domingo, 3 de abril de 2011

en su existencia estúpida tiene libre acceso a todo lo que desea

       "La realidad en sí misma, en su existencia estúpida, nunca es intolerable; es el lenguaje, su simbolización, lo que la hace tal".

     "El sujeto melancólico posee el objeto, como el ávaro, pero pierde la razón que le hizo desearlo. Lo más trágico es que el melancólico tiene libre acceso a todo lo que desea, pero no encuentra satisfacción en ello" (Slavoj Žižek: Sobre la violencia)

18:40(hace nueve días) :  No soy un sujeto melancólico. Soy un sujeto estúpido y, supongo, tolerable, porque en desgarrones de diverso fuste, he perdido el mundo, el lenguaje. Tampoco es verdad que sea un sujeto estúpido (la hipótesis ha durado una línea) porque la estupidez es un grado cero del alma y (yo) ya no estoy allí. Mis pensamientos se diluyen ensalivados por los gusanos de la desazón que atacan - por este orden - a mis muñecas, mis hombros y  mis muslos. Juego con el lenguaje  como la princesita juega con el recuerdo de su príncipe ausente, ese guerrero que todos - menos la princesa - saben  chorreando la sangre de otros y violentando haciendas. Mi horizonte hermenéutico es una sombra que no apaga el deseo pero tampoco lo incita y que me deja espìritualmente en  stand by ,  convertido en carne en la que juegan los nervios agusanados. El lenguaje es ahora sólo biología de neurotrasmisores y tubos comunicantes.
 
La princesa se marchita y mira el horizonte en el que nunca aparece nadie porque ya nadie puede aparecer en su ceguera. No somos melancólicos - ni la princesa ni yo - porque no tenemos acceso a lo que deseamos pero tampoco lo buscamos ya en el otro, en el modo de la envidia y el rencor. Huérfanos del lenguaje dejamos que las palabras muestren la oquedad, la textura común que las une a los huesos. O, simplemente, dejamos de producirlas y callamos. Son  actos de idéntico peso, similares en autenticidad.

18:54 (hace nueve días): La leona devora al joven nubio. Desde el verano esta imagen habita en una esquina de mi cráneo - en verdad, la imagino mucho más grande que su referente real (7- 10 centímetros) y siento la irrelevancia de este dato. Me place la pasividad  de todos los protagonistas del relieve y  el debilitamiento plácido del corazón en la mamada yugular vampírica. Las flores, los papiros del fondo, se nublan en la lente que crean las lágrimas y la saliva. Una fuerza nos lleva a la vida y la muerte; sentimos su intrascendencia.

 9:50 (ahora): Vivir en espejismos que sólo se desmontan si nos debilitamos hasta el punto de imposibilitar su escritura. Ese es el punto de la mística con el que mi alma siempre ha asentido. Luego queda el después, el retorno, la reconstrucción de lo experimentado cuando  no había posibilidad de lenguaje ni de mundo. Y volvemos a los espejismos, lo de siempre. La crisis de los últimos espejismos que me habitan voltean el rencor  hacia  aquellos que explotaron el globo (aunque debiéramos, en una economía de la verdad, besar sus manos y cubrir sus cabellos con perfumes) y la envidia hacia esos otros que sonríen en la plácida fantasmagoría (el envidioso envidia al que no merece, en la economía de la sabiduría, envidia).

 Veo - siesta en medio - SEVEN. Me parece interesante que el ciclo de las ejecuciones ("performance") de los siete pecados capitales lo termine cerrando el policía Brad Pitt - Mills.
 La hermenéutica (no sabemos si hay tal o el loco es realmente un loco) se compone a través de los escenarios criminales, reconstruidos por el artista y enlazados como le convienen. La secuencia de crímenes no es un relato previo a su ejecución porque, de hecho, el asesino cambia el orden cuando nuevos hechos entran sorpresivamente en escena como secuelas de los riesgos a los que se somete para dar vida a su artefacto artístico-redentor.

 Termina en espiral la secuencia de los asesinatos porque es otro (el policía) el que saca el siete y el atlas se abre a otros. La envidia y la ira terminan el recuento. Gana la ira como ganaron todos los otros pecados en sus performance criminales pero lo hace a través del espectador escandalizado,  el que ha perseguido lo brutal del juego, el héroe que con su último disparo nos hace borrar las líneas de lo bueno y de lo malo, de la venganza y la justicia, el arte y el crimen-mental.

Quito el sonido en la escena en la que Brad Pitt apunta al criminal mientras se narran  las claves del último acto. Los movimientos de la cabeza de Pitt, sus aspavientos de lloro y angustia  pueden parecer ridículos. La ira hace su trabajo con calma precisamente en el héroe. El otro policía, Morgan Freeman, según corre hacia  el lugar en el que está Pitt - el hueco del sacrificio -  más se aleja. Sabe que su última esperanza hecha carne en la joven pareja era una nueva cara del mismo espejismo. 

Podríamos calificar la escena sin sonido  de estúpida pantomima de un Brad Pitt histriónico... aunque se nos diga que es metafísicamente interesante. O por eso.

Hace muchos meses que, como el melancólico, he olvidado el para qué de mis palabras y mi pensamiento. 

Son las 10:29   y voy a seguir leyendo Sobre la belleza de Zadie Smith. No es castigo ni pasatiempo. Es lo que hay.

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