lunes, 16 de abril de 2012

Diccionario de la debilidad. Escriyentes.

Robert Crumb: Génesis

Escriyentes



Cariño, no te vayas por las ramas: tú tampoco has pertenecido nunca a la secta de los escriyentes. Tu conciliábulo, si tal nombre merece la soledad de tu cobardía, es el del maldito por dioses y hombres, aquel varón que debía iluminar la tierra con la continuidad de su estirpe y que, incapaz de la honrada castración o la conversión en transexual, malgastó toda su semilla en calentar la cruda tierra y el sobaco de la viuda Tamar. Eres hijo de la bestia parda de Onán.

  Desde aquellos primeros versos adolescentes, con los que iniciaste la senda de tus libretas negras, solo el terror a producir algo y fructificar la tierra en nombre de la especie te ha movido. El miedo a la alien- matriz es tu sombra, negritud paralizante que te hace ser devoto de las damas imaginándolas tersas y jóvenes como muñecas, enmascarados sus pliegues por la devoción que profesas. Siempre te perdieron las oraciones a la Virgen. La persecución a la que la secta de los escriyentes te condena, es error de su percepción deforme, cuando no lastre de la inconsistencia de la ortodoxia que los habita.

Herederos de Thot y Hermes, ladinos dioses con pretensiones de pájaro, construyeron los escriyentes la herejía sobre la base de la creencia en la escritura. Esta, salón recreativo de la creación, se consideraba dotada de valores terapéuticos, muy apropiados para los enfermos de nostalgia y otras depresiones. ¡Que los ansiolíticos les exterminen y escapes tú, mi amor secreto, de esa fetua que te persigue!. Porque es tanta la sangre y la tinta derramada por ese afán de escritura, múltiple en sus ortodoxias y en sus herejías, que incluso en la debilidad parecen haberse establecido. Sueñan con el fruto de su vientre, sea este decálogo corta-cabezas , poemita de pastores eunucos o novela pornográfica con faltas de ortografía.

No crees tú en la terapia de la palabra escrita, ni te atreves, salvo si encuentras princesa o musa de circunstancias, a la de la conversación y la charla acompañada de sonrisas, esa tu mayor osadía. Perdiste la fe que nunca tuviste antes de los votos (como te pasó con el catolicismo). Por eso hoy te anuncio el fin de los escriyentes por derrumbe y traspaso del negocio, disuelta la grey en pandillas de adolescentes que escriben poemas sobre su cuerpo, nenitas que pintan con témpera la sangre en su espalda, escupen gominolas que dicen vísceras rosáceas y se elevan a la altura de las nuevas temporadas. Cayó el ejército celeste de los hijos de Thot – murió Hermes por inflación del encriptado – y habitan los supervivientes en nubes digitales, revistas que exigen publicidad y se habitúan a la prostitución del pobre Carracuca. Y luego están los viejos que ya no bastan.

No corras, amigo, no hay guerreros de la escritura en el horizonte. Teme solo al cuchillo y a mi mirada sin palabras que anuncia la posibilidad de tus imposibles.

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