viernes, 4 de julio de 2014

animal


Paul Klee. En el desierto (1914)



Soy un animal inquieto.

Alguien pretende convertirme en sismógrafo para sacar utilidad a mi tara. Los animales inquietos se dice que son capaces de prever, presentir, predecir. Orientan a todos menos a ellos mismos. Los animales inquietos anuncian apocalipsis y se dejan atrapar por la lava de los volcanes.

Yo soy un animal inquieto de los que fallan en sus pronósticos.

Si fuésemos todos sinceros podríamos decir que solo nos define la alteración y que esta no anuncia nada y se sorprende, como la parsimonia de otros,  cuando algo se rompe con mucho ruido.


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 El animal inquieto que soy se esmera en la inquietud. Necesitaría aumentar su dosis de barbitúricos o fumar un joint más cargado o pedir a sus compañeros de trinchera las chutas de morfina. Porque está bien cuando vive adormecido aunque ni adormecido deje de estar inquieto.


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El animal inquieto lee:

"El conde había llegado a sus cincuenta años, edad cruel cuyo peso puede acaso sentir sólo un hombre perdidamente enamorado" (La Cartuja de Parma)

y piensa que todas las palabras que se dicen en el mundo a él estén dirigidas. Incapaz de responder a todos, se inquieta un poco más.

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Soy un animal inquieto que golpeará con su cabeza los barrotes. Será tanta la ira, como cosa de profetas, que la jaula se abrirá y el animal que soy gritará salvaje en la estepa como un león nietzscheano que abomina de todos los amos.


Desgarraré el lienzo de los cuadros.

Romperé la pantalla.

Comeré arena.

Escribiré los más tristes versos de todas las noches.


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