domingo, 27 de mayo de 2012

Auster (1). La segunda persona



Lees el Diario de Invierno de Paul Auster y decides, como él, utilizar la segunda persona del singular para referirte a ti mismo. Yo soy un tú y digo, por ejemplo, que ahora escribes en el ordenador, de mañana, replicando por enésima vez ese ritual de escritura que te ha acompañado desde la adolescencia y que, sin embargo, nunca te ha llevado a nada, ni a la obra ni a la publicación. Y no por falta de deseo sino por pereza, sobre todo falta de laboriosidad, pero también vergüenza o miedo a algo, quizás al fracaso y la decepción o la notoriedad, miedo a la exposición. Siempre has buscado un descubridor - y una musa - porque eras demasiado genial para este mundo y de tan genio estabas incapacitado para la escritura externa, publicitada, sacada a la calle y otras intemperies.

Luis, Luis, Luis… tienes muchos miedos y muchas neuras, te lo digo. Así te hablo y te llamo, Luis, porque te gusta oír tu nombre dicho por algunas personas. Yo soy mi /tu primer tú, me digo, y, fuera de mí, me veo en esa distorsión suave de la segunda persona, algo despegado de la tiranía del yo pero aún muy cerca, hermanado, instrumento a la mano, acariciable y acuchillable. Atendido y cuidado con trato personal, como en los balnearios de lujo. Por la misma, posiblemente odiado con signos cainitas en la sonrisa del espejo.

Me cuido bajo la forma de ser un tú. Esto no implica una invasión egocéntrica de la alteridad más cercana, el amado o el amigo, el Tú teológico si se quiere. Ellos están más lejos (y, ahora, no crees en ellos). Pero esta fórmula tampoco tiene por qué significar una ampliación del solipsismo fuera de sí. Por el contrario, el uso de la segunda persona para aplicarla a ti (a mi) crea marco debilitante de la tiranía de tu yo, te descentra y prepara para ser evaluado a distancia media, sin ser juez de la horca (ahí la tercera persona, el yo como él, crearía la justa distancia de objetivación) ni estar cegado en la inmediatez y dispuesto al perdón inmediato. La distancia media, con sus peligros de no ser ni chicha ni limoná, rompe un poco la ciudadela de tu aislamiento. Sacas las patitas a las calles.

**

Escribes y lees en la mañana. Vives y amas la vida gracias a esas mañanas en la que todos duermen y tú mantienes la fantasía de que cuidas de ellos y sientes su compañía con la ventaja de que no están, de que puedes ser tú sin necesidad de estar solo porque, cuando se levanten imaginas que serán de otro modo, más cercanos y pegajosos de lo que deseas Y no es que desprecies su forma de ser porque los quieres y aceptas su idiosincrasia. Sucede que sientes nostalgia de lo que fantaseabas por la mañana. Les amas y saber que están ahí te abriga en la intemperie de la escritura que, sin duda, te tomas como un juego.

Inicias el cambio, la mudanza… Lo que querías decir – y en tu narrar siempre te interrumpes, ese es tu mal estilo - es que la sensación que ahora te cubre es muy similar a la que antecedió a tu salida de Burgos en 1981. Hoy la confianza hacia muchos se ve menguada. Deseas irte y la distancia creada por una emoción(forzada) de indiferencia de fondo te lleva a no sentir apego. Estás bajo el efecto de los antidepresivos aunque ya no estén químicamente en tu sangre. ….

**

Te agota ese no ser de lo ideal o deseado, la ficción que, usando la inteligencia, sabes que nunca será porque lo maravilloso nunca está a punto de ocurrir. Soñar ser otro anula todo lo que has sido, lo rutinario y lo bueno también, y no te saca de la pecina, de ese fango sucio de la vida.

**

La confianza plena ¿Cuántas amistades de verdad tienes ahora?¿Cuántas confianzas de esa intensidad has tenido a lo largo de tu vida, relaciones sin distancia, a piel descubierta? Quizás es tan rigurosa tu exigencia y está tan llena de ensoñaciones – de tan auténtica es tan falsa e ilusoria – que nunca has encontrado una amistad a la que no puedas poner pegas. Siempre encontrabas “pequeñas repugnancias”, como decía Rimbaud, gestos que te dolían porque parecía que te ignoraban, que hacían daño en tu confianza. Pero Luis, ese modelo de amistad soñado, ¿no es tu principal enemigo? ¿no es algo a lo que solo tú puedes dar respuesta, con suerte, si eres filósofo o sano éticamente? ¿No eres tú el único amigo que cumple esos rasgos, el tú que es yo?¿Estás dispuesto a no traicionarte con neuras y desprecios?

**
Estás cansado, tío. Yo te cuido ahora que estás entrando en el otoño de tu vida.

2 comentarios:

  1. ...yo es que soy bastante descerebrada, y me aventuro, en este caso, a remarcar la clave de casi todo como la aceptación de las pequeñas repugnancias, tanto propias (crucial) como las ajenas, que vendría dado tras lo anterior. El exceso de idealización y perfección, es un arma de doble filo, mueve pero también detiene.

    Un saludo de mis repugnancias a las suyas.

    ResponderEliminar
  2. Sea la aceptación de la repugnancia. Pero este acto, ¿no repugna? ¿O la clave de lo que se dice en el comentario es que insta a beber las repugnancia apreciando su gusto-rico? No sé. Las repugnancias repugnan en uno y en otros. El exceso de idealización repugna. Gracias. Un saludo

    ResponderEliminar