sábado, 1 de marzo de 2014

Deseando amar (In the Mood for Love --- Fa yeung nin wa ) La magnificencia de los años pasa como las flores




No hay conversación en la película. No se rompen las fronteras de la enorme distancia que separa una puerta de su vecina. Un ladrillo tabiquero es el espacio de los años luz. A cada lado, espalda contra espalda, los protagonistas son signos de un deseo humillado por algún otro deseo más sombrío. Nadie se suelta la soga del cuello como si todos quisieran morir ahorcados para mayor gloria de algún dios.

 Las palabras se sienten arrinconadas por los gestos y su lentitud en idéntica medida a como lo hace el deseo de bajar la cremallera del vestido.  No hablar: el inquietante precio de la estética. O, de otro modo,  subir y bajar la cremallera a distancia quemándose en el hielo hierático del movimiento de las caderas. Se  asciende y desciende por unas escaleras en las que intentamos girar levemente la cabeza para ver la belleza de aquel con el que nos encontramos. Tan extremado el disimulo que nunca apartamos la vista del frente. El vestido nunca cae al suelo; se ve siempre ajustado al estilizado cuerpo.  Palabras arrinconadas





 Pero, ¿quién soy yo, cuáles son mis credenciales,  para cuestionar la historia de un amor que no se consuma sin que por ello deje de devorar a sus protagonistas? ¿No es el amor consumado una contradictio in adjecto? En la distancia del que mira,  aunque en el fondo yo también esté a mis cosas,  constato que se abre el hueco de la posibilidad de acceso que titula el deseo. Se abre así la película y con ella un hueco para el amor entre puertas de vecindad, calles y escaleras. Sin embargo, en ese hueco se derrumban la rigidez de las formas, las voces como coro censor  y los  trajes femeninos tan estilizados que parecen corazas. En alguna escena vimos, bajo la cama, unas viejas zapatillas de esas que se nombran como "de estar por casa". Sin embargo  ganó el rigor de los tacones que machacan los pies de la mujer (por amor a la estética o a la decencia).  Duele el pie que no se ha descalzado y llega el dolor hasta las lágrimas del hombre que descansa sobre los muslos de ella  y  acaricia los tobillos.

 No se elige el momento de amar, dice él bajo la lluvia. Sí se elige convertirse en flor seca en el interior de un tubo de vidrio. Brota el sentimiento de un modo tan lento que podemos dejar el jornal en el local de los tallarines, subiendo y bajando las escaleras,  haciéndose ver por el otro en una danza infinita . No se elige, pero, en un punto, se hace nombrar bravo e inconmensurable el amor, siendo como es, el mismo deseo y toda su fuerza. Sin embargo, elegido o no, el ímpetu es frenado por lo que se desmorona: la rigidez, las voces. Todo podría haber sido distinto si....

Mientras tanto - todo pasa mientras tanto -  nosotros vemos cómo los protagonistas ensayan  las escenas de los otros, el perverso  juego de la contención y del simulacro,  la falsa rectitud moral ("haremos como que somos ellos pero nosotros somos distintos"). No puede cobrar cuerpo la dramaturgia. Pervierten el arte en su represión, se castigan el pecado de los otros. No follan es expresión demasiado simple porque en nel fondo da igual si el director nos ha querido evitar la escena.  Mejor decir que se muestra una violencia en la que los dos amantes golpean con la olla de los tallarines el sentimiento hasta dejar su rostro irreconocible.

No hay éxtasis, ni risa. Nunca se sonrojan de veras y con ganas.  Hay inmolación en la decencia que, cuando pasa el tiempo de la historia, nos parece la mala de la película. La decencia: subir y bajar las escaleras mientras suena,  repetitivamente,  la misma música, ya seria, ya en ironía doliente (Nat King Cole: quizás, quizás, quizás)




Podría alguien decir:

     ¿Sabes una cosa? Tú y yo nunca viajaremos a Angkor Wat.  Ni tú ni yo recorreremos las calles de la vieja ciudad  de los dioses. No podemos hacer planes y la magnificencia de los años pasará como las flores. Contaré el secreto a un árbol de piedra y taparé con barro la pequeña cueva en la que hacen ecos esas palabras que no son posibles, que nunca han sido posible, porque se han visto arrinconadas por la lentitud de los gestos, por las escaleras que se suben y se bajan.  Pero cabía otra respuesta, lo sabemos. Aunque nunca podamos  viajar Angkor Wat cabe romper el tabique, despedir a la decencia, abrir una herida de luz, conversar.


   


Todas las imágenes de la película   Fa yeung nin wa Deseando amar, (Wong Kar-wai, 2000)

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