viernes, 6 de junio de 2014

prescindir





Yan Arthus Bertrand
Détail de la rivière Pjorsa, Islande (63°57’ N - 20°33’ O).


Hubo un  tiempo en el que yo no estuve y deduzco, por los restos que de aquellos años quedan, que  la vida siguió desviándose de su senda como si tal cosa. A efectos de inventario, lo mismo daría  haber estado muerto.

La perspectiva de mi inutilidad me resulta gratificante. Cuando me canse de mirar los árboles y las nubes y los contrastes de las pieles y los ecos de las conversaciones y alguna que otra cosilla, podré pedir traslado sabiéndome un caso cualquiera en el inmenso proceso de cambio de orilla. También podría abrirme en mi tristeza a la plenitud de eros, aceptar el infinito placer de entregarse a otro o, en su ausencia, a la humanidad entera.

 Hubo un tiempo en el cual me sentía una especie de extrarradio de alguna ciudad maravillosa y que solo me separaba del centro un número pequeño de estaciones de metro. Hoy sé - aunque no tenga mucho que ver - que el noventa y ocho por ciento de los campesinos del mundo siguen cultivando la tierra con sus manos y con la inestimable ayuda de sus animales. Por esta razón, imposibilitado ya para ser surco que canalice el fluir del agua, me debo imaginar mugido suelto en el belfo de un buey indostánico.

Imagino, en ocasiones, mi vida cubierta única y exclusivamente por las cuatro paredes de una pequeña habitación con derecho a cuarto de baño. Allí encuentra el ocasional visitante  un armario para guardar mi ropa, una mesa para apilar papeles y apoyar el trasto este de escritura, una cama sencilla y una estufa. La ventana que me permite ver la calle será lujo cuando, en la vejez, no pueda salir de allí sin la ayuda de otros. Sé que todo eso es superfluo y, en el amago de fantasía, imagino que ni armario ni cama ni mesa necesito. Acurrucado como un perro junto al calor de la estufa, vendería el trasto este de la escritura por el placer de ver burbujas en el caldo.

Hubo un tiempo en el que estuve por este mundo y, por lo que puedo saber, a nadie importó demasiado mi experiencia. Sentirme tan prescindible como la mesa y la cama de mi ensoñación, es gratificante en este saber que en aquellos años en los que yo no estuve, la vida siguió desviándose de su senda como si tal cosa.


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