martes, 8 de octubre de 2013

el último elvis (Armando Bo, 2012)





    "El hombre, como si dijéramos, ha descubierto un nuevo método para adaptarse a su ambiente. Entre el sistema receptor y el efector, que se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él como eslabón inter­medio algo que podemos señalar como sistema "sim­bólico". Esta nueva adquisición transforma la totalidad de la vida humana. Comparado con los demás anima­les el hombre no sólo vive en una realidad más amplia sino, por decirlo así, en una nueva dimensión de la realidad (Ernst Cassirer: Antropología Filosófica)


  Es difícil ser el Rey cuando se vive en la mugre y la casa o la patria o el mundo se desploma. Pero, a la postre, supongo que hay cosas más difíciles. También puedo aceptar que, para muchos de ustedes,  sea una evidencia que  hay que ser un poco caradura - o directamente hijo puta - para malgastar los muy escasos bienes monetarios en  pillar avión, hotel y pack todo incluido para visitar Graceland,  mientras tu  hija y su madre hacen equilibrios para llegar al final de mes siendo, como son, criaturas razonables, austeras y buenas sin ser idiotas.  Ser Elvis en Argentina, como nos propone Armando Bo en su película, no es fácil y, aunque uno espera que existan otras sendas posibles para salir del pantano, sin embargo es modelo lindo y digno a su manera un poco épica. 

 Quizás sea la única salida para los desvalidos.

 Hay personas que solo viven, en el sentido ético de la palabra, si actúan y convierten el show en el eje de sus existencias. Cualquier atisbo de autenticidad  rasgaría las venas porque, no lo duden, hay autenticidades que hieden y solo en la ficción se redimen. Dice Elvis en la película que algunas  personas  nacen con un don y, como el amor de San Agustín, ese don justifica las actuaciones y las llena de peso épico, lírico y ontológico.

 Hay personas que no tienen don. Por eso, si se tiene, es brutalmente indecente no tratar de obedecer a la llamada. Por amor a los no favorecidos.

 El don,  en el caso del que hablamos, es la voz y la palabra de un avatar de Elvis que a punto está de alcanzar los cuarenta y dos años, edad juvenil casi para el que no sabe mirar,  aunque nosotros, más listos,  sabemos ahora que es terminal. Y en la película, antes de que la escena del cumpleaños nos revele el momento, ya sabemos que el protagonista está a punto para la metamorfosis final, el último concierto, el que le llevará a convertirse en un padre y marido un poco más ejemplar a los ojos de todos o , si esa no es la senda, la mutación nos llevará al destino... el absurdo 

 El don eleva la cultura popular industrial que, de suyo, hace cuerpo y monta la alienación en el mundo de la vida, a un rango que la convierte en artefacto de liberación. El último Elvis real, allá en Las Vegas, sudando barbitúricos y anfetaminas, nos muestra la inminencia cínica del final de la rebeldía. La voz se había convertido en la cáscara de cartón piedra ....

We are the hollow men

We are the stuffed men

Nuestro Elvis argentino es, por contra,  cambio cualitativo y  punto de fuga. El pop  - ¿aquí sí cultura del pueblo, aquí sí de veras popular? - entra como "eslabón simbólico" que todo lo interpreta de un nuevo modo, ofreciendo la dignidad de ser Elvis a un  tal Carlos Gutiérrez, nombre que el protagonista de la película dice bajo y oculta del mismo modo que un transexual  susurraría ante el policía que le pide filiación que es Manolo o Antonio. El don nos ofrece destino aunque exige brutales sacrificios. Pero hay contrapartidas. La hija de nuestro Elvis asume el don de su papá. El sandwich de mantequilla de cacahuete con plátano, la santa hostia en el templo Presleyteriano, que ofrece Elvis a  la niña, convierte a esta en la mismísima Lisa Marie Presley.

La niña, sentencia el padre, también  tiene don. Y, por eso, comprende el destino de su padre bajo la forma de conocimiento directo, la intuición intelectual platónica, el temblor ante el Arquetipo.Allí donde las princesas comprenden el tremendo poder de las canciones.





 La película de Armando Bo ofrece una textura, tanto en la imagen como en la narración, de suave granulado, como si pudiéramos colocarnos unas gafas de ternura para contemplar la realidad de los hospitales, las agencias de empleo, las verbenas de barrio y los asilos, las casas que necesitan reforma y las carencias. Más aún, casi sin ser conscientes, el atrezzo de la película  nos deja colgados en 1977. Nada más miren las viejas lavadoras,  el coche, el televisor, la decoración de los espacios. La película puede que esté "datada" en el hoy pero el mundo que abre consigue colarnos el eslabón simbólico del día en que murió Elvis.

Poseídos por el don, sabemos que hay otras opciones pero, entre todas ellas, aparece la de no tener otra opción que cumplir con el propio destino cuando uno ha tenido que entregarse a él para salvar la dignidad.

Por lo demás, supongo que es indiferente vivir en el 2013 o en 1977.

En 1977 yo tenía quince años.

Y en muchos sentidos, allí habito. Simbólica y realmente, allí habito.

 Soy el último algo... que ahora no recuerdo. O tal vez no tenga ningún don y sea solo veleta oscilante.

Y, como el protagonista de El último Elvis, yo quisiera que mi don, si lo tengo, pueda servir para cubrir con una manta suave los hombros de la reina Priscilla y la princesa Lisa Marie.

Tampoco es mal destino poder arropar a la princesa.



(Todas las imágenes de "El último Elvis" de Armando Bo)



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