martes, 9 de octubre de 2012

De coleccionistas y museos


"Es curioso advertir la peculiar pasión con que los nazis se entregaban a formar museos para perpetuar la memoria de sus enemigos. Durante la guerra, diversos servicios compitieron desaforadamente por alcanzar el honor de formar museos y bibliotecas antijudías. Gracias a esta curiosa manía se han podido salvar muchos tesoros de la cultura judía europea"
(Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén).

Decía el ilustre Mustafá Mond que los coleccionistas de sellos constituyen la columna vertebral de la sociedad. El filatélico carece de la estúpida manía de pensar en términos globales y de abrir el campo de percepción más allá del objeto mismo coleccionado. Su ética del cuidado atiende a la inmediatez del objeto   y a su ubicación contextual en las no menos interesantes reglamentaciones postales, cima de la literatura burocrática. Un sello con la impronta de un régimen en sus momentos iniciales, es decir, el sello impreso por el antiguo régimen degenerado y sobre el que se estampa la huella del nuevo, el sello que signa el cambio en los reglamentos, parece que tiene más valor por su rareza. Pero no nos engañemos. Su rareza es prueba y certificado de la Normalidad del sistema postal más allá del cambio de criterios estéticos, comunicacionales y políticos.

No sé qué buscan los filatélicos - curiosa la etimología y la polémica que rodea al término - y mis lejanos intentos de llegar a ser uno de ellos no pasaron de ser sendas adolescentes pronto abandonadas sin dejar huella de experiencia digna de ser tenida en cuenta. Parece, desde fuera, que el hombre de los sellos crea un pequeño museo con ciertos aires onanistas pero sin caer en el antipático solipsismo. Carente de experiencia, virgen mi mente de la iluminación que convierte a un ser humano en coleccionista, no sabría decir si el filatélico atiende a los papeles timbrados por la belleza de su dibujo o, ascético, se aleja de las delicadezas de lo bello, siempre sospechosas, y se encomienda la misión de ordenar burocráticamente series, anomalías postales y horrores diversos de la comunicación humana. Armado de un espíritu fuerte, dispuesto a vencer la tentación de lo abstracto y lo bello, el hombre de los sellos quizás pueda coleccionar lo que desprecia para, precisamente, subrayar el orden de las comunicaciones. Las almas decadentes no comprendemos la ascesis.

Me gustan los museos pero, sin duda, me falta algo en el espíritu para ser curator o alma comisaria y conservadora. La gran exposición del Arte Degenerado que organizaron los nazis en oposición al Arte Sano que ellos propugnaban parece, a tenor de lo que nos dice Hannah Arendt, que tuvo mil réplicas y uno se imagina a abnegados funcionarios del Reich creando pequeñas colecciones de mugre antiaria. Que esas colecciones salvaran la memoria de los perdedores es cumplimiento de la sentencia de Mustafá Mond: los coleccionistas salvaguardan la unidad del todo social más allá de las veleidades de la historia y los cambios de régimen. Haciendo abstención de lo "bello", plantaron semillas de futuras bellezas. Pero esas bellezas de hoy están tiznadas por la sospecha de que estamos en lo mismo, oliendo las huellas y  mascando el innombrable sabor del aliento de un burócrata que nos dice que la victoria sobre la maldad de un régimen se celebra con sus viejas colecciones.

4 comentarios:

  1. Después de leer tu entrada casi comprendo porque yo tampoco he conseguido nunca hacer colección alguna; ni de cromos siquiera. Salvo una obligatoria de insectos que se quedó en la facultad donde estudiaba.
    También tuve infructuosos intentos con variopintos temas que al comienzo encontraba
    fascinantes pero que enseguida veía como una acumulación de cosas que no servían más que para ocupar sitio. Una de las últimas que recuerdo fue hace tiempo, la de fotos periodísticas.
    Así que nunca tardaba mucho en abandonar y deshacerme del montante acumulado.
    Porque también pienso que para eso están los museos.
    Un saludo señor L, que desde que ya no estás me falta la “ficha esquina” de mi Tetris.
    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. Querida amiga: faltan piezas en tetris y, aunque la nostalgia es cosa mala, uno no puede dejar de comparar y encontrar ciertos huecos como de amputación. Me alegra, sin embargo, tu apunte y comentario. Como decía la canción, "quiero tener tu presencia".

    Me gustan los museos pero carezco del autocontrol ascético necesario para abrir una colección. Además, toda colección es sospechosa, aunque no sea la colección de lo despreciado que creaban los nazis. Hay algo de obsesivo y minucioso, una burocratización de la experiencia que el común tenemos con las cosas. Cuando entro en una casa y sospecho la presencia de un coleccionista, tiemblo. Tengo la sensación de que en cualquier momento me introducirá en la guarrería de contarme, sosegado y orgulloso, su manía.

    Sin embargo, con la edad, en ocasiones, siento la tentación de coleccionar algo, cosas pequeñas y ridículas a ser posible. No sé. La edad me hace débil.

    Un saludo y abrazo y beso

    Señor L

    ResponderEliminar
  3. No comprendemos la ascesis y en cambio tendemos, más allá de la huera institucionalización, a destilar en patrias extrañas, la experiencia. Qué curiosas y reflexivas las palabras de Arendt, sumadas al certero texto que añades. Parece que la humanidad necesitara de la acuñación no por inducciones si no por deducción coleccionista. Una rara necesidad de anciano casi. “Su rareza es prueba y certificado de la Normalidad del sistema postal más allá del cambio de criterios estéticos, comunicacionales y políticos.” Como diría Kant “la razón no se adapta al aislamiento, sino a la comunicación”. La razón que desvirtúa e inmoviliza el objeto dotándolo de una ilusión referencial. Un modo quizás, de convertir la metonimia en un arma de clase. Saludos,,,

    ResponderEliminar
  4. Salve cc Rider:

    ¿late en el alma coleccionista una extraña maquinaria deductiva? Decía Arendt, en la obra citada, que hay en Eichmann un elemento "payaso" que solo por lo horrible de las consecuencias de sus actos no terminamos de calificar de tal. Una "deducción payasa" parece una contradicción en el adjetivo pero...¿no debemos de calificar así a todos los intentos de crear el gran museo, el Sistema, la Summa, la Piedra Filosofal, la unidad de los contrarios etc.?


    La deducción ha sido, durante muchos siglos, la admirada cima del pensar. Si ponemos "lo que hay" en la máquina deductiva, parirá verdades incuestionables. La deducción se mueve por el "fuhrerprinzip" desde la premisa mayor - todo es lo Mismo(todos los X son Y) - hasta la conclusión. Hay en la colección de sellos una premisa mayor - la Normalidad del Sistema Postal, por ejemplo - que arrasa todo intento de la rareza, cualquier vocación de romper el sistema postal. Como si la premisa primera absorbiera a toda otra premisa rebelde, como si el espíritu ario incluyera en un momento de su "caída" en la conclusión la realidad de todo aquello que lo niega (lo judío, lo cosmopolita, lo liberal....).

    Esta alucinación del coleccionista deductivo es impresentable y simplona pero, sin saber cómo, acaba tiñendo en su ejercicio de memoria las cosas mismas en toda su complejidad. Notamos el olor del burócrata. El museo ario, que salva la cultura judía, la mancha aunque solo sea porque nos impele a crear un museo (del genocidio, por ejemplo) que esta guarramente unido al anterior museo payaso e indecente.

    Quizás sea que la memoria se quiere deductiva y la narratividad sueña con la secuencia "presentación- nudo-desenlace"

    Saludos amigo

    ResponderEliminar