domingo, 1 de septiembre de 2013

Miedo II



Goya: Disparate del miedo (1815-19)

 Pienso en la invasión zombi que llega, por el sur, a la ciudad en la que habito. Realmente la opción, como en la novela World War Z, es ir hacia el norte para que el frío paralice la enorme ola del contagio. En Burgos se ha abierto la puerta a los vientos del norte. Burgos zombi, con el Espolón poblado por seres sin alma que buscan contagiar su mal, acabar conmigo, secar mi creatividad y mis emociones en nombre de lo propio y lo impropio.

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El miedo.

Jean Delumeau (El miedo en occidente) reflexiona sobre las distintas expresiones del miedo en la cultura europea , francesa especialmente.

 El miedo ¿por encima de la lucha de clases y de otros motores de la historia?

 Hay un miedo con el que uno se acuesta y se levanta: el miedo al hambre. Como mi padre me educó en ese miedo como motor de toda conducta, puedo comprenderlo perfectamente. Son también miedos que acompañan al canto del gallo en la mañana: el miedo a la enfermedad y a  la muerte de los seres con los que uno ha creado comunidad y cercanía Y el miedo a mi dolor en todas sus dimensiones.

Luego hay otro miedo que, en la frontera, es más ambiguo: el terror apocalíptico. El miedo a lo nuevo, en definitiva, que nos resulta enormemente angustioso y, a la vez, un poderoso atractor. El terror al apocalipsis es una excitación sensual que recorre todo el cuerpo y que no termina de plasmarse en una buena erección. Algo de depresión, melancolía y bilis negra hay detrás de ese miedo. El apocalipsis es asunto raro y quizás otro día me apetezca seguir su senda que, ahora mismos, me provoca un ligero bostezo de damisela versallesca en la primavera de 1789.

 Y el miedo a lo extraño. El extranjero, el judío o el moro, el erasmista, la bruja, el pagano. También la aparición en solitario o en grupo del espectro de un tío abuelo, las psicofonías en mitad de la noche declamando poemas versolibristas de difícil evaluación. No es para tomarlo a broma. En el siglo XIX - quizás antes, quizás también después pues yo soy de la segunda mitad del XX y siento la vibración de ese miedo - aparece un extraño por excelencia: la mujer. La mujer Lou-Lou, tentación, enfermedad venérea, hipersexualidad e histeria, bailarina con boa, vagina dentada, puerta dulce del infierno más cruel, escarnio y cornamenta, el coño de tu madre como insulto...  La leche de miedo. Y, en este caso, además provoca(sic) el miedo  la mitad de la población, por mucho que sea cubierta con burka o muselina de salita de estar o mojigateria o portada pin-up. Ella está ahí, a la mano, cerca del tacto, en el aire como aroma.

 Lo extraño provoca miedo, según Delumeau. Y el miedo paraliza el alma y a veces el cuerpo. En ocasiones solo el alma y el cuerpo se lanza a la locura de la destrucción del otro. Es el miedo un instrumento muy delicado de la filogénesis y la ontogénesis. Pero de eso hablaré en otro rato...

Y también en otro momento, cuando el calor de mis pies vuelva a su sitio y la excitación por la presencia de las sombras cese momentáneamente en su batalla, mi alma querrá meditar sobre cómo el miedo a lo extraño se muta en extrañeza y la extrañeza, con otras fuerzas, da paso a la admiración y la belleza, fundamentos de la filosofía y de la comunidad que dicen imposible.

 Hay que indagar sobre el delicado aparato del miedo para saber si podemos recomendar en nuestro prontuario, como nos legó Epicuro, que él es el enemigo al que hay que derrotar.

5 comentarios:

  1. Seguro que Epicuro tenía razón.
    Pero la cosa se complica como una ecuación exponencial con límite que tiende a infinito cuando el miedo es al propio miedo.

    Espero que a Epicuro se le dieran bien las Matemáticas.

    Buen comienzo de curso!

    Y un beso señor L.

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  2. Leí la primera parte de esta aproximación al miedo y por falta de tiempo no comenté. Leo esta segunda parte y me sigue pareciendo magnífica tu exposición.
    El miedo no conoce límites, se puede contraer hacia todo, es invasivo, como una gangrena indeseable. También es libre, como siempre han puesto de relieve nuestros mayores.
    Ahí lo tenemos, nos acompaña siempre, agazapado en el fondo de la conciencia. Hacemos como que no lo vemos, pero ahí está. Tal vez no somos sin él.
    Un abrazo y gracias por tu lucidez, querido Luis.

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  3. Querida anónima: demos por hecho, dado que así lo desea, que Epicuro tenía razón. Siempre lo he pensado y la idea de la filosofía como fármaco(tetrapharmako) contra el miedo me resulta muy interesante. Que el miedo crece de un modo exponencial puede ser cierto, pero creo que es cualidad común a otras emociones fuertes. Besos

    Querida Isabel: gracias por lo bueno que dices de mis palabras. Sí el miedo nos define o, al menos, delimita. Que se mete por todas partes y gangrena lo mejor es hecho que debemos atender. La cuestión es que el miedo es un hijo de la evolución de nuestras facultades mentales, uno de los dioses del panteón del pensar, un instrumento que "debe servir" para reducir las incertidumbres... Curioso.

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  4. Lo extraño provoca miedo, según Delumeau Lo extraño tal vez se refiera a lo desconocido, eso es lo que lo diferencia de la angustia. En la angustia si sabemos cual es el objeto directo, el miedo es más una sombra.
    Pero escribir sobre ello como has hecho tú es una forma de articularlo, de hacer un poco más pequeño este fantasma tan grande y tan aterrador. Es una fantasia el miedo también, una ficción creada por nosotros para protegernos no se sabe de qué cosa. Me ha parecido brillante tu idea de ir quitando todas las sábanas.Es muy difícil y complicado ponerle nombre a las cosas.

    Un beso y buenos días!

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  5. Interesante la diferenciación entre el miedo y la angustia en virtud de la presencia (o al menos el conocimiento) de eso que provoca la emoción. Quizás el miedo se mantiene en una posición de expectativa, en el "a ver que pasa" y la angustia signifique una derrota completa que se ubica en el más puro presente.

    Gracias por visitar la casa bicéfala, Inuk. Seguimos leyéndonos.

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