viernes, 15 de febrero de 2013


Tracey Emin:Mi cama


   Debería levantarme. Echar las sábanas hacia los pies de la cama hasta convertirlas en una cordillera que circuncide el horizonte y subraye el altiplano de un colchón en el que se borrará lentamente la huella de mi cuerpo. Abrir un rato la ventana no hará mal a nadie. Lo primero ducharse y dejar que el agua caliente resbale por mi piel mezclada con el gel de baño. Cambiarme luego el vendaje y ponerme unas bragas limpias. Creo que en el armario debo tener el vestido estampado que me regaló Miguel las pasadas Navidades. Sus flores arderán muy tristes y lindas en el fuego aunque es ese placer que deberá reservarse para cuando tenga otra cosa que ponerme. Mientras miro mi cara en el espejo, sin insistir, pensaré en la clasificación de todo lo que tengo que tirar a la basura y que ahora impera como señores de la guerra espectrales a los pies de mi cama. Vidrio  plásticos y papeles, residuos orgánicos. Vestida y con el pelo aún mojado seré capaz de encontrar en la cocina algo que no esté caducado ni duro ni enmohecido. Tengo la esperanza. O mejor: desayunaré fuera, recibiendo la sonrisa del camarero y su mudo interrogatorio sobre los moratones de mi cara, mis ojeras, en fin, esas cosas que podría disimular si hubiese tenido la feliz idea de comprar maquillaje. Al abrir el armario del cuarto de baño sé que comprobaré que no queda ni una brizna de hierba roja en el pintalabios. No en vano llevo una semana contrastando esa pequeña dejadez. Saldré sin maquillar a la calle y obviaré el interrogante del camarero. Quizás no haga sol y deje el paseo para otro día. Con paso firme saldré del taxi y entraré por las puertas amplias del hospital, bloque cuarto segunda planta. Allí la doctora López me comentará los resultados del último análisis, las huellas traducidas de punciones diversas y cartografías de máquinas frías. Decidiremos, siempre usa ella ese plural en el que me integra en su grupo experto, si hay que insistir con alguna nueva terapia. Me habló hace unas semanas de la posibilidad de una nueva intervención. La definitiva. Miraré al cielo y la doctora y yo nos encontraremos en mitad de una sonrisa que no es ni fingida ni de compromiso. Ver su cara guapa me aliviará más que todos los interferones. Aunque sepa que lo nuestro no tiene futuro y que aún queda la última operación. Mañana.

 Tal vez dentro de un par de minutos me plantee de nuevo que debo levantarme de esta cama.



3 comentarios:

  1. me pregunto si caminamos y estamos despiertos ni la mitad de las veces la cara encuentra versario parangonable al que, sueña. O se mantiene cercado con un infinito sobre la boca. de la época aprendiz –o todavía adjetivo de un cuerpo sin pavura, recuerdo las largas horas tendido, aún sol y juegos, sobre un baúl a modo de cama, empotrado en un armario. Hileras de novelas entre las manos, y mucho tiempo empedrado. no sé. este “debería levantarme” sacó del baúl al que no quiere. // abrazos L.

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  2. Hola señor L:
    Desde que ha cambiado tu gélida y solitaria isla por la ciudad, sus entradas han mutado también. Están llenas de gazapos punzantes y rodeadas de cristales rotos en punta, de esos en los que casi se adivina la sangre de todo aquel que ose invadir la propiedad ajena.
    Debe ser el invierno, el frío … y el contexto social tan sombrío y amenazante con el que nos está tocando apechugar.
    Menos mal que nunca ha dejado de volver la primavera …
    La L de muchas cosas ... pero no de lúgubre.

    Un abrazo de dos vueltas señor L y espero señales mejores!

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