domingo, 30 de octubre de 2011

Democratización





La democratización del poder.

 Un cualquiera - quiere el miliciano inútilmente  resaltar su nombre y relatar la hazaña - empuña las armas del dictador.

 Cualquiera puede matar al dragón.

 Cualquiera puede comprender que, cuando despierte,  el dragón seguirá ahí.

 Tristes historias las de los cualquiera.

Inmenso su poder en el anonimato de la historia.

jueves, 27 de octubre de 2011

Gorgiadas (1)


Egon Schiele:  Casas antiguas en Krumau

       En el  Libro de L se narraría  el proceso de  demolición más o menos descontrolado que comenzó - sin saber aquel día que  algo se iniciaba - con un escalofrío zigzagueando la columna vertebral  mientras ele sonreía plácido entre reflejos de cerveza y conversación. Hoy la demolición brota como sospecha (ni  la evidencia ni la probabilidad son el caso) de que el puerto al que llegaba el navegante egótico no se parecía en nada al que figuraba en las cartas de navegación del inicio;  que el país era otro país y el alma no signaba con las cifras de algo que vagamente podemos llamar proyecto vital . El Libro de L es neurótico y depresivo, llega a dudar de la existencia de aquel inicio y de las cartas de navegación que se percibieron. Duda de los últimos veinte años.  Por eso la sospecha se enrosca y termina devorándose en fuego de artificio de estructura alquímica.

 El Libro de L  recuerda  a Gorgias de Leontini  demostrar que nada existía realmente y que, siendo generosos, si algo existiera no se podría conocer ni, aún negando la anterior tesis,  aunque algo se pudiera conocer tampoco se podría decir.  La trama del discurso gorgiano nos enreda en el escuchar y en el eco de esa pasividad oyente  que se torna interrogación diciente que nada dice salvo un ligero susurro. El argumento de Gorgias - más allá del efecto promocional de la Gorgias Enterprise Limited o de la resaca del auditorio - nos deja boquiabiertos porque parece que según se construye  va negando el punto de partida (la evidencia con que alguien decía: Bien, aquí estamos) y los mismísimos peldaños de la escala que nos lleva al otro lado. Tomado en serio, el discurso simularía una demolición del mundo y la palabra y la propia mente que se hace eco de todo. 

  El discurso de Gorgias crea mirada de broma porque no es burla. Se  niega que estamos aquí -porque no hay aquí ni allí ni más allá . No estamos en un mundo conocido y hasta dominado que nos permite destensar los músculos de la alerta. Un caos dulce (pero no por dulce es menos caos) entra por la puerta en el juego de la lógica. Por lo demás, lo que nos comunica el oráculo del sofista es que nada se está comunicando, salvo una sobra de banquete o la  sospecha de algo pintada al carboncillo, un destello en el que el mundo se nos desvela ---- si es que desvelar - aletheia, mostración de la verdad - puede nombrar lo que pasa.

 Gorgias incita a la risa preñada de sombras, guiños de lo siniestro en el rostro del asesino que nace en los sueños como Freddy Kruegger.






 Extraño juego que nos incita a cerrar los ojillos para deleitarnos en la musicalidad de las palabras, en sus reflejos insinuantes que estallan mordidos por los dientes pequeños de las palabras y sus enlaces. Con Gorgias se puede iniciar (¿iniciar?) un ejercicio de mirada oblicua tan cercano al Sermón del Fuego que el otro día nos traía Stalker a las mientes. Decía allí el iluminado:


El Tathagata ha superado las opiniones especulativas, la conciencia de la dualidad, la escisión, el desgarro, la trampa del lenguaje, el infierno del lenguaje, el apego por el que definimos el mundo desde el "yo" o como "mío". Esto conduce al desapego, a la cesación, a la calma, esto conduce a la emancipación inconcebible y a la no mente, a la ausencia de vibraciones corruptas, a la vida sin ataduras, a la respiración libre, a la extinción de las palabras.
»Aniquilado el renacer, apaciguadas todas las vibraciones, no hay más devenir
 Los que escuchamos a Gorgias no hemos apaciguado las vibraciones (amamos el occidente)pero sentimos, en esa mirada transversal por el sí y el no, la noche y el día, el camino del ser (el ser es) y el camino del no ser (el no ser es) que al principio de contradicción le salen agujeros y brillos y sombras. Qué bonito, qué bonito - decimos al oído de la amiga.




viernes, 21 de octubre de 2011

LA EXPERIENCIA ES LA NUEVA REALIDAD




 Escribo el Libro de L. El Libro de L tiene la mayor parte de sus hojas en estado de ausencia - como los descuidos cognoscentes del petit mal - y  no por voluntad del satori  sino por reflejo de los compuestos químicos y la nicotina. Exagerando, claro, buscando quebrar las cosas para que muestren - al par - reflejos hermosos y dislocaciones dialécticas. Meditación que se amanera de un modo impropio de la virilidad griega, sonrosando las mejillas con cremas llegadas del otro lado, sincera a su manera, majo chico y trabajador, L, interrogador del sentido, el hueco del sentido, la baba como estigma del iluminado cuando el ojo es opaco en su ceguera y no hay sitio para lo profético. Voz ausente, en ausencia. La voz de L no viene del desierto sino de la red masiva,  esa superficialidad lineal que se ahueca en simulacro de idea, de profundidad (oh). Qué aburrida es esta revolución de las ondas TIC. L clava sus uñas, si el caso es tener una fe cualquiera, en la rebelión biotecnológica.

