sábado, 21 de mayo de 2011

Nunca hablo de mí ( sin motivos personales: para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones)

Alberto Giacometti, Tête qui regarde, 1928


Al 15-M 
 Siempre,  desde hace mucho tiempo - dice él, como si su existencia marcara finalmente la sucesión de las estaciones y las edades, su existencia, esa poco menos que caja  torpemente impulsada por  un parto, esculpida en fragmentos-grumos o en excrementos de gusanos, opaca en lo extremadamente liviano, condenada a la ininteligibilidad por mucho que uno se acerque a ella o, por contra, adquiera la correcta distancia , cajita de contingencia, de lo mismo da ésta o aquélla, por no levantar la voz - o los ojos - se mete en el espacio propio toda la barricada de trastos que el azar o la torrentera dejó como huella o ingenio),

....  siempre él ha pensado en la mirada, se ha imaginado voyeur o profeta en el desierto (según moda). Siempre ha luchado con la idea de que la mirada debe verse de algún modo, reflejo  en el agua cristalina de sus ojos o en la manera deforme del esperpento. Estar allí, como en una plaza tomada sin saber por qué (o sabiéndolo), habitar un segundo en aquello que el  ojo que todo lo ve quiere ver  y no se ve en la versión oficial (ni en la original con subtítulos). Vacante de sí  en   el ojo bizco que no juna  la umbría y se  retuerce para encontrarse  por sorpresa. Ver la mirada en la cabeza de Giacometti, en la sutileza de la oquedad, en el modo del tacto y la piel, después de quedarse en los huesos en la quiebra, apología póstuma del golpe del cincel en la piedra (sea eso la reflexión), caricia de la mano que pule una marca, la marca... mis marcas, huellas y formas trascendentales, lo mínimo y la ebriedad, la cara de Giacometti que ilumina la verticalidad con luz de horizonte, el gatito y la doncella, el juego y la muerte. La mirada: mirarte fue riesgo, oh esfinge.


....siempre igual, y siempre en la existencia, dando vueltas, desde hace algún tiempo, de un tiempo a esta parte tal vez, desde que desplegué la tara, no sé si anteayer o hace décadas, cuando se hundió la infancia o en el momento en el que un escalofrío me recorrió la espalda.  No hay puentes para cruzar al otro lado, allí donde la little people  mece o controla, al modo de las hadas, con una conciencia tan pequeña que sólo cabe un estado de ánimo. Siempre en la existencia añorando la existencia.

... siempre el tibio ojalá de la imposibilidad del olvido o el rencor como componente ya inseparable en la alquimia de la ternura y del amor





Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

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