lunes, 16 de septiembre de 2013

el embrujo


Takasi Murakami


 Hoy he salido de casa y, sin necesidad siquiera de abandonar la calle en la que habito, he comprendido que el cigarrillo que empuñaba era una versión del colt que lleva el pistolero en las películas  del oeste. La ecuación cigarrillo-pistola, bastante común como saben, hasta esta mañana la consideraba simplista y como traída con alfileres  por los nuevos sacerdotes de la salud. Sin embargo hoy he comprendido su verdad. La súbita impresión se ha visto de inmediato contrastada  cuando me he encontrado con un hombre al final del  asfalto que, aun sujeto por dos vistosas muletas, no soltaba el cigarrillo y disparaba el humo en todas las direcciones,  con un vicio de los que destrozan las buenas intenciones de  una ciudad de tamaño medio. El pistolero estaba dejándose ahogar en el intento de borrar el mundo con su bang bang de humo gris. Considerándolo un peligro para la sociedad, nada peor que un tarado armado, he disparado mi cigarrillo de  humo a su persona, acompañado el gesto por un ug! como de esfuerzo. Le ha estallado el cráneo en dirección a los cuatro puntos cardinales.

 Luego, más adelante, convencido de la buena acción del día, me he sentido embargado por un embrujo oriental que me ha envuelto en un globo de color pipermín. En el embrujo del olor me he visto transportado a un jardín japonés, por lo que se ha visto cumplido mi deseo de visitar el imperio nipón. En medio de una naturaleza primaveral y rodeado de montañas, sin hablar, una bella sacerdotisa del sinto me ha conducido hasta el altar de un pequeño templo dedicado a algún kami relacionado con el viento. El viento, oreado en el país del placer, me ha alterado el equilibrio kármico o como sea que se diga en el orden de las tradiciones orientales a la dulce excitación que le cae, como la lluvia suave, a un viejo libertino que se ha acaba de descubrir en su adicción a los placeres suaves. En ese estado, al margen de la sacerdotisa, he llegado a las cercanías del altar y, allí, me he visto colocando velas devocionales, recordando a las víctimas de todas las violencias y a los que vieron negados o reprimidos los goces. El kami se me ha hecho presente y me he sentido, como nunca, unido a un Jesucristo que era Krishna, un poco en la línea de George Harrison.

 Harrison me ha dicho:

- Tienes que dejar de fumar, tío.
- Lo sé colega - he contestado - pero es que me siento como desnudo sin mi colt.
- Hay otro camino - me ha replicado George - y no te puedes erigir en señor de las condenas. No juzgues, muestra compasión y déjate llevar por el amor.
- No es fácil, tío.
- Hoy has dado un paso. No olvides que lo peor que puede pasar es que te equivoques y, eso, es el menor de los problemas cuando acepta unirse a los kamis del viento.
He vuelto a mis calles y, con el cigarrillo cubierto de rosas, he pensado que no quiero disparar a nadie. Ni quiero que nadie lo haga. Envuelto en mi globo de pipermín y con el olor de los tejos japoneses todavía reciente en mi rostro, me sentía bien. Mejor que bien, como dicen se sienten algunos privilegiados espíritus de los muertos.

 El hombre de las muletas seguía en la calle malherido por el enfisema pulmonar y, además de las muletas, le habían puesto un sistema portátil de respiración. Me ha pedido un cigarrillo y, en mi nuevo ánimo, le he ofrecido  mi último pitillo.

- Toma, hermano. Y apunta bien a los malos.

Me he dirigido a casa y, en la puerta, he cerrado mi globo color pipermín porque no siempre se puede ver el mundo con el embrujo del olor verde.

 No es triste. Los dioses están dentro y fuera del embrujo.

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