miércoles, 4 de diciembre de 2013

Aventuras de albedo en la Snowball Earth




Al invierno, para que pase


Hace muchos millones de años en el ecuador terrestre se besaron dos inmensas capas de hielo. Consumaban así un matrimonio hacía ya tiempo ajustado en cifra y hora. Dicen algunos que con la conquista por parte de la masa glaciar del paralelo 29, más o menos a la altura de Nueva Orleans,  la suerte estaba echada. Habitaba allí un punto crítico.  La Tierra se convirtió en una bola de nieve y  algunos de los sabios de entonces creyeron que las condiciones para la vida estaban ya, definitivamente, perdidas. Ahora sabemos que la cosa no fue así y que los volcanes y el dióxido de carbono ajustaron feroces cuentas con la glaciación. Como en tantas otras ocasiones, los puntos de no retorno se mostraron como engañifa. Pero en aquella época, con las grandes masas de hielo uniéndose en el centro del continente africano, nadie daba un duro por la vida futura. Nadie quiso poner la mano en el fuego por mi ni por todos mis compañeros. Pretender salvar a la princesa futura era deseo imposible.

 La Tierra helada consiguió alcanzar el récord de albedo. Nunca como entonces las radiaciones solares fueron reflejadas con tanta furia. Visto desde el exterior el planeta debía de brillar como una bola de navidad que todo lo vomitaba. No hay en las crónicas ninguna otra época que, como aquella, rechazara  con tanta energía el sensual placer del calor solar en la piel. Para las cohortes siderales,  la Tierra era ejemplo paradigmático del amante desdeñoso.

 Cuando se abrieron los primeros canales y el océano asomó su cara de pequeño delincuente, en la frontera entre el hielo y el agua se dieron la mano los extremos.  Los que aquello quisieron ver, que no eran muchos, asistieron maravillados al combate entre el espacio con más albedo, el hielo polar y su ochenta y seis por ciento, y la masa marina, con su escaso diez sobre cien. El agua se emborrachaba de sol y erosionaba la Alaska ecuatorial.

 Dicen que en el fondo del mar estaban nuestros abuelos bacterianos y que de aquellos solares polvos feroces del océano en las costas del glaciar infinito,  acabamos saliendo nosotros. La prueba es que seguimos chupando sol en el límite del miedo al gran hielo.  Seguimos temiendo la glaciación que el invierno anuncia y las celebraciones parece que, en el mejor de los casos, conjugan con papel de colorines.

2 comentarios:

  1. Qué bonito!
    Lo de la Creación en la Biblia comparado con ésto...es un chiste malo.
    Qué comienzo para una bonita historia....
    A ver si no lo estropeamos.

    Un abrazo Sr L.

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  2. Oh, creo que está escrito en el fondo glaciar que los bonitos inicios se terminan jorobando. Es de valientes asumir el destino. Un saludo

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