sábado, 18 de junio de 2011

FRAGMENTOS (13-18 DE JUNIO) BAJO LA PROTECCIÓN DE LA EMPERATRIZ BICÉFALA


Antonio Moro: Retrato de María de Austria (1551)



 Qué agobio el retorno…a los venenos que rondan en  las esquinas.

…cabeza descerrajada, el espejismo ha roto la frontera. Lo imaginario penetra hasta el fondo el principio de realidad y lo pervierte. Lo imaginario y sus reflejos en los vasos de cerveza.

    Puta represión, maldita vergüenza y maldito miedo.

(…)

Ravel en la banda sonora. Una gruesa capa de distancia viscosa me separa del mundo. Me molesta el tabaco que fumo y el que deseo humar. Suena bonito Ravel, su Pavana para una infanta difunta.

Se disuelve el alma placenteramente en la muerte. Disolución en la muerte, petite mort

… pero no llega ese ensayo general de muerte porque se refleja aún (o tan solo) en el semen la mala conciencia de no sé exactamente qué, quizás la melancolía por todos los amores perdidos, los cuerpos no habitados, las letras no vertidas en la piel de las cosas. No se disuelve mi alma placenteramente en nada porque aún no he aprendido…. Soy un mero siervo de la iniciación y, como tal, me limito a limpiar los suelos y llevar el agua desde el río hasta el huerto en el que descansan los maestros. Cómo puedo estar tan lejos, Señor, de la tierra prometida.

Malestar; la petite mort  como síntoma...   un aduanero epiléptico que vigila el paso de los viajeros y envidia sus destinos, las ciudades que van a ver y que se reflejarán en sus ojos. Habita el alma en una interior tierra sin nadie tomada por diversos fantasmas e imaginarios, colectivos o privados. …. Es mi lengua el único cuchillo que tengo a mano. Los vampiros penetraban en el corazón de sus víctimas con la endurecida – por necrosis – lengua.

... en mí con una gruesa capa de distancia.

(…)

 Habitan las ciudades en los cristales sucios de un escaparate.  Me  excito en el paseo por la imagen porque yo quisiera vivir en esa ciudad y por eso recorrí en mis soledades las calles buscando alcantarillas y puertas ciegas.  Mis ojos reflejan cuerpos, caras que simulan vicio para mí. Dios, perdóname, porque no está mi alma en aseo. Dame forma, infórmame de lo que se espera de mí como espejo. ¿Debo amar a esas imágenes que rompen el viscoso flujo de la distancia con el mundo? Me invitan a salir fuera.

Ya nadie me invita. Ya nadie me pide salir. En la distancia, sólo esas mujeres recortadas en los escaparates sucios, me acompañan.

(…)

Noche de violencia e impotencia (….) Deseo de estar en otro sitio, al otro lado del espejo otra vez.

Como los vampiros, sé que no puedo salir de esta tierra, del lenguaje y sus usos en la patria.

(…)

Inicio el escrito “Cuadernos de la ballena blanca para perpetuar o para asesinar el recuerdo y la neura…. Sólo se mantiene inmutable y para siempre lo que se asesina. Comienzo la escritura con gesto y pretensión aunque sin plan narrativo alguno, hostigado por  la pereza y la tendencia a la autohumillación, no queriendo ver que quizás sea ya todo demasiado tarde pero que esa irremediable pérdida de la oportunidad es  inicio siempre de la posibilidad tanto tiempo anhelada, la ultimísima ocasión  de ese gran cambio, la iluminación, el encuentro con la amistad, el cerco de confianza dentro del cual podemos desplegar la conversación que continuamente se  enriquece y place porque actúa en el sin-miedo: la confianza y la beatitud.

Escribo, pues, sin plan, definiendo en las primeras líneas el otro lado, el otro lado del cristal y del espejo, la doble vida….

(…) ¿No se anunció, en el inicio, a través del gran adelgazamiento, estigma de toda conversión? Muté – al menos por dentro – y soy otro y, por eso, a penas me entiendo ni comprendo.

 ¿Ha pasado que al fin llegó esa salvación pero no supe reconocerla y, quién sabe, tal vez, la arrojé a la basura como trasto viejo?

(…)

Oigo el Officium Defunctorum de Tomás Luis de Victoria. Veo un cuadro de Antonio Moro, el Retrato de María de Austria, la emperatriz que acogió bajo su protección al músico y para quien compuso el Oficio de Difuntos, el réquiem. Me pregunto por qué la emperatriz, en el retrato, aparece con un guante puesto y otro quitado, mostrándome su mano pálida como objeto de atención, como estandarte de algo, signo tan personalísimo como la cara. Las manos. La emperatriz, esposa y madre de los emperadores del águila bicéfala.

(…)

Canto y hasta bailo. Intento con todas mis fuerzas romper esa distancia viscosa que me separa del mundo (viscosa la distancia y también acristalada: por eso se explica el brillo de las cosas y de los rostros que tanto me hace gozar como fenómeno estético). No lo consigo del todo y represento un papel de simpatía. En cualquier caso, cantar me provoca una extraña sensación y cuando veo a mis compañeros en el canto  los percibo desarmados, las aristas de sus corazas aliviadas por la inmensa exposición a la debilidad y al ridículo de la música coral; y mi distancia viscosa también se rebaja en agua y aire. Me siento confuso y  poderoso en el canto, rompiendo el modo habitual de ser, quebrando la distancia. La comunión de los santos era, evidentemente, un coro.

…la sensación opuesta, la reducción casi al máximo de la distancia, la vivencia de la hermosa  “confianza”.

(…)

En todo caso, me agrada intentar salir del día a día aunque estos brotes de sociabilidad tengan algo de impostado, una posición artificiosa o falsa,  de cara a la galería. ¿No es verdad, sin embargo, como ya percibí en el pasado, que toda la vida social tiene mucho de dramaturgia?

(…)

….. recorrido por diversos pueblos de Soria. Nadie espera a nadie.

(…) Los nombres se me escapan y esta incapacidad patológica para la memorización supongo que es efecto de la distancia de la que antes hablaba. Los nombres no se me quedan porque para asentarse precisan romper la piel dura, la excrecencia de mi lejanía del mundo. Como si no aprender sus nombres me protegiera de ellos y de su inmenso poder de decepcionar – las personas te abandonan y traicionan o eres tú el que las dejas en la estacada por motivos que, en muchas ocasiones, son nimios, más pereza que maldad. Las cosas se tornan feas y aburridas, como juguetes viejos  abandonados en el puente que contemplan la espalda de ella saliendo de escena…

(…) la cera arde y consume  indiferente a mis caprichos de niño enfadado. Quizás ya no puede cambiarse la vida a los cincuenta

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