lunes, 26 de marzo de 2012

Cuentos Teológicos (003). El silencio de dios.

Damien Hirst

Harta de escuchar a sus vecinos y perder los nervios en la trifulca que los oídos sobreexcitados construían con fidelidad de copista, eligió echar mano de la antropología forense y percibir la secuencia de los actos muertos que traspiraba esa pared insuficientemente insonorizada. Arrojó los tapones a la papelera y ajustó la mejilla al muro. La pintura arañó su piel, protegida con la crema facial, a pesar de la pomada, sin respeto a sus intentos de aniquilar el paso del tiempo y mostrar, a la mañana siguiente, una buena cara. Oyó las voces del artificio televisivo y el ruido de unos calcetines de lana en la alfombra. Forzándose a pensar frases completas,dejó que las palabras golpearan en la insomne neurastenia.

 Y dijo en oración silenciosa:

01:17: Ella cruza las piernas para vencer el hormigueo. No lo consigue y se estira. Baja el sonido de la televisión después de que su pareja grite desde la cama baja el sonido de la televisión. Sube el volumen dos posiciones para escuchar las declaraciones de la madre de los niños perdidos y sentir pena. Recorre la senda de los mil canales. Está cansada y desazonada. No creo que intente pensar en nada aunque, sin duda, los pensamientos, bajo la forma de preocupaciones y reconstrucciones del pasado o del futuro, la poseen desde las pantorrillas a la nuca. No acostarse es su resistencia. Molestarme es un efecto secundario de ese fármaco de torpe rebelión. No la odio.

Suenan pasos en el rellano y los vecinos del C dan voces de sábado y borrachera (aunque es martes). Consigue ignorarlos. Pega su cuerpo un poco más a la pared. Siente el frío salpicar su abdomen con las vibraciones de la televisión. Consigue que una gran superficie de su piel perciba lo que sucede al otro lado, siendo su tacto el sensorioum Dei de esta noche de afrenta y apertura al mundo. Desea percibir cada movimiento del otro lado, ser una presencia en el más allá que consiga dominar hasta los sucesos más pequeños, los movimientos del alma, el volumen del sonido, el color de la pantalla.

   Y dijo más callada si cabe:
01:45: Se ha dormido y, en la profundidad de la inconsciencia, ha logrado no pensar en nada, morir frente al canal del tarot. Sus músculos se relajan en las posturas más insospechadas y le provocarán hormigueo (si es que despierta). Los suelos inician su caótica sucesión de crujidos y se apoderan del espacio. Se clavan los ruidos en mi piel que, ahora, ya se ha expandido por la atmósfera de la habitación de los vecinos. Sangro sueños mecida por el motor de la nevera.

La mujer del otro lado se despertó sobresaltada sobre las 01:15. Las hormigas le salían de la boca y de la nariz. Sintió que era observada por algo y se santiguó. Se hizo el silencio de las dilataciones acentuadas por coches en la lejanía. Formaban versos imparisílabos. La mujer de este lado también se metió en la cama y cerró los ojos. Besé su mejilla marcada y absorbí todo su malestar. Tracé tres cruces - en su frente, en sus labios y en su pecho. Se quedó profundamente dormida y mi buenas noches dibujó ondas de colores en el lago de la noche.

2 comentarios:

  1. ¡Cuántos episodios insomnes pueblan retazos de las noches de nuestras vidas!
    Si se pudieran tejer como la lana haríamos una buena manta para cobijar esos sueños que no hemos tenido. Los sentidos se agudizan y hasta escuchamos lejanas palpitaciones de todo lo que nos rodea. En esos momentos nuestra vida se diluye, se licua y humedece la inconsciencia, empañando los sentidos y la realidad como consecuencia.
    Que tenga usted felices sueños señor L, a pesar de los vecinos.

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  2. Asumo tu descripción de la neurastenia insomne: agudización extrema de los sentidos, quiebra por licuefacción de la frontera entre el afuera y el adentro... Realmente el fenómeno es tan extraño que no sé si mi receta de ternura con las cosas tendrá sentido. Un abrazo

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