lunes, 20 de junio de 2011

la realidad tiene corazones que ni la tesis ni el poema son capaces de aprehender


Peter Brueghel, el Viejo: La parábola de los ciegos (1568)

   Las tenazas del concepto descansan imperiales en la mesa del torturador mientras dicto al agua  este acta de apostasía. Creo en todo lo que se menea (sobre todo en la piel desgarrada y la sangre que fluye espesa hacia las alcantarillas de esta iglesia negra de la bicefalia). Finalmente, en la estación de tránsito entre amaneceres (imposible recordar fechas ni calendario al uso), he rezado a su mano firme para que cierre la herida con nuevos cortes y arranque los últimos prejuicios con su impericia de niño travieso. Que borre con ácido la certeza de mi amor, el saber hacer con enfermos y la infinita flor de nuestra señora. Que las excavadoras arrasen los últimos callejones de la resistencia y retire las torpes barricadas con las que tratamos de inventar un santuario.Su concepto informe me ha descoyuntado las dudas (bien es verdad que ya viejas) con la patada en la boca que cifra el núcleo o la periferia de lo que en verdad son las cosas. Se ríe y susurra: Bien.

 Habituado a la ceguera, formo cadena con aquellos otros que me preceden o me siguen, sin que sociedad  ni horda delimite la extensión de nuestra torpeza. No somos nada - ni tribu ni casa ni iglesia  - como nada son las fichas de dominó que caen para ser vistas sólo desde el cielo. El otro es  un hombro sobre el que posar la ira apagada de mi mano sin ojos y  un gran riesgo fiarme de su magisterio. Sin redención a la vista ( sólo del chiste nos reímos como ecos los unos de los otros; en otro tiempo diría que es mueca significativa nuestra sonrisa) el otro es el hueco, el olvido de aquella guerra en la que las tenazas y las cucharas convertían  hermosos rostros en planos de terror y propaganda del concepto.

Aún así palpita nuestro corazón anunciando que la realidad es ajena a  violencias y traiciones. Y es esta involuntaria gesta anuncio de un retorno a la mazmorra. A gritos y en letanía, delatamos a todos sin que nos enuncien el delito. Y confirmamos las delicias del sabbat y de la lengua pegajosa del diablo nosotros que nunca vertimos la flor de nuestra virginidad en cáliz alguno(los primeros de la fila se entretuvieron en descripciones más prolijas que no es momento de narrar y que dice el diablo que se generan en el hígado más que en las tripas). Nos pierde el corazón que ya no es nuestro aunque tan cerca se nos señale. Rogamos que en el próximo tropiezo el mal guía encuentre abismo o ciénaga. Que aguas pútridas nos bauticen a la muerte y reciban nuestra última confesión.

Nacen en mis ojos de ciego ahogado las sutiles alas de mariposa;  pero no pueden abrazar el pálpito.

Lo fuerte y lo sutil se pierde.

Lo real se enrosca en el sudor de los amantes o la sequedad de la garganta en el ascenso

La piedra y la espesura del pantano

el hueso me habita

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