 L es la última letra antes de la penúltima excentricidad, aroma entre cursi y póstumo. Deslegitimada la lucha armada y la guerra santa, muerto Gadafi en extrañas circunstancias, la única cosa merecedora de atención es  el fileteado de la experiencia, la espuma de aquel al que llamaron yo, sea para el caso L mayúscula aún pero muy pronto minusculada. l tan parecida al 1 o al palo I, identidad confusa que mira en el interior de algo como el vagabundo repasa la papelera. Hágase un cigarrillo de colillas y una copa con el fondo de los vasos para celebrar la revuelta. L hecho filetes - filetes que son de espuma, dicen los carniceros - llega  a paralizarse. L sigue reflexionando sobre el amor en ese estado de alma en pentagrama tridimensional, cinco cuerdas como de guitarra que no sabe de sus posibilidades. 


 Disfruté ayer de un hermoso concierto de piano ensalivado. Envidiaba las manos y los cuerpos de los pianistas, su estilo de vida y que ella- Suzanne Ciani - dijera que una de sus piezas exigía la voz de una cantante taiwanesa. El Libro de  L precisa también de una voz exótica que me espera en el otro lado del mundo, quizás en las arenas de las arabias. Mientras tanto, creo que no todo está tan mal. Así que no sé si dar gracias a Dios por los dones recibidos o rendir honores a la artillería de la NATO.  Las maripositas vuelan en mi alma y  sufro - con el espíritu de mi Mario - algunas crisis de ausencia provocadas artificialmente para que la maquinita las detecte. Lo dicho, el Libro de L agradece a la amable artillería la evidencia de su realidad de sangre y polvo en ese mundo de la red inmaculada. Sea.


Tell me you love me
Tell me that you're mine again
Tell me you won't turn away
Turn like the seasons
Turn back to me once again
Circling all the way







quod erat demostrandum

miércoles, 12 de octubre de 2011

El Libro de L

*
 En el Libro de L podrían encontrar - la posibilidad de su escritura estará abierta hasta que llegue el borrado - narraciones interrumpidas de leve aroma moral y tendencia cursi, sondeos geológicos que se muestran inquietamente escépticos sobre el hallazgo de profundidades y, en fin, osadía que se niega a decir su nombre.

En el Libro de L se cuenta la historia de aquel hombre que, el día de sus bodas de oro, se despertó con la certeza de que esa mujer que dormía a su lado no era (ni lo había sido nunca) la mujer de su vida. Ese bulto que respiraba a su derecha le era tan extraño como el aparato que le insuflaba aire a ritmo de tortura o la tumoración de su próstata. L abrió los ojos y se sorprendió porque todo el mundo se había convertido en un monstruoso insecto.

En el Libro de L se sospecha que el asombro que da paso a la filosofía, la verdadera sonrisa ante la ternura de las cosas o la osadía que rompe la distancia que separa dos manos,  es asunto de viejos y enfermos. Todo lo demás es engaño de la fuerza vital, de las gónadas o los genes egoístas. Decadencia rima con decadencia, y apunta perversamente a la debilidad, esa falta de gana y cojones que nos conduce irremediablemente al asombro y a la sonrisa del gato de Alicia.

Cuando L abrió los ojos esa mañana comprendió que el arrepentimiento bajo la forma de alegre reencuentro siempre estará ahí, como el Cielo para el buen ladrón o el perdón de los pecados. O eso se dice (o dirá) en el Libro de L.

 En el Libro de L,  el viejo L pierde el nombre de la que dicen fue su esposa durante cincuenta años y hasta los apellidos de los hijos y nietos de esa mujer vieja. L sí recuerda a Sara, la amiga de su nieta X, entusiasta al narrar su próxima estancia en Bratislaba, becada por dos años en el centro de la vieja Europa, a un paso de la tentación oriental y oliendo aún la Suma Teológica del Atlántico Norte. L recuerda a  Sara  en tanto  brillo de la piel (y no por sus palabras retumbantes). L ve brillos de tacto y  pierde letras y nombres Sabe que esa que duerme a su lado y soporta, como él, el ritmo totalitario del CPAP (Continuos positive airway pressure) es tan extranjera en su nueva patria como todas esas fotos que relatan la ficción de su pasado. L recuerda el nombre de Ana y toma en sus manos unas manos largas y sarmentosas que hablan con susurros. Ana es un trapo sobre una  silla eléctrica. Huesos y piel apellejada. L y Ana miran los dibujos que una vez salieron de los ojos de ella. Y allí está la patria, se dicen o se dirían o se dirán mañana, o esta tarde, cuando L se levante y comunique a todos su extranjería, el arrepentimiento, la constitución de la nueva república.

 En el Libro de L se argumenta -  de manera creo que convincente - que la búsqueda transustanciada del oro alquímico debe frenarse en el momento n-1 (siendo n cifra de nuestra tontuna) para retornar antes de que sea demasiado tarde, antes de lo póstumo y agotado, a los brillos mate del cobre. El místico que purifica su mirada para visionar el Espíritu debe regresar a la morada de la carne y subvertir todos sus logros (logos + ogros) en la gotita de líquido seminal que apunta en el flácido miembro de L al marcar con el arado las fronteras de la nueva Roma.

 En el Libro de L se graban ritmos y danzas en esa gota seminal y casi póstuma.

 El Libro de L es católico en la creencia dogmática de un arrepentimiento de última hora que nos salve o nos condene. El Libro de L, tan parecido a unas memorias, desconfía de éstas y de sus recuerdos. Vive un presente desmemoriado. En el núcleo duro y gris de la bicefalia se añora la blanda caricia de los colores.