martes, 20 de agosto de 2013

La imperiosa necesidad de escribir una del Oeste




No es que tenga demasiadas ganas de contar mis inquietudes internas ni que estime que cabe sacar de todo relato una categoría, moraleja piadosa o entretenimiento. Esta es una simple historia de esas que apelan a la propia vida para legitimarse a través de la prostitución y que suele ser lo que se vomita después del "si yo le contara", condicional perverso y hortera que viola sin escrúpulos toda la literatura que uno estima digna. En el fondo creo que tampoco estamos ante una confesión o terapia, aunque eso nunca se sabe con las gentes que militamos en el borde de la alienación. Un poco de exhibición, sí;  un quinto de mala leche agriada en el hartazgo veraniego, se le supone;  una pieza de ternura entresacada de la banasta de frutas postcongeladas y desaromatizadas del súper, eso va de oficio. O algo así.

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 Yo, de niño, me juntaba en los recreos con mi amigo X  junto a una piedra de esas que sirven a los viejos para sentarse y tomar el sol del invierno. Allí  simulábamos que se encontraba nuestro gran almacén de objetos de aventura. Las pistolas, la cartuchera, el caballo, el winchester, la cantimplora y la manta india o mejicana para proteger la montura. Luego salíamos a correr por el inmenso patio. Lo hermoso, al menos para mi,  no era la cabalgada sino ese encuentro en torno a la piedra, la propia existencia del almacén secreto. Los preparativos del viaje por el desierto me hacían disfrutar más que el lento recorrido por los caminos polvorientos o las batallas ganadas. Ese ha sido siempre mi sino. Me fascinan los preámbulos, sobre todo los que no llevan a nada.
Por cierto: si  quieren localizar el escenario de mis juegos  y hacerse unas fotos,  - sé que  hay gentes que persiguen ensoñaciones literarias en la realidad - nada más tienen que ir al Hospital del Rey, zona ahora universitaria en la ciudad de Burgos. Detrás de los edificios modernos, en un placita que aún conserva las viejas casas de mi niñez  y a la que se accede por un bonito arco, tuvo lugar la aventura que ahora he convertido en letra escrita. También merece la pena decir, aunque ya es imposible visitar, que en el interior de ese arco de entrada vivía mi barbero de los cinco años, un señor con pluma y pájaros y peces, dueño y emperador de  una habitación misteriosa en la que yo entré solo un par de veces,  espacio separado por unas simples cortinas del salón de corte de pelo pero que conformaba  el muy distinto mundo abigarrado de las maravillas. 




 En aquellos mismos días, en el inmenso placer de buscar el sueño, cuando me metía en la cama también fantaseaba con  el almacén del pistolero. En este caso, cuando cerraba los ojos a la espera de la bendita inconsciencia, imaginaba una gran cueva en la que me refugiaba todos los días. Esa cueva estaba llena a rebosar de los objetos típicos de la aventura del Oeste y de otros miles de cachivaches. Me recuerdo vistiéndome de vaquero, colocando las pistolas en su sitio, ajustando el cordón de las cartucheras. Lo que no me viene a la memoria es verme salir más allá del umbral de la caverna-general store.  Sí, miraba a lo lejos y me quedaba abobado contemplando el amplio horizonte del atardecer o del amanecer. Quizás porque en ese momento me dormía nunca fui jinete en las grandes llanuras ni me enfrenté a los pieles rojas que, se cuenta, corrían a pelo por las praderas.

 Esas experiencias creo que están en el centro de mi persona y, sin necesidad de que se sientan ofendidos, de mi voz narrativa. Soy un tipo de almacenes, un cabo furrier onírico. Mi deseo secreto siempre ha sido ser dueño de una ferretería.  Yo escribo inventarios. Me fascina esa cueva en la que poco a poco empezó a haber de todo, lámparas de petróleo, barriles de pólvora, harina o frutas. También telas del lejano oriente y  el hábito ensangrentado de un misionero martirizado por los chinos. Peces de colores en recipientes de cristal esférico. Pájaros tropicales, sillas sobre sillas, envolturas diversas, polvo y redes de arañas meditantes. Una infinita barricada.

Uno es así. No he tenido demasiado valor para salir a las grandes extensiones. Han brotado de mi lengua mil excusas para no salir.Por ejemplo, no puedo dejar a los peces solos.

 Pero leyendo una novela de intriga (Miedo de Jeff Abbot) he pensado que a lo mejor lo que siempre he deseado es escribir una novela del oeste o, en lo que es lo mismo aunque mejor, una revisión de la aventura del mago de Oz.  Viajar, salir ahí fuera y arriesgarse a actuar impropiamente, traicionando los deberes y los valores, dejando a los peces morir porque uno está tirando los tejos, desde hace ya diez días, a una pelirroja que baila can can en el salón recreativo y que, además, es experta en Spinoza.

 Malditos secretos que se acaban contando.

 Abandonaré la cueva en este mi inicio de una carrera literaria. Y que nadie se ría porque soy un tipo armado con un colt perfectamente engrasado.



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