miércoles, 14 de agosto de 2013

W W Z (La civilización y la imitación inteligente del zombi)


WWZ (2013)



 Debo confesar que descubrir que estamos en plena Guerra Mundial Zombie solo me ha servido para dormir peor y sentir acelerados los efectos colaterales que son de rigor en mi picajosa vida emocional. De nuevo comprendo que ser consciente de uno mismo y del mundo que es el caso, tal y como se empeña en recomendar la filosofía, quizás nos haga dignos pero nos conduce a unas felicidades muy raras, al menos en estos tiempos en los que el dios kantiano que aseguraba el final feliz salió de naja en el el último episodio.

 El poético habitar de mi existencia  en la W W W  no me planteaba demasiados problemas. Sí, acepto que la mala conciencia drogadicta me empañaba las lentes a veces y me decía, en silencio, que algo malo tenía que tener la www si estaba tan rica. Pero, ¿quién está libre de vicios? Además, si yo podía ser objeto de seguimiento por parte de los servicios de inteligencia o las Compañías , ¿qué me podía importar? Creo que la perspectiva me llenaba de orgullo porque no acababa de entender qué interés podía tener el menda y su achicada vida para esos señores tan importantes. Por eso sentirme espiado me ponía más bien cachondo, de un modo ligero y al modo ancianidad activa, pero cachondo al fin y a la postre. Como los célebres elefantes de la canción infantil, me he estado balanceando en la red con más alegría que angustia.

 Pero la visión de la película WWZ ( World War  Z, 2013) me ha llenado de inquietud. No me asusta  la interpretación política que pueda hacerse del relato, digamos los peligros que en la vida del individuo y los grupos cordiales  - la familia convertida por el capitalismo en la última célula revolucionaria - puede producir la infiltración de lo otro, masivo y reiterativo, homogéneo y desazonante, anónimo y cuantitativo, democrático al fin y al cabo. Tampoco me ha llevado al borde del colapso nervioso asumir que el capitalismo es el gran zombi y que su lógica ilógica nos lleva a la destrucción de los pequeños resquicios de libertad individual . Y no hago mucho caso a la idea de que el orden civilizatorio se proteja solo gracias a los muros (como los del estado de Israel). Todo esto es muy angustioso pero, personalmente, lo que más ha afectado es una cuestión que tiene que ver con el ritmo de las opciones salvíficas..

 La verdad es que,  siempre en la inopia,  no había caído en la cuenta de los cambios de velocidad de los zombis contemporáneos. El zombi que yo recordaba era más bien lento, acartonado en sus andares por la putrefacción que le corresponde a su condición de cadáver. Sin embargo, estos nuevos zombis que nos han llevado a esta maldita guerra mundial tienen todo un sofisticado sistema de tiempos.

Los zombis pueden mostrarse como realidades suspendidas, inmóviles, cercanas a su vieja condición de cadáver. Los movimientos que vemos en la película WWZ cuando el zombi está inactivo, podrían ser los efectos típicos de la corrupción de un cuerpo, según nos informa la ciencia forense. La propia corrupción de la carne, la generación de gases y efectos mecánicos, crea esos movimientos compulsivos, torpes. Todo muy natural y, si se me permite, humano. Pero cómo cambian las cosas cuando detectan algún ruido o movimiento violento. Su excitación es tan brutal que pasan de cero a cien en muy pocos segundos, haciéndose capaces de hazañas inmensas -propias de animales sociales perfectos como las hormigas -,  como la superación de los altos muros  de Jerusalem o la creación del atrapa helicópteros que vemos en la imagen  de arriba. Toda una instalación.

   Si los zombis paralizados me recuerdan a las esculturas de Juan Muñoz deterioradas por el paso del tiempo pero con un encanto zen,  los zombis excitados por el ruido me parecen los antihéroes, figurativos solo en apariencia, de un cuadro expresionista,  una de esas acciones pictóricas y medio derviches de Pollock ante el lienzo. Pero mejor lo ven:



 Juan Muñoz


Jackson Pollock




WWZ
 Me sorprende la velocidad de infección del carácter zombi.  La humanidad está perdida a ese ritmo. La película, finalmente, encuentra una opción salvífica no sé si definitiva. Al parecer, los zombis son estructuras como aquellas que imaginaba Richard Dawkins en su gen egoísta: organismos instrumentales, cuerpos que solo buscan el contagio masivo. Por eso, la violencia sobrehumana de su movimiento nos revela la presencia de una fuerza de muy difícil contención. Así se comprende que, en la mutación zombi, los enfermos sean ignorados. Literalmente no existen en el campo perceptivo de los caminantes porque han dejado de ser posibles receptores de la mutación. Por eso, la respuesta civilizatoria ante la barbarie zombi no puede fundarse en la creación de guetos y la construcción de murallas  sino en enfermar todos juntos, asumir que la no-perfección y la muerte nos salva. Casi teológico.

 Pero yo casi prefiero subrayar otro camino. Imitemos al zombi, salvémonos en la apariencia. Seamos una recreación zombi en su estado no agresivo, cuando se mueve lento como un actor de teatro polaco. Que esa teatralidad sea nuestro camuflaje inteligente. Eso podemos hacerlo y ganar al monstruo por abajo, en su estado mínimo. Por eso propongo:

Lentitud,

evitación del ruido,

vivir en los delicados ritmos poéticos, lejos de las grandes sinfonía tecnológicas que tanto excitan a los enemigos.

Ser uno de ello, camuflado en el estado de larva de la muerte.

 Despacito.

 Ya dijo Nietzsche en algún sitio que todo lo que ha merecido la pena en la civilización humana ha exigido tiempo de disciplina. Vosotros, hombre superiores, aprended a tardar más de un día en alcanzar los objetos de la cómoda, y toda una semana para bajar al supermercado.

Despacito.



WWZ

Lo dicho. Y que viva la revolución que, esta vez sí, nos permitirá ganar la guerra.

2 comentarios:

  1. ¡Jajajaja! Pero qué maravillas hay que leer.

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  2. Oh, me alegro de la experiencia. Y que la vida te libre de los muertos vivientes.

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