sábado, 16 de marzo de 2013

Entre la tierra y la luna me quedo con tu cara invertida en el espejo de mi escafandra




En la isla de L ocupamos nuestros ocios con vicios diurnos y nocturnos siempre moderados.  Nadie espere encontrar dentro de los muy estrechos límites de nuestra geografía espacio para lo sublime ni, ay madre, lo terrible. La mayor parte del tiempo estamos con los pies en la tierra y hablamos de lo hermoso que es promover el envejecimiento activo (VER) y la sostenibilidad de las pensiones. Sabemos que ambas son formas de dar por culo con el lenguaje y con la invisibilidad del "buen sistema", violencia anal que consideramos en el límite de lo intolerable que aún se deja tolerar un día más, fórmula esta que usamos los habitantes de L para mostrarnos un pequeño guiño de crítica libertaria sin ofender a nadie y dar cuenta de que estamos colocadísimos de miedo y bienestar(estado de) pero que aún nos queda un fondo como de inteligencia.

  Porque las tormentas del exterior llegan a L, no se crean, y ni solipsistas nos dejan ser. Estamos jodidos como los demás aunque no por eso confiemos en el Papa Francisco, en la Unión (sea lo que sea) o en el movimiento de las cinco estrellas. Que no todo es igual pero, ya se sabe, pagan justos por pecadores y, después de la sodomía, ni la mano pura del santo pontífice nos hace dejar de sospechar en la pederastia aplicada a deshora en el niño que pudimos ser;  el apoyo financiero de la Unión  nos suena a la bayoneta de los soldados que fusilaban a los tipos de Goya en el célebre cuadro y, en fin,  la esperanza de la indignación nos deja sin aliento y con la cara idiota del buenismo que tanta veces hemos manifestado en concentraciones de repulsa y velas encendidas en el faro para orientar a los barcos ebrios.

  Este es el estado de ánimo cuando ponemos los pies en la tierra y nos colocamos con la imaginería mass media.

 Con suerte, con ayuda o sin ayuda de la química, incluidas en la lista de entidades dopantes  la música y los tocamientos con manos y palabras, así y con todo, los habitantes de L nos vamos  muchas veces a la luna. Allí hundimos la cabeza en espacios de pasivo envejecimiento, gozoso onanismo en el que la vida se masturba en nuestra humilde persona y nos hace ser insostenibles para el sistema, para los pies en la tierra, para ellos, los otros, los rostros sin rostros o con caretas.La vida nos está matando y nos dejará tísicos como pago a sus caricias de uñas metálicas y pliegues de vieja.

En la isla de L, mientras tanto, miramos al castillo que hace un ratito por fin han iluminado.


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"Quizás me estaba volviendo loco, pero sentía, sin embargo un gozo gnóstico que penetraba profundamente en el corazón de las cosas. Luego, tan súbitamente como había adquirido esa fuerza, la perdí.... me desperté y me encontré en otra parte: de vuelta en el mundo de los fragmentos, de vuelta en el mundo del hambre y las desnudas paredes blancas" (Paul Auster: El palacio de la luna)

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2 comentarios:

  1. Si me oyeras, te reirías, porque no paro de decir "Bravo" y cosas por el estilo.
    Ni en la isla de L ni en el pellejo de las restantes islas o ciudades nos dejan en paz. Y en vez de inventar una revolución acorde a nuestros tiempos, callamos y otorgamos. ¡Intolerable!
    No sé dónde huir, no existe escapatoria.
    Un abrazo, siempre.

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  2. Gracias por el comentario Isabel. Qué complejo es levantar la cabeza del suelo después de toda la carga que hemos asumido o todos los venenos que tomamos. Esperemos que nuestras pequeñas cosas, esas en las que confiamos (como el aroma de la canela), puedan seguir siendo vehículo de resistencia hasta que algún día, quizás, se presente la ocasión de decir cuatro palabras a la historia.

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