martes, 26 de febrero de 2013

Psicopatología de la vida cotidiana. Mi hombre sapo


Sapo corredor (Epidalea calamita)

Un  sapo parlante habita interino el espacio que media entre mi lóbulo frontal y el cráneo. En ocasiones admite la forma de ladrillo, metamorfosis mineral en la que oculta sus periodos de sueño. Su apariencia pachorra puede provocar gracia y vómito, en el modo simultáneo, pero es solo un pequeño engaño para alejar nuestra atención de su labor de zapa. Como debe aliviar su vejiga, me dice, necesita trepanar mi cerebro y colocar sendos tubos justo encima de la ceja y, menos agresivamente, tomar en prevención el espacio que garantiza el acceso a la glándula lagrimal. Es habitante de humedales, dice.  Bien es verdad que me deja sin la posibilidad del llanto aunque, como él me dice, para qué quieres tú llorar el llanto por nuestro lagrimal

 El  sapo que, oculto en su avatar de ladrillo ahora descansa bajo mi frente, lleva mis pensamientos y actos por sendas que calculo broma y capricho de sus ocios, pues creer que ese es su real oficio es hipótesis  en exceso patológica. Así, por costumbre, me hace llegar a los sitios cuando debía ya salir o, como ayer mismo, me incita a salir feliz del trabajo una hora antes. No es muy amigo del escitalopram,  al menos en apariencia, y me dice que debo renunciar a la compañía de la pildorita si quiero que mi vida amorosa fluya bajo su divina providencia. Sospecho, sin embargo, que es todo comedia y que mi sapo y el escita comparten cierta familiaridad entre fraterna y viciosa, o fraterna y viciosa incesto mediante.

 Hoy, justo antes de levantarme de un salto, el  sapo me sugería, para aliviar los males del planeta y la nación, la apuesta ética por el suicidio altruista de todos aquellos que tuvieran, digamos, más de cincuenta años. Me mostró gráficos y diagramas a lo Pollock, garantizando la recuperación del empleo a tiempo total y la inversión de los gastos en pensiones y sanidad en políticas activas de lo que sea que hicieran los supervivientes. Le pregunté por las posibles excepciones a la radical medida - sabios, jefes de estado y gobierno, artistas en una segunda juventud... - pero me dijo que no merecía la pena implementar un grupo de reflexión y selección en la nueva hora. El suicidio de todos los mayores de cincuenta sin excepción era justo, por lo arbitrario. ¿Y si alguien no acepta el dictamen? Semejantes antipatriotas y enemigos de la humanidad, me dijo, deberían ser ejecutados y perseguidos hasta el centro de los montes y selvas  en los que se escondan y embosquen. Por lo demás, no está mal para el nuevo orden contar con bandas de avejentados guerrilleros para los telediarios.

 Le pregunté por su edad. Mi  sapo-ladrillo me dijo: soy poco más que un niño.

3 comentarios:

  1. Maravilloso aunque/y terrible.

    Todo, la existencia del sapo, el escitalopram, el suicidio a los 50.

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  2. Maravilloso y terrible, dicen, es la vida y algunos de sus aledaños. Leí que dejaba sitio en su blog para el silencio. No se lo aconsejo. El silencio es terrible y maravilloso(aunque maravilloso).

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    1. Así es. Como no sabe una nunca cuando le dará por salir del silencio. Ni por qué.

      O sí ;)

      Un placer leer este blog. A veces, imagino, precisamente porque no entiendo nada o entiendo lo que me da la gana.

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