del alcohol en la noche oscura de las separaciones. Lo percibo todo en el interior de la boca, subiendo por la parte de atrás de mi cerebro aunque nada tenga que ver con mi vida real, ay Lucía, la real vida. Que tú me hermanes en esa experiencia, que la conviertas en experiencia común de la humanidad, es algo que te hace grande. Para ello, dices, exageras con verdad inmensa e intraducible. Luego te ríes al oír la palabra auto-ficción y con elegancia mejicana dejas que caiga el prefijo.

Vivimos en el mundo y eso, a nadie, debe importar demasiado. Lo relevante ahora, Lucia, es el paseo por esos lugares  prosaicos y sublimes que son tu escenario.  El Paso, Albuquerque, Oakland, Ciudad de México, Chile. Contigo de guía se me ha quedado la sed hospedada en la garganta. Es la sed de la madrugada de aquel señor de las mil y una noche. La sed que ahora sabe a fármaco, a distensión de morfina, a vino dulce mezclado con jarabe, licor de sexo ausente y silencios. 

    Pero todo esto es anécdota. Dan igual ahora las alegrías y tristezas. También es irrelevante el recorrido vital por relaciones familiares o sentimentales desestructurantes y desestructuradas, parejas que nos enamoran, matrimonios e hijos.  Prima facie de tu escritura me seduce el arte de esa escritura. La extraña tecnología. El estilo. La artesanía de la contadora que me saca de mis casillas podridas ¿No soy sensible al dolor de los personajes? El arte es el modo que tengo de sentar a tus personajes a la mesa. Así los hago reales siendo como son tan extraños a mi real vida.  Empatizo con el dolor de los desgraciados en la madrugada a través del estilo de esas frases tuyas que cortan el lugar común y se desmontan a sí mismas con chispeantes cambios de registro, comparaciones que hacen sonreír, ironía que invierte las lentes sin cambiar de párrafo. Y siempre la inmensa ternura de las cosas, mi diosa haciéndose presente. Ternura en lavanderías y en el polvo de ciudades mineras, junto a la hermana enferma terminal, en el baile pijo y haciendo el amor en el arrecife.

Tienes chispa Lucia. Me haces gracia. Ya sabes que lo que un hombre quiere de una mujer es que le haga reír. El amor gana al menos como esperanza de volver a intentarlo. Otra copa, pues, y aunque yo también exagero en estas letras - esas letras que nadie leerá Lucia - una cascada de lágrimas que no se dejan poner nombre y se hace llamar, bromista, alegría, inunda mi interior maloliente.

Gracias

Habla la señora  Lucia Berlin:

Me encantan las casas, todas las cosas que me cuentan, así que esa es una razón de que no me importe trabajar como mujer de la limpieza. Se parece mucho a leer un libro"
“Las parejas mayores tomaban café y leían o hacían crucigramas. Sus conversaciones eran breves, monosilábicas. La gente bien avenida hablaba tan poco como la que destilaba rencor o aburrimiento; era el ritmo de sus palabras lo que cambiaba, como el vaivén perezoso de una pelota de tenis o los rápidos manotazos para espantar una mosca”

“(El abrigo) tenía un cuello de pieles. Ah, las pobres pieles apelmazadas, en otro tiempo plateadas, amarileaban ahora como las patas traseras meadas de le los osos polares en el zoo” 

“Son preguntas inútiles. La única razón por la que he vivido tanto tiempo es porque fui soltando lastre del pasado. Cierro la puerta al pesar a la pena al arrepentimiento”

“El mundo sigue girando. Nada importa mucho, ¿no? Me refiero a importar de verdad. Sin embargo, a veces de pronto, durante apenas un segundo, se te concede la gracia de creer que sí, que importa muchísimo” 

“ Una cosa sé de la muerte. Cuanto “mejor” es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte” 


“ Mamá, tú veías la fealdad y el mal en todas partes, en todo el mundo, en todos los lugares ¿Estabas loca o eras una visionaria? Qué más da: no soporto la idea de acabar como tú. Me da mucho miedo, estoy perdiendo el sentido de lo que es... precioso, verdadero”



LUCIA BERLIN: MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA
(selección de relatos de Lucia Berlin, 1936-2004). Alfaguara. 2016

